Lo que la cobertura mediática del viaje de León XIV dice de la España menos católica y menos española

El modo en que los grandes medios interpretan al Papa según el relato de la política retrata a una España apartada de la fe

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Toda cobertura es, además de un servicio, un autorretrato. Pocos acontecimientos movilizan hoy a la totalidad del sistema mediático español. La primera visita de León XIV —del 6 al 12 de junio, con escalas en Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife— ha puesto en pie el mayor operativo informativo que recuerda el calendario patrio, cuyo dato revelador no es el tamaño del despliegue, sino la forma en que cada redacción decide mirar al Pontífice. Leída de cerca, esa mirada dibuja el rostro de una España que, a medida que se aparta de su fe, se descubre también menos española.

RTVE, encargada de la señal institucional, alinea más de 400 profesionales, diecisiete unidades móviles, cinco estudios, un helicóptero y cerca de 170 cámaras enlazadas por más de cien kilómetros de cableado. COPE y Trece anuncian el mayor despliegue de su historia: medio centenar de profesionales, más de setenta horas de programación especial y 3.000 kilómetros recorridos en una semana. Onda Cero moviliza a treinta personas en más de cincuenta directos; Mediaset abre un canal con señal continua; Antena 3 sienta una mesa de analistas para la misa de Cibeles y la procesión del Corpus Christi. El aparato es total, y enlaza con los ocho viajes papales que España ha recibido desde 1982. Esa unanimidad logística desmiente por sí sola la tesis del país descristianizado: una sociedad que de veras hubiera roto con su fe no se volcaría así. El reflejo, todavía, es católico.

El mismo Papa, dos relatos

La fractura no asoma en el despliegue, sino en las redacciones. Los medios de raíz católica —COPE, Trece, el grupo Ábside— abordan el viaje como lo que es para el creyente: un acontecimiento pastoral. Su corresponsal en el Vaticano viaja con la comitiva, sus programas se trasladan a las cuatro ciudades y el relato gira en torno al pastor que sale al encuentro de su rebaño. Es el registro que esta revista reclamaba al desear que el noveno viaje se pareciera a los anteriores: una voz nítida, entroncada con la cristiandad. Frente a él, el bloque mediático dominante levanta otro relato, en el que lo religioso es apenas el envoltorio de una agenda política. Y no es una sospecha: es el guion que sus propias emisoras anuncian.

El Papa traducido a la agenda

La Cadena SER abre su especial proponiéndose «diseccionar» a León XIV a partir de una pregunta reveladora: qué opina «en materia de libertades», y enumera igualdad, LGTB y aborto. La clave no es la fe, sino el encaje del Pontífice en la gramática de los derechos. El País, por su parte, ordena su cobertura en torno a la relación del Papa con el Gobierno de Sánchez y con la jerarquía española, la migración, la inteligencia artificial, los «tecnoligarcas» y las víctimas de abusos, y la remata con una encuesta sobre el «clima de espiritualidad». El acontecimiento espiritual queda así reducido a un sondeo y a un mapa de posiciones.

No es que esos asuntos sean ajenos a la Iglesia: de la cuestión social a la técnica, la doctrina que inauguró León XIII con Rerum Novarum lleva más de un siglo pronunciándose sobre ellos. Lo revelador es el sentido de la lectura. No se pregunta qué tiene el Papa que decir sobre el mundo, sino cuánto se aparta el Papa del consenso del momento. La fe se interroga como una postura más, evaluable por su distancia del dogma secular.

Menos católica, menos española

Ahí está el autorretrato. Lo unánime es el aparato; lo fracturado, la mirada. Una parte sustancial del sistema mediático ha perdido la llave para leer un hecho religioso como religioso y solo acierta a traducirlo a las suyas: derechos, identidades, poder, encuestas. Esa España no es, sin más, menos creyente: es menos española, porque renuncia a la clave —la cristiandad— en la que, como recordaba el editorial de esta casa, se entroncan «las bases fundacionales de un pueblo». Desconectar esa clave no deja un país neutro, sino uno que ha extraviado parte de su propio idioma.

El contraste se agudiza por la figura del visitante. Un Pontífice de trayectoria iberoamericana, que regresa en cierto modo a la matriz hispánica de su Iglesia, es justamente el acontecimiento más español que cabía imaginar; y es el que esa España no sabe descodificar. La condición es estructural y no se zanjará en una semana: la élite que ya no entiende a la Iglesia que llega seguirá sin entenderla el día 13. Pero la visita decide algo real: si la voz del Papa logra atravesar la traducción y llegar como lo que es, o si se disuelve en el ruido de las mesas de análisis. De ello depende que estos siete días sean una mirada alzada a la que León XIV devuelva una voz alzada, y no la enésima prueba de una España que mira a su Papa sin reconocerlo —y que, al no reconocerlo, tampoco se reconoce.