Todos recordamos dónde estábamos cuando cayó el Muro de Berlín. Aunque parecía que el dominio comunista iba a ser eterno, cuando el pueblo decidió que estaba harto, el muro cayó de repente.

Tas dos años de autoritarismo con un virus como excusa, en Canadá el mayor convoy de camiones de la historia ha atravesado el Muro de Berlín de la tiranía. He visto cómo el Canadá que una vez respeté como refugio de los americanos antiguerra en los años 60 se convertía en uno de los países más represivos del mundo. Me pregunté cómo un pueblo amante de la libertad podía permitirse el abuso de estos miniestalinistas sin decir ni pío.

Pero entonces Canadá se levantó y demostró al resto del mundo que la libertad puede triunfar sobre la tiranía si el pueblo lo exige. Ningún ejército puede detener una idea a la que le ha llegado su hora.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se regodeaba en su capacidad de aterrorizar a la población en nombre de la lucha contra un virus. Estaba tan seguro de su poder aparentemente ilimitado que sentía que podía ridiculizar a cualquier canadiense con opiniones diferentes. El primer ministro dijo en una entrevista reciente que los canadienses no vacunados eran «extremistas», «misóginos» y «racistas».

Cuando los camioneros canadienses se enfrentaron a su tiranía e iniciaron su histórica caravana hacia Ottawa, pensó que podía seguir ridiculizando a la gente. Los camioneros y sus partidarios no eran más que una «pequeña minoría marginal» que tiene «opiniones inaceptables», afirmó con seguridad. Para Trudeau, el amor a la libertad es sólo una «opinión inaceptable».

Menos de una semana después, cuando decenas de miles de camiones empezaban a entrar en la capital con millones de seguidores detrás, el «valiente» primer ministro canadiense había huido de la ciudad y se había marchado a un lugar no revelado.

Como tuiteó Elon Musk, «parece que la llamada “minoría marginal” es en realidad el gobierno».

Los principales medios de comunicación canadienses son obviamente tan obedientes al régimen como los estadounidenses. Ignoraron el Convoy de la Libertad durante el mayor tiempo posible. Casi no informaron. Luego, cuando fue imposible ignorarlo, empezaron a atacar y ridiculizar en lugar de intentar informar con precisión. Fue repugnante y casi cómico ver a un «reportero» de la Corporación Canadiense de Radiodifusión sugerir que el Convoy de la Libertad canadiense fue cocinado por Putin y los rusos.

Miles de camiones han llegado a Ottawa. Exigen el fin de la tiranía covidiana. Están respaldados por millones de ciudadanos que desafiaron el invierno canadiense por la noche para animar a los camioneros.

Esta protesta es tan importante porque no se limita a Canadá. Los camioneros están recibiendo apoyos por todo el mundo, y se está planeando una caravana similar desde California hasta Washington. En un país en el que las estanterías de los supermercados están cada vez más vacías, los camioneros tienen más influencia de la que el poder quiere admitir.

Si yo fuera el primer ministro de la Australia totalitaria o de Nueva Zelanda —o de casi cualquier lugar de Europa— me pondría bastante nervioso ahora mismo. Al igual que la tiranía del COVID aflojó por todo el mundo de forma aparentemente coordinada, ahora que el Muro de Berlín de los tiranos se ha roto, es sólo cuestión de tiempo que las ondas de choque se sientan a lo largo y ancho.

Tenemos una deuda de gratitud con los camioneros canadienses. Hagamos todos lo que podamos para ayudar a que el movimiento por la libertad siga cobrando fuerza.

Médico y político estadounidense, exrepresentante por el decimocuarto distrito de Texas en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Sus artículos en La Iberia esán basados en las reimpresiones que el Instituto Mises hace de los originales del Instituto Ron Paul.