Verdades evidentes en sí mismas

Jefferson, abogado, propietario y extraordinario escritor, no planteó un pacto entre hombres, sino la aceptación de un legado trascendente que conservar

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Antes de instalarse el sueño americano en el imaginario colectivo, de acuñarse la idea del american dream por la que cualquier persona, sin importar su origen, puede alcanzar una vida mejor mediante el trabajo, el esfuerzo y las oportunidades disponibles, en los Estados Unidos había arraigado un sueño europeo.

La Revolución Americana mediante la cual las Trece Colonias británicas de América del Norte lograron independizarse de Gran Bretaña y dieron origen a los Estados Unidos fue en gran medida una revolución conservadora que hacía realidad al otro lado del Atlántico la esencia del pensamiento whig: gobierno limitado, protección de derechos y libertades individuales, respeto a la propiedad privada y oposición al abuso del poder y tiranía.

Con toda intención, los padres fundadores, teístas, herederos de la mejor tradición occidental pidieron a Thomas Jefferson, abogado, propietario y un extraordinario escritor la tarea de redactar un primer borrador que dejaría fascinados a todos. Jefferson no planteó un pacto entre hombres, sino la aceptación de un legado trascendente que conservar: «Sostenemos que estas Verdades son evidentes en sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

La identidad norteamericana, su ser, se forjó bajo el ideal de democracia. Ése es el origen del excepcionalismo americano. Sobran los motivos para celebrarlo.