Desde que el día 28 el papa Francisco pidió oraciones para el papa Benedicto XVI, todo el orbe católico entero ha sido un clamor de plegarias y afectos ante la inminente muerte de Joseph Ratzinger (1927-2022). Plegarias llenas de cariño, reconocimiento y agradecimiento, como sólo ante los grandes papas y los grandes personajes se da, en un consenso generalizado de estar ante una figura humana que ha hecho historia por su altísima calidad intelectual, religiosa y moral.

Lejos queda aquel cónclave de 2005 donde para muchos se elegía al ala dura del pontificado tan largo de san Juan Pablo II, una especie de neointegrista de pasado nazi, inquisidor y perseguidor de progresistas y teólogos de la liberación. Algo que sus ocho años de pontificado, hasta su renuncia en febrero de 2013, se encargó de desmentir… si es que alguna vez siquiera hubiera habido algo que justificase tal consideración, salvo el no haberle leído, y desde luego comprendido.

Nacido en Baviera en 1927, desde muy pequeño dio muestras de vocación sacerdotal estudiando en el seminario de Traunstein en los complicados años del nacionalsocialismo. Llamado a filas a los 16 años durante la segunda guerra mundial prestó servicios entre 1943 y 1944 en servicios de construcciones de defensa, desertando en los últimos días de la guerra para tratar de regresar a su casa ante la caída del ejército del Reich, y siendo hecho prisionero por soldados aliados en 1945. Toda una generación perdida y marcada por el horror de la guerra de la que formó parte Benedicto XVI.

Liberado se reincorpora al seminario dando muestras ya de altísimas capacidades intelectuales. Ordenado en 1951 junto a su hermano Georg, al año siguiente se incorpora a dar clases en el seminario de Freising, comenzando así una carrera académica en el campo de la teología que le llevó a Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. Perito en el Concilio Vaticano II y fundador de la revista «Communio» junto a De Lubac y Von Balthasar, Ratzinger ha sido uno de los grandes exponentes de la teología católica del siglo XX.

Con toda la complejidad que eso significa. La teología católica del siglo XX, si quería ser significativa en el mundo contemporáneo como era su misión, se vio obligada a superar una teología anclada en la esterilidad de los siglos XVIII y XIX, marcada por sus formalismos y su pobreza de comprensión de una neoescolástica metafísica que bebía de un tomismo superficial, frente a los embates de las olas del pensamiento ilustrado y moderno y de las transformaciones revolucionarias. Comenzó a hacerlo desde el impulso, en el comienzo del siglo XX, que supuso la renovación de los estudios bíblicos, litúrgicos y patrísticos, incorporando además las nuevas corrientes filosóficas como el personalismo, la fenomenología y los avances en las ciencias humanistas como la sociología, la economía o la historia.

La Iglesia se iba viendo a sí misma cada vez más como un agente que iba perdiendo significatividad en los procesos de la historia, cada vez con menos presencia social y no alcanzando a encontrar formas de cumplir con su misión evangelizadora y transformadora de la sociedad en el mundo contemporáneo. Por el contrario, iba viendo que los cambios del tiempo iban tomando senderos bien opuestos a los del mensaje de Jesucristo como era el caso de las revoluciones obreras y de los giros del liberalismo. Una de las causas era esa esterilidad teológica —salvo honrosísimas excepciones, pero poco significativas más que para los manuales de historia de la teología—, limitada a repetir modelos que no lograban responder a los cambios de mentalidad, y que no lograban dar luz y apoyo a los hombres y mujeres del hoy.

Todo ello culminó en el intento de aggiornamiento que quiso ser el Concilio Vaticano II (1959-1965), donde el teólogo Ratzinger, perito asesor teológico del cardenal Josef Frings de Colonia, estaba situado en el ala reformadora. Como el 90 por ciento de los participantes en el Concilio, por otra parte.

Sin embargo, no parece que el concilio lograse sus objetivos. De un lado porque quizás llegaba tarde, tratando de responder a debates quizás que miraban atrás y no hacia adelante. Y de otro porque en su seno y en sus documentos tuvieron que convivir dos modelos y dos líneas, una más respetuosa con lo recibido, y otra más abierta al porvenir, a veces de forma no excesivamente bien avenida. Algo que frenó su respuesta y propuesta de fe al mundo contemporáneo.

Ambas líneas inspiraron las transformaciones que se intentaron en el postconcilio, en lo que se llamo la recepción y desarrollo de la Iglesia postconciliar, aunque diera la sensación que en aquellos primeros años, la segunda mitad de los 60 y la década de los 70 principalmente, la recepción conciliar fue abriéndose cada vez más a una hermenéutica discontinua que le alejaba en según y cómo de claves importantes de la tradición, para encima no lograr conectar excesivamente bien con el secularismo que cada vez más iba adueñándose del mundo.

Esa hermenéutica de la ruptura se abría a un desarrollo acelerado y progresista de la sociedad y sus cambios, que para ciertas sensibilidades, más que profética era excesivamente rápida… y quizás no excesivamente buena. Ratzinger no reconoció en los giros más radicales de la implantación del concilio los mismos documentos magisteriales conciliares. Fue así que frente a esa hermenéutica de la ruptura, Ratzinger comenzó a liderar la llamada «hermenéutica de la continuidad» que pretendía hacer una lectura del Concilio Vaticano II alejada de esa ruptura, y más conforme a las enseñanzas más clásicas de la Iglesia, aunque sin renunciar a responder al mundo de hoy, no al de ayer, es decir, desde una teología actualizada aunque en línea con la enseñanza de siempre de la Iglesia. Importante señalar que no es una mera defensa del pasado, sino que más bien el depósito de la tradición es un inagotable surtidor de perenne novedad, y que la Palabra de Dios es capaz de seguir respondiendo al hoy como hizo en la historia. Y eso requiere teología y filosofía de hoy, pero nunca en ruptura con lo recibido.

La relación de Ratzinger con Hans Küng, fallecido el pasado 2021, sería un buen testimonio de esa dicotomía de dos teólogos que habiendo sido compañeros en Tubinga, acabaron siendo dos ejemplos de ambas líneas de la recepción del concilio.

Alguna vez escuché la anécdota —no soy capaz de identificar el origen, pero me atrevo a lanzarla porque le doy crédito de veracidad— de que Ratzinger comenzó a mostrarse crítico con esa nueva teología que nacía de los documentos conciliares a raíz de una conferencia, en torno al pre-68, donde escuchó hablar de revolución. Sea real o no, sí que nos apunta a la idea de fondo. Ratzinger veía la necesidad del Concilio Vaticano II, lo acogió y promovió y veía la presencia del Espíritu Santo en él, pero veía necesario recibirlo e implantarlo en continuidad con lo recibido, y no en ruptura revolucionaria.

Consagrado arzobispo de Munich en 1977 y Cardenal ese junio, participa en el Cónclave de 1978 que elige a Juan Pablo II, el cual en el año 1981 le nombra Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el órgano vaticano dedicado a cuidar de las enseñanzas de la Iglesia, a cuyo frente estará hasta su elección como papa dos décadas después.

Son años en los que los debates teológicos giraron primero en torno a la Teología de la Liberación, después en torno a los cambios relativos a la moral sexual, y al fin, en torno a la aceleración de la deconstrucción de las identidades —sociales, políticas, sexuales, e incluso eclesiales— fruto de la victoria geopolítica del liberalismo tras la caída del Muro de Berlín.

Son de lo más malinterpretado por poco leído y simplemente manipulado su posición ante la Teología de la Liberación, dándose por sentado que Ratzinger promovió una ramplona condena y una persecución a los Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez o Hélder Cámara. Su posición como Prefecto no fue esa. El aporte central de la Teología de la Liberación, colocar a los pobres en el centro de la reflexión teológica, fue acogido como sustancial del mensaje del evangelio, y elogiado en ese movimiento importantísimo de renovación eclesial que nacía de antes del Concilio. Lo que sí que consideró incompatible con la fe, era convertir al pobre en una ideología, y aún más, utilizar el marxismo como doctrina política o de reflexión para supuestamente ayudar al pobre. Frente a los cambios que la revolución sexual trajo, se posicionó en lo mejor de las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia —actualizado en 1992—, que se adelantaban ya a las revueltas woke que hoy vemos, esto es, que no todo es fruto del subjetivismo, y que hay claves objetivas de conducta que promueven el bien; y desde luego frente a las deconstrucciones del liberalismo, volvió a recordar que el ser humano, tanto individual como socialmente, fue más él mismo, es decir más de Dios, cuanto más puso en el centro los valores del humanismo cristiano.

Juan Pablo II fallecía el 2 de abril de 2005. Joseph Ratzinger era elegido el 265 papa de la Iglesia Católica el 19 de abril… y renunciaba el 11 de febrero de 2013. En medio ocho años que dieron para muchísimo.

Tres Encíclicas que son fundamentales para la teología actual, dedicadas a la Fe, la Esperanza y la Caridad, y de las que bebe sin duda alguna el magisterio del Papa Francisco; cuatro Exhortaciones Apostólicas —sobre la eucaristía, la Palabra de Dios, África y Oriente Medio— que han abierto a la evangelización del siglo XXI; siete Motus proprios —incluido el más polémico que «liberaba» la liturgia preconciliar, el Summorum Pontificum, con el que pretendía atraer de regreso a la Iglesia institucional a los partidarios de Lefebvre—; discursos como el de la Universidad de Ratisbona sobre Europa que han de estudiarse para entender el mundo de hoy; obras teológicas como sus dos tomos sobre Jesucristo que están entre los mejores textos teológicos del postconcilio, no dan cuenta de lo que su pontificado supuso. Fueron además beatificados o canonizados grandes santos como el cardenal Clemens, Francisco Coll, el Padre Damian de Molokai, Rafael Arnaiz, Carlos de Foucald, Hildegard von Bingen o los 495 mártires españoles de la Guerra Civil; y continuó con los viajes como su predecesor, que nos dejaron momentos entrañables y tiernos de sencilla humanidad como su querencia por los sombreros.

Tengo para mí que quiso renovar y reformar la Iglesia, en lo que había sido el centro teológico de toda su vida: tratar de que la Iglesia cumpla su misión evangelizadora en el mundo de hoy, sin dejar de lado nada de lo que la hace ser realmente lo que es, y fundamentando teológica y filosóficamente en lo mejor de la reflexión humana cada decisión tomada. Fueron los años en los que comenzaban a salir los escándalos de los abusos, e igualmente años en los que se ponía el foco también en las finanzas de la Iglesia. La Curia parecía una maquinaria compleja de mover, y aún más quizás, por parte de un intelectual puro, amante de la música —pianista él mismo— y de los libros. ¿Por qué renunció Benedicto XVI? La razón dada como principal fue de salud, pero tras eso todo una especulación en torno a las dificultades que para esa renovación y reforma se había encontrado, fueron argumentos dados una y otra vez.

La convivencia de dos papas tras la elección del Papa Francisco ha sido una situación eclesial que no se había dado en siglos, y ante la cual Benedicto XVI ha dado una vez más prueba de su altura moral y religiosa. Se le intentó utilizar para enfrentarle a según y cuáles planteamientos de Francisco —como la polémica con el prólogo del Cardenal Sarah— y él, siempre con una exquisita educación y hondura espiritual, jamás entró en esas polémicas por el bien de la Iglesia.

Estos últimos años nos han seguido mostrando un hombre, un sacerdote, un papa, profundamente religioso, de una calidad espiritual altísima, incluso en supuestas e interesadas polémicas de su tiempo de arzobispo en Múnich con supuestos encubrimientos de abusos. Un intelectual de los más grandes que el siglo XX ha dado, conocedor de la teología, la historia, la filosofía y el arte. Un hombre con unas cualidades de elegancia y humanidad ejemplares, con multitud de detalles que lo hacían un hombre simpático y agradable —ese gusto por alguna cerveza de cuando en cuando como buen bávaro o ese uso de ropas o de complementos como gafas de sol—. Un papa por medio del cual, de su obra y su testimonio, ha acercado a muchos hombres y mujeres a la fe. Un sacerdote, en definitiva, que en su condición de teólogo y papa pasa a la historia de la Iglesia, y del mundo, con la altura moral, intelectual, religiosa y humana que sólo los grandes hombres de la historia han mostrado.

Descanse en Paz.

Fr. Vicente Niño Orti, OP. Córdoba 1978. Fraile Sacerdote Dominico. De formación jurista, descubrió su pasión en Dios, la filosofía, la teología y la política. Colabora con Ecclesia, Posmodernia, La Controversia y la Nueva Razón.