Con motivo de la reciente conmemoración del segundo centenario de la independencia de México, el papa Francisco ha enviado una carta a Monseñor Cabrera López, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en la que, entre otros aspectos, recordaba que ya «había pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización».

Es de justicia resaltar que en ningún momento su santidad hizo referencia expresa ni a España ni a la mayor heroicidad de la Historia protagonizada por su Corona, como fue el descubrimiento, culturización y evangelización de un continente entero. Tampoco cabría colegir tal extremo de la mera lectura de sus palabras, por cuanto que no sólo los españoles, sino también los portugueses, empleamos ingentes esfuerzos en que los nativos conociesen la Verdad del Evangelio. A unas malas, la ofensa podría haber sido, siquiera, compartida.

Siendo esto así, lo cierto es que estas palabras han sido enviadas entre las continuas exigencias del presidente de México, López Obrador, para que España, por boca del Rey, ofrezca «una disculpa por los excesos que se produjeron durante la invasión, durante la conquista». No en vano, el propio Obrador, en una ilustrativa exhibición del pelaje del sujeto, en el recuerdo de los 500 años de la caída del imperio mexica, pidió perdón a las «víctimas de la catástrofe originada por la ocupación militar española de Mesoamérica y del resto del territorio de la actual república mexicana».

Más allá de las consideraciones que merecen las intenciones del mandatario americano, al que habría que recordarle que fueron los propios indígenas quienes secundaron, reforzaron y llevaron en volandas a Cortés contra el sanguinario imperio azteca, es reseñable la perversa dinámica, revisionista e irracional, en la que se están sumergiendo instituciones, gobiernos y sociedades enteras.

El perdón, como figura netamente cristiana, y en su propia configuración, exige un examen de conciencia individual, que conduzca al arrepentimiento por los pecados y males cometidos, como paso previo para, una vez confesados, y con el consecuente propósito de enmienda, puedan ser purgados cumpliendo la penitencia oportuna que, en muchas ocasiones, pasará por resarcir al ofendido.

Sólo en las mentes y en los discursos que consideran al individuo como un simple elemento que integra una masa donde se despersonaliza y se disuelve, puede alumbrarse la idea de que un grupo, una raza, una nación, una confesión religiosa o un sexo determinado, hayan de pedir perdón por hechos pasados o por acciones particulares de alguno de sus miembros.

Mal favor hacen a sus propias causas quienes, en lugar de confrontar esas exigencias, claudican, entendiendo que, de algún modo, cargan con el pesado fardo de una herencia vergonzante, de la que se derivan multitud de pecados que han de ser redimidos.

Para que este retorcido juego prospere, pues, son necesarios dos actores principales: el que apremia a que se pida perdón, y el que entiende que ha de solicitarlo. Tácitamente, éste último está reconociendo que el primero está legitimado para exigirlo, y que él, en el fondo, tiene alguna culpa que purgar. Así, pues, la fuerza de los primeros viene dada por la debilidad de los segundos.

De este modo, el perdón, que en el cristianismo ha sido elevado a sacramento, se convierte en una siniestra mecánica en la que uno, victimizado y, por tanto, revestido por una presunción de veracidad, puede someter a otro, verdugo, que habrá de reparar sus errores y compensar sus fallos reconociendo, en primer lugar, la superioridad moral del pretendidamente agraviado.

Es justo esa premisa la que subyace y fundamenta movimientos tan censurables y deplorables como el Black Lives Matter o el feminismo contemporáneo, y no pocas de las políticas llamadas, retóricamente, de discriminación positiva, fundamentalmente en el ámbito de la ideología de género.

Así, se nos presenta a la raza negra o a la indígena americana (por ser estas ideologías de raíz occidental) como unas víctimas de la blanca, que no puede sino humillarse ante ellos por los muchos males que, aplicando criterios de hoy a hechos del pasado, les ha infligido.

De la misma manera, el feminismo contemporáneo dibuja a la mujer en su conjunto, y como colectivo, como una víctima del varón, siempre opresor, violador, tirano y dominante, al que las múltiples organizaciones moradas van a colocar en su sitio, para que, retratadas todas sus faltas, purgue convenientemente su culpa en los Juzgados creados ad hoc, y ante otros tribunales mediáticos y políticos.

Pero, como hemos apuntado, semejante amaño no podría imponerse si, de la otra parte, no hubiese quien estuviese dispuesto a asumir los delitos que le imputan, y a conformarse con la pena. Son, pues, cómplices necesarios, los necios futbolistas que se arrodillan antes de cada partido, reconociendo en ellos una culpa indeterminada por haber nacido blancos; lo son, igualmente, todos aquellos hombres que acuden a las marchas del ocho de marzo, suplicando clemencia por haber sido creados varones.

Bajo ningún concepto la Iglesia debe participar en tal enjuague. Porque falta a la verdad, y porque es injusto. En la empresa americana se embarcaron cientos de corazones misioneros, cada cual, con sus virtudes y sus defectos, pero nunca susceptibles de cargar con los errores de sus prójimos. Con sus palabras, Francisco siembra la sospecha que el enemigo desea, sobre todos los autores de aquella gesta apostólica, y los convierte en culpables de algo indefinido, vago y confuso, pero colectivo, absolutamente ajeno a lo que la mayoría de ellos, individualmente, quería, buscaba y patrocinaba.

Que con el diablo no se dialoga es una máxima católica que, precisamente, Francisco repite insaciablemente. Tampoco, pues, se puede dialogar con quienes caminan, voluntariamente, por los oscuros senderos que les traza.

Ni los españoles ni los blancos ni los varones ni los católicos han de pedir el perdón que se les reclama, precisamente, por parte de quienes les odian. Hacerlo sería, simplemente, legitimar sus discursos falseados y blanquear sus espurios propósitos. Ni perdón por los pecados que ni son tales, ni son nuestros, ni permiso para defendernos de sus mentiras y sus calumnias.