Es curioso el odio cerval a un showman que persigue, micrófono en mano, a los políticos y compañeros de viaje del «bloque de Gobierno» para que contesten lo que ningún otro plumilla les pregunta.
Resulta obvio que la criminalización al polémico y oscuro Vito Quiles trasciende la enemistad personal. Su linchamiento tiene una causa política: Vito Quiles se apropió de los escraches y el efecto ha sido el de disuadir a la izquierda de seguir utilizando esta táctica política contra sus enemigos. El argumentario que han empleado para neutralizar a Quiles ha hecho el resto para liquidar esta forma de acción directa.
Vito, el nuevo cobrador del frac
La práctica de los escraches como acción política nace en la Argentina de los años 90 como respuesta a las leyes que impedían el juicio a los burócratas y colaboradores civiles de la dictadura militar ocurrida entre 1976 y 1983.
Para denunciar a militares y funcionarios, grupos de personas acudían a sus domicilios o a sus puestos de trabajo para señalarles como cómplices impunes. «Si no hay justicia, que haya escrache» —decían—.
No obstante, el escrache tiene su antecedente en la muy española figura del cobrador del frac, creada y popularizada a fines de los años ochenta del siglo pasado como método extrajudicial de cobro de deudas.
Vito Quiles es la versión política del cobrador del frac, un tipo que perseguía vestido de esa guisa a los morosos cada vez que salían a la calle. El escarnio público de verse acompañado, allá donde fuese, por el atípico cobrador avergonzaba a los deudores hasta el punto de forzarles a cumplir con sus obligaciones de pago si querían verse libres del compañero accidental.
Si en los escraches concurre un derecho (político) dañado que lo justifica, el cobrador del frac también tenía un derecho (de crédito) perjudicado que amparaba su proceder.
En el caso de Quiles el fundamento de su intromisión sería el vulnerado derecho del pueblo acceder a información protagonizada por autoridades públicas o por personas relevantes, es decir, el derecho a la información. Persigue a los políticos que circulan por las afueras del Parlamento o cuando salen de sus casas para que contesten lo que no quieren responder en las ruedas de prensa.
De la misma forma que el tipo vestido con traje de frac conseguía en alguna ocasión recuperar la deuda con su insistencia; también el comunicador, alguna vez, logra que el político de turno cumpla con su tarea respondiendo a las preguntas del que utiliza el acoso como vía de acceso.
Como primera conclusión podemos decir que los protagonistas de la versión política del cobrador del frac, véase Vito Quiles o Cake Minuesa, practican un escrache liberal, pues sustituyen el miedo que provoca una turba enfurecida, por el duelo entre el que pregunta y el que responde, cuyo enfrentamiento personal elimina las aristas totalitarias que la irrupción de la masa puede provocar.
Quiles se apropia del escrache de la izquierda
Analizada la radical diferencia entre el tumultuario escrache y el personalísimo del «preguntón del micrófono», digamos que la hiper legitimación del primero por la izquierda es lo que ha provocado la aparición del método Quiles.
La izquierda que ejecutaba escraches masivos allá por el año 2013 celebrándolos como «jarabe democrático de los de abajo» para que «el miedo cambie de bando», ha tenido como efecto no deseado para ellos el nacimiento y exaltación del señor Vito.
La izquierda siempre olvida que los desvaríos dizque democráticos suelen encontrar una respuesta liberal.
Aquí llegamos al nudo gordiano del «todos contra Quiles»: se le criminaliza por hacer lo que la izquierda celebra cuando lo hace ella. O lo que es igual, el autoproclamado progresismo enloquece al comprobar que un individuo pone fin a su patrimonialización del acoso.
No se critica el qué (el escrache) sino el quién (la derecha, la ultraderecha…).
La deshumanización de Vito Quiles por «liberalizar» los escraches de la izquierda nos enseña que ésta considera que sólo son actos criminales los que realizan los demás, pero esos mismos actos dejan de ser reprobables cuando ellos son los autores. No hay mejor forma de definir el sectarismo.
La paradoja de la creación por la izquierda del «delito bueno» o la «violencia buena» porque son suyas, tiene la consecuencia de que la crítica a los activistas que se han apropiado del escrache hasta convertirlo en liberal, termina deslegitimando la práctica en sí, pues si ahora proclaman que el actuar de Vito es perseguible de oficio, lo es porque los escraches lo son.
El argumentario victimista de que la actividad de Quiles es criminal ofrece como resultado la imposibilidad del escrache como método político democrático.
En realidad, la apropiación de este actuar por parte de un periodista de derechas ha puesto en marcha una exitosa estrategia de la disuasión que la izquierda no sabe cómo poner fin. De ahí la persecución personal al autor.
La disuasión, según Vito Quiles
La teoría de la disuasión nace en el Derecho Internacional para frenar la escalada en un conflicto político o militar, y tiene como objetivo hacer desistir a un adversario de iniciar una acción o de llevar a cabo algo que el otro Estado no desea.
El principio paradójico de la disuasión reside en que sin la amenaza real de un mal posible el bien de la paz es imposible.
Si el juego de la disuasión consiste en repetir contra el enemigo el daño que él nos causa para que no lo vuelva hacer, los escraches de Quiles son pura disuasión para la izquierda porque la amenaza cierta de una contestación, en sentido contrario, a sus escraches les ha hecho pensar que quizás ya no les merece insistir con esta actividad.
La posibilidad de que grupos de ciudadanos puedan imitar a Quiles para que los políticos de izquierda respondan a las demandas populares, ha modificado su análisis del coste-beneficio de los escraches.
De ahí que la táctica haya sido abandonada por quienes la pusieron en práctica de forma eficaz cuando ellos eran los únicos que la ejercían.
El objetivo de la disuasión no es ganar la guerra, sino evitarla socializando el miedo que la amenaza creíble de un mal provoca en el enemigo más belicoso.
En su trabajo clásico sobre disuasión (Arms and Influence, 1966) Thomas Schelling establece que es incorrecto referirse a la estrategia militar como la ciencia de la victoria. En lugar de ello, argumenta que la estrategia militar consiste en el arte de la coacción y la disuasión.
En definitiva, la capacidad de infligir daño a otro debe ser utilizada para que ese otro modifique su comportamiento y abandone la idea de utilizar la violencia.
La exhibición del uso de la fuerza para infligir daño sería, en realidad, el elemento imprescindible para mantener equilibradas y en paz a dos fuerzas en conflicto.
Quiles, con su insistencia en perseguir a los líderes de la izquierda, no ganó la guerra de los escraches, pero ha logrado contener a los que la iniciaron. Ese es su mérito, más allá de sus intenciones y fines.
Enseñanzas del quilismo: la derecha oficial sigue ciega
Que haya que introducir un concepto de Derecho Internacional como la disuasión para explicar hechos de política interior señala el alto grado de intensidad del enfrentamiento político y la frágil estabilidad.
Por tanto, la dialéctica amigo-enemigo, típica de la política exterior, ya es una constante de la política interna.
Además, el deseo del PP y de sus satélites mediáticos de que no les vinculen con las acciones públicas de Vito Quiles, nos demuestra que el escrache liberal no cabe inscribirlo como otro elemento de la lucha PP-PSOE, sino que forma parte de la resistencia de los de abajo contra los de arriba.
Sería una manifestación del «poder destituyente» frente al «poder constituido».
Precisamente por eso, la corriente centrista del PSOE, esto es, el PP, jamás defenderá la disuasión según Vito Quiles, pues el PP aspira a ser «poder constituido» sin trabas como la que puede representar un molesto «poder destituyente», que acaba con el mito democrático de la sagrada identidad entre el pueblo que vota y el gobernante votado, aunque el gobernante votado sea P.S. y su pandilla de imputados.
Por último, viendo las intervenciones de Quiles comprendemos que utilizar los medios del adversario termina por neutralizarlo. Esta es una máxima política que la derecha del régimen jamás ha sabido o querido ver.
En suma, el activista con micrófono le muestra a la derecha política, pero también social; que el camino para frenar a la izquierda no es otro que la disuasión, oponiendo al que le agrede una respuesta del mismo tipo que la que sufre.
El componente disuasor le encontrarán en toda acción política eficaz de la derecha que, por supuesto, la izquierda criminalizará. Esa es la prueba de su éxito.
De Vito Quiles a Cake Minuesa, pasando por Daniel Esteve y su empresa Desokupa; la disuasión es lo que permite que las confrontaciones de la izquierda no terminen en victoria para ella antes de empezar.
No obstante, me permito recomendarle al taimado Quiles que es el momento de que se tape, pues ha alcanzado su punto de máximo prestigio después de que la izquierda haya aplaudido que las acompañantes de Begoña Gómez le hiciesen un mataleón cuando quiso hacerle algunas preguntas contra su voluntad.
Después de haber conseguido que parezca legítimo usar la violencia para neutralizar sus actuaciones y de que busquen con ardor su encarcelamiento para que sufra la pena de Telediario, ya no tiene nada que ganar en el sector político del escrache.
A cambio, se le ofrece un mundo de posibilidades difundiendo urbi et orbi la teoría de la disuasión, versión Vito Quiles.


