En mi último artículo, ¿Para qué luchamos?, traté de destacar que la meta, al menos terrenal, de la batalla en la que —queramos o no— estamos inmersos, no es otra que la de la construcción y perfección del hogar en todas sus dimensiones. Mencioné, asimismo, la importancia de la virtud en la defensa que algunos tratamos de hacer de la civilización que estamos empeñados en no ver desaparecer, de esa cultura material, linaje intelectual, tradición moral y fe que es parte indisociable de quienes somos hoy. Le pese a quien le pese.

Esta búsqueda de la vida noble, en términos de Séneca, habría de ser el afán de todos los que, de una forma u otra, en mayor o menor medida, se sienten parte del mismo ejército, rencillas internas aparte. Este esfuerzo constante por perseguir la virtud sería especialmente deseable tanto por parte de los incendiarios en la vida política, como de los cobardes. En el caso de los primeros, intoxicados por la política, autoproclamados mesías o con hambre de venganza, porque mucho me temo que la respuesta o reacción a la debacle civilizatoria de los últimos 50 años no puede, no debe, ser llevada a cabo empleando los mismos métodos que los de nuestros adversarios ideológicos. Y digo, «me temo», pues quizá eso implica una desventaja competitiva con respecto a quienes se han esforzado tanto por destruir cuanto amamos. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre ellos y nosotros —dos términos en los que habría que abundar mucho más de lo que me permiten estas líneas. Ellos, según sus paradigmas morales, pueden odiarnos y, por ende, buscar destruirnos de múltiples formas —algunas más sutiles, como la corrección política y el ostracismo, y otras más explícitas. Sin embargo, nosotros debemos limitarnos a combatir sus ideas. Hemos de hacerlo con gran contundencia —no me malinterprete, querido lector— pero creo que no podernos permitirnos el lujo de simplemente ejercer una fuerza de signo contrario a la que hemos sufrido.

Quizá ayude a ilustrar esta cuestión algo que C. S. Lewis pronunció en el otoño de 1939, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, en la Iglesia de Santa María la Virgen en Oxford. En el transcurso de aquella conferencia, Lewis señaló que la tragedia para los cristianos mientras Roma ardía no era que Nerón trivializara aquél terrible suceso, sino que trivializase el estar a las puertas del infierno por su responsabilidad en el incendio. En otras palabras, si los cristianos creemos que cada paso que damos en nuestra vida nos acerca a la gloria o a la condenación, no sólo habríamos de preocuparnos por combatir las ideas que consideramos perversas, sino también por quienes las enarbolan. Quizá sea mucho pedir(nos), pero esa es la altura a la que está situada la barra para nosotros. Superarla o no, y cómo lograrlo, es otra cuestión, pero reconozcamos al menos que la frase «amad a nuestros enemigos» (Lc. 6, 27-36) no fue pronunciada en sentido figurado sino literal.

Nuestra respuesta ha de ser superior a la de nuestros contrincantes. Y ha de serlo tanto en sus efectos como moralmente. Lo contrario nos rebaja a un modus operandi impropio de los valores que decimos llevar a gala. A su vez, convierte la política en un juego de suma cero donde se invierte la regula aurea y el objetivo pasa a ser conquistar el poder para hacerle al otro lo que uno no querría que le hicieran a él, pues el otro hará lo mismo cuando tenga esa potestad. Por el contrario, y como también señala Lewis, no deberíamos comprometer nunca, en paz o en guerra, nuestra virtud.

Además, y aunque parezca evidente, difícilmente tendremos un buen sistema, o una buena sociedad, sin personas buenas que lo configuren, alimenten y protejan. Creer que los «guardianes» de la civilización occidental pueden ser tan cínicos, pragmáticos y liberticidas como nuestros adversarios o pasar por alto las virtudes de la fortaleza, justicia, prudencia y templanza en su pensar, su obrar y su hablar es un error de proporciones cósmicas que solo conduce al desastre. Como señalaba en mi último artículo, «incluso si la épica batalla con la que tantos sueñan se ganase por fortuna, la victoria sería frágil (por la fragilidad de los vencedores) y, por ende, efímera».

El despertar de los incendiarios a la virtud informa el cómo han de luchar. Por su parte, el despertar de los cobardes ha de comenzar precisamente por esto: despertar. Abrir los ojos ante la relevancia de lo que acontece en la esfera pública y el caer en la cuenta de una vez por todas que lo que nos rodea no son meramente circunstancias, sino elementos que afectan directa e inequívocamente nuestras vidas y las de quienes nos importan, motivo por el cual tienen la responsabilidad de entrar en acción. Me gustaría hacer hincapié precisamente en esto; en quienes nos rodean. Pues aquí entra en juego un elemento intergeneracional tantas veces olvidado. Pues esto no va de nosotros. Al menos, no sólo de nosotros.

La preocupación por las generaciones futuras y el respeto por las pasadas tiene su propia historia y genealogía intelectual. Se observa de forma clara en los escritos de Edmund Burke, cuya concepción del contrato social, lejos del consenso en el que vivimos instalados hoy, es un acuerdo entre los vivos, los muertos y los que están por nacer. Por eso no es casualidad que la máxima existencialista de que estamos «arrojados al mundo» haya brotado en un erial donde se observa un constante esfuerzo por vivir de espaldas al pasado, o por tratar de reescribirlo o, cuando menos, renegar de él, renunciando a toda posibilidad de análisis crítico que permita conservar lo bondadoso y rechazar lo pernicioso. Ni qué decir tiene en un mundo en el que las generaciones futuras, de haberlas, son resultado de un frío cálculo economicista, planificador y definitorio, en el que nos adentramos hasta la definición de qué seres humanos han de ser sujetos jurídicos protegidos en función de su ubicación dentro del útero materno o su estado gestacional. A su vez, el abolicionismo de todo lo que representa la civilización occidental en esa huida hacia adelante del progresismo también pone de manifiesto un absoluto desprecio por los que nos sucederán, pues su empeño por zarpar de estas costas bajo el jucio de que son moralmente perversas nos adentra en un océano desconocido sobre el que sin duda habría de figurar el hic sunt dracones del Medioevo y que augura una pobre herencia para nuestros hijos y los suyos.

El propio Jefferson recogió esta misma cuestión de forma muy clarividente, al señalar en su correspondencia a James Madison que «la Tierra pertenece en usufructo a los vivos» (1789). Es decir, que quienes hollamos la Tierra hemos de disfrutarla sin dañar su sustancia. Y esto no ha de aplicarse solo a la protección del medio ambiente, sino también del tesoro inmaterial que nos ha sido legado y que ahora desterramos indiferentes.

Tamaña imprudencia. Gravísima irresponsabilidad. El cuidado de la civilización nos ha sido encomendado y esta es una exigencia ciudadana, pero, sobre todo, moral. Su cuidado ha de ser delicado. Su defensa ha de ser firme. Pues, como señala Lewis en Rehabilitations and other essays (1939): «Uno de los errores más peligrosos es que la civilización está destinada a crecer y extenderse automáticamente. La lección de la historia es la contraria; la civilización es una rareza, se alcanza con dificultad y se pierde fácilmente. El estado normal de la humanidad es la barbarie, al igual que la superficie normal del planeta es el agua salada».

De igual forma, el estado del ser humano por defecto no es el de la virtud (ver Netflix en el sofá no requiere esfuerzo alguno), sino lo contrario. La virtud —en realidad, el esfuerzo por vivir la virtud— conlleva sacrificio. Pero es requisito indispensable para entrar en batalla con la armadura adecuada.