Quizá la gracia de la vida se oculte, juguetona, en un sinfín de paradojas. Queremos la hondura y la holgura al mismo tiempo, y junto al anhelo de intensidad late siempre, contradictorio, un deseo de calma. Soñamos despiertos, pero nos aterra despertar a lo soñado. El corazón se dilata con ideales amplios, pero se nos achica, ay, por menudencias. Imaginamos aventuras, pero ni siquiera soportamos un dolor discreto. Creo que nos pasa a todos. Será cosa de nuestro origen, al que no le faltó tampoco sentido del humor: tuvo su guasa que nuestra materia prima fueran el barro y una costilla. Fue un chiste literalmente divino, una primera paradoja alentadora (hecha de aliento creador), una primera siesta fecunda ―para que luego digan de nuestras costumbres patrias. Somos, en fin, hijos de una broma cósmica de amor.

Y es como si esa broma prosiguiera en cada una de nuestras contradicciones. Lo grande y lo pequeño, por ejemplo. ¿Cómo conciliarlo? Acudamos al latín, que es la lengua de los consejos sabios. Non coerceri maximo, sed contineri mínimo divinum est. No tener límite para lo grande, pero concentrarse en lo pequeño. Es fácil decirlo. Conseguirlo ya es harina de otro costal. Para nuestra tranquilidad, Aristóteles ya se lo dijo a Nicómaco: «Es tarea difícil ser bueno, pues en todas las cosas es trabajoso hallar el medio».

Ahora bien, que sea trabajoso no quiere decir que no exista quien lo ha logrado. Pienso ahora en Franz Jägerstätter, aquel campesino austriaco que se negó a prestar juramento a Hitler. Como no quiso apagar la voz de su conciencia, lo fusilaron. En Vida oculta, Terrence Malick muestra con belleza y profundidad extraordinarias la historia de Franz y de su mujer, Fani. Ella le visita en prisión. Son conversaciones dramáticas y muy intensas. La muerte se cierne sobre el protagonista. Los nazis someten a Franz a un juicio sumario, a una farsa procesal. La condena se presume. Sólo se librará del pelotón de fusilamiento si claudica, si abandona esa terquedad que tantos en su pueblo no comprenden. Y es entonces cuando se produce un lance apenas perceptible. El espectador atolondrado y posmodernamente superficial no captará el detalle; tú y yo, sí.

Dos soldados están sacando a Franz de la prisión, y, al cruzar la puerta, Franz tropieza con un paraguas, que cae al suelo. Recordemos que es un hombre al que conducen al patíbulo. Salvo escapar de sus captores, ¿qué otra cosa podría importarle? Pues a Franz le importa ese paraguas. Se zafa de los soldados, da dos pasos atrás y coloca el paraguas en su sitio. Y luego vuelve a las garras hitlerianas de los carceleros que acabarán dándole muerte.

Ese gesto mínimo resume una vida heroica. Parece decirnos que no es posible la grandeza si no se atiende a los detalles; que la visión no será profunda para quien no advierta, agazapados, los brillos que reverberan en lo prosaico. Un paraguas que se cae. El párpado caído de una hija adolescente. Una errata tan diminuta que a buen seguro pasará desapercibida. Los ejemplos son infinitos y acontecen de continuo.

En todas esas cosas pequeñas se juega el destino del mundo. En lo nimio hay un combate. Dice Ibáñez Langlois que «la belleza es el campo de batalla en el que Dios y el diablo se disputan el corazón humano». Y cuánta hermosura ocultan las menudencias. Cuánto prodigio. El que cantan los versos de Amalia Bautista: «Y resulta que aquí, al lado de mi casa, / puedo ver que los ángeles se miran / en el espejo de los charcos».

Schumacher tituló su libro más citado ―y quizá no muy leído― Lo pequeño es hermoso. Me parece que se quedó corto. Lo pequeño es glorioso. Hay que saber verlo, eso sí. Hay que mirar más allá de las cosas mismas. Cuando Franz Jägerstätter recogió aquel paraguas no lo hizo con el gesto displicente de quien, por ejemplo, aparta un tintero. Así que en lo pequeño se demuestra la grandeza o se malogra un rey. Y se ve que hay que elegir: paraguas o tintero.