La España estrecha de El País y su obsesión con el boxeo

El 22 febrero de 1977 yo no había nacido pero El País ya hacía de las suyas. La cabecera de mayor tirada nacional, auténtico referente de la prensa española, comenzó su andadura forjando las bases de lo que más tarde sería una costumbre: una supuesta superioridad moral, la censura, el fango. Y la mentira. Empecinados en moldear una España a su gusto, los fundadores del diario trazaron en el boxeo una línea roja, condenando los cuadriláteros patrios al ostracismo.

Aquel día Juan Luis Cebrián, joven director del periódico, firmó un contundente editorial que tituló El boxeo profesional, a extinguir. El País sentó cátedra y la izquierda española, tan mendiga de referentes, aplaudió una de las más antañas obsesiones de la cabecera: lograr la prohibición del boxeo. «La larga lista de púgiles muertos en el ring o a consecuencia de sus combates sería buena muestra de tal degeneración deportiva, porque no se alimenta ese victimario por la peligrosidad de ese deporte, sino por la ausencia de garantías médicas sobre quien sube a un cuadrilátero antes para ganar una bolsa que para competir deportivamente», escribió.

A sabiendas de lo que hacía, como Gestas en el Calvario, el periódico más leído de España emprendió su cruzada contra una muestra de popularidad como el boxeo. Deporte de gentes humildes y cuna de sueños en la clase media española, Cebrián decidió entonces que no habría más púgiles en nuestro país. Que aquel deporte llano pero regado de valores debía acabar: «En este país, el boxeo profesional no ha pasado de ser una huida económica hacia adelante, una tabla de esperanza para los muchachos de los orfanatos, los egresados de los reformatorios y, en definitiva, los hambrientos».

La batalla continuó y el 9 de noviembre de aquel mismo año El País se hizo eco de la hospitalización del boxeador Tony Ortiz: «Sólo los sucios intereses que se mueven alrededor del boxeo pueden conducir a que algunos púgiles se conviertan en auténticas piltrafas humanas». El País contra el boxeo; El País contra las clases humildes; El País contra España. Sólo un año después, en 1978, el periodista de la casa Julián García Candau se sumó al linchamiento: El boxeo es un deporte incivilizado.

Candau abundó en aquel artículo en infamias sobre el boxeo porque en su cabecera no gustaban los valores de la gallardía, la temeridad y la templanza. Unas virtudes que tildó de «zarandajas», pero que quedó en nada en comparación con la posterior línea editorial de El País. Precisamente en 1983 otro editorial –«El boxeo, indefendible»–, vino a explicar que «el boxeo profesional ha sido siempre un mundo execrable. El peligro de muerte o de lesión de por vida existe incluso en el campo amateur. El boxeo no es defendible desde ningún punto de vista».

El País, en su mirada estrecha y sesgada, no se conformó con no defender el boxeo, como otros incultos hacen con la ópera o la tauromaquia. Gestas de mi Españita. El País fue un paso más y atacó este deporte que durante el siglo pasado vehiculó el sentir de miles de jóvenes. Cinco años más tarde el periódico volvió a la carga: «El boxeo sigue siendo una barbarie organizada, una exaltación de la violencia de hombre a hombre y una cantera inversa: la producción de lesiones de por vida, de figuras destruidas en una magnitud que ningún otro deporte conoce», leyeron los españoles el 28 de junio de 1988.

El rumbo definitivo de la censura, sin embargo, se fijó con dos hitos del diario español más leído. En primer lugar, los sucesores de Cebrián terminaron por acoger benignamente la obsesión de su jefe. Fue Joaquín Estefanía, director allá por 1989, quién asentó cátedra sobre el boxeo. El 18 de junio de aquel año escribía: «Desde la fundación del periódico, cuando todavía no existía éste como producto informativo, se dejó clara la opinión contraria de sus responsables y creadores respecto al boxeo. En la actualidad seguimos manteniéndola: entendemos que es un deporte brutal, antisocial, y cuyas consecuencias suelen ser, muchas veces, las de convertir a sus protagonistas en juguetes rotos. Por tanto, creemos que es un deporte que debería desaparecer y que no promocionaremos activamente».

Años y décadas de ataques frontales al boxeo cristalizaron, en segundo lugar, en un rechazo editorial contundente. Desde entonces el delirio de Cebrián y compañía contra los púgiles se trasladó al libro de estilo de El País. En su primera página, apenas pasados unos párrafos de las líneas maestras del diario, el Grupo Prisa explicitó su sesgo: «El País no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad. La línea editorial del periódico es contraria al fomento del boxeo y por ello renuncia a recoger noticias que contribuyan a su difusión».

Así, décadas después, los españoles seguimos asistiendo a un espectáculo lamentable. El espectáculo ensordecedor que nos genera el silencio de El País respecto al boxeo. Que un español haya sido proclamado campeón del mundo, en la categoría de peso pluma, de la UFC sólo debería copar las portadas de una gloria añeja que antes se vislumbraba en las calles, ante la sonrisa de las gentes populares. Ante el disfrute de un país humilde reunido en torno a los valores del deporte. Ahora, pese a todo, Ilia Topuria sólo podrá protagonizar la portada de El País el día que muera sobre el ring. Con total seguridad Cebrián ya tiene redactado el editorial.