Trump e Infantino: alianza Mundial

El indulto al estadounidense Balogun tras la llamada de Trump reaviva la sospecha del trato de favor de la FIFA a sus anfitriones, desde la concesión del torneo hasta la disputa de la final

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De los doce jugadores que han sido expulsados en lo que va de Copa del Mundo, sólo uno ha visto su sanción retirada. El indultado es Folarin Balogun, delantero de los Estados Unidos y máximo goleador de su selección, a quien la FIFA ha levantado el partido de suspensión que arrastraba, un día antes del partido de octavos de final frente a Bélgica y sin ofrecer explicaciones. La diferencia entre el norteamericano y los otros once, que se sepa, ha sido una llamada de teléfono de Donald Trump a Gianni Infantino.

El perdón, eminentemente político, no se ha recibido como una decisión deportiva en Bélgica, cuya federación, «atónita», ha anunciado que estudia «todas las opciones». Hasta donde se conoce, ningún dirigente había presionado a la FIFA para que un futbolista pudiera jugar un partido. De igual modo, ningún expulsado había disputado el siguiente encuentro de su equipo desde que existen las tarjetas, en 1970.

A diferencia de los europeos, los aficionados norteamericanos, que viven el deporte más como un pasatiempo que como una pasión, no entienden la polémica. Por otro lado, esta selección de los Estados Unidos, en crecimiento desde hace años, seguramente no necesite ayudas para permanecer en el torneo.

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De Corea a los Estados Unidos

El mimo de la FIFA con los países organizadores no es una novedad. Resulta difícil no recordar el Mundial de 2002, en el que la selección de Corea del Sur, anfitriona junto a Japón, alcanzó las semifinales dejando por el camino a dos gigantes europeos entre arbitrajes inolvidables por injustificables.

Primero cayó Italia, en octavos, cuando el ecuatoriano Byron Moreno expulsó a Totti por supuestamente fingir un penalti claro y anuló un gol legal. El colegiado acabaría detenido en Nueva York por tráfico de heroína. Después, en cuartos, España sufrió un episodio parecido a manos del egipcio Al-Ghandour, que invalidó dos goles a los de José Antonio Camacho, eliminados en los penaltis. Varios jugadores hablaron de «un robo» y Joseph Blatter, entonces al frente de la FIFA, atribuyó lo sucedido a «errores humanos».

La sospecha de que las ambiciones del organismo en Asia pesaron más que el fútbol nunca se disipó y, en un acto de «justicia», el coreano Ahn Jung-hwan fue despedido del Perugia por el tanto que eliminó a los azzurri.

Una amistad Mundial

A diferencia de coreanos, japoneses y otros organizadores anteriores, el principal anfitrión de 2026 tiene un presidente que descuelga el teléfono y no lo oculta, como su alegría por la decisión: «Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia».

La relación entre ambos, Trump e Infantino, es estrecha. Seguramente ningún líder mundial ha pasado tantas horas junto al mandatario estadounidense. El presidente de la FIFA, que ha admitido que sin su contraparte el torneo «habría sido imposible», le ha entregado un Premio de la Paz hecho a medida, ha abierto una oficina en la Trump Tower y le ha regalado entradas por valor de quince mil dólares.

El presidente de los Estados Unidos, que ha comparado el Mundial de fútbol con «varias Super Bowls a la vez», creó un grupo de trabajo en la Casa Blanca para tener cada detalle controlado. Con ese trasfondo, que el secretario de Comercio, Howard Lutnick mediara en el indulto de Balogun no ha de sorprender demasiado.

La FIFA y los anfitriones

También la burocracia impera sobre lo futbolístico en la elección de las sedes. El organismo llevó el Mundial de 2022 a Catar (de menor tamaño que la provincia de Cáceres), con miles de trabajadores inmigrantes muertos durante la década de preparativos y entre denuncias de sobornos. Después, sin más coherencia que el acuerdo entre la FIFA y el anfitrión principal, a los Estados Unidos, Canadá y México (más de veinte millones de kilómetros cuadrados).

En unos años, la edición de 2034 se disputará en Arabia Saudí gracias a una votación sin rivales que la FIFA preparó esparciendo el torneo de 2030 de España y Portugal a un país de la federación africana y a tres de la sudamericana, de modo que el turno siguiente sólo pudiera recaer en Asia.

La Copa del Mundo ibérica, soñada durante décadas, será un mosaico multicultural imposible de seis organizadores en el que los candidatos originales quedarán relegados. Los países de la Península ni siquiera tienen asegurado acoger la final, ya que la FIFA no ha adjudicado todavía la sede, alimentando así la sospecha de que será en el faraónico Grand Stade Hassan II de Casablanca, y no en el Santiago Bernabéu, por los motivos nada deportivos que el ente que rige el fútbol suele valorar.