Pablo Alborán llenó el Teatro Romano de Mérida con un concierto de esos que empiezan y terminan en lo esencial: una voz, unas canciones y unos músicos. Sin bailarines, sin artificios, sin pantallas gigantes. Durante más de dos horas sostuvo el espectáculo con talento y presencia. En tiempos en que el show ha devorado a la música, aquello tenía algo de anacrónico. Y de honesto.
Pero hubo otro espectáculo. Entre canción y canción se escuchaban gritos desde la grada milenaria: «¡Guapo!», «¡Hazme un hijo!», «¡Esta noche sueño contigo!». Nada sobre la voz. Nada sobre las letras. Todo sobre el cuerpo. Y risas. Muchas risas. Porque era simpático. Porque era entrañable. Porque era un hombre al que voceaban mujeres.
Hagamos el ejercicio. Las mismas palabras, pronunciadas por hombres, dirigidas a una mujer sobre ese escenario. «¡Guapa!», «¡Quiero hacerte un hijo!», «¡Estás tremenda!». No habría risas. Habría crónica. Habría declaraciones. Probablemente habría identificación de los responsables y algún comunicado institucional deplorando lo ocurrido. Todos lo sabemos. Y seguimos riendo igual.
La misma lógica opera en otro escenario que hemos normalizado sin esfuerzo: la mujer madura que manosea a un joven o intenta besarle sin demasiado permiso es una pícara, casi un personaje. Al revés es agresión. No metafóricamente. Legalmente.
Se dirá que las mujeres han sufrido siglos de cosificación sistemática y que la historia importa. Cierto. Pero convertir eso en licencia para repartir el mismo trato en dirección contraria no es justicia. Es venganza de baja intensidad disfrazada de humor.
La dignidad no funciona con coeficientes correctores. Una conducta no mejora porque cambie de destinatario. Y una sociedad que necesita saber el sexo de quien está en el escenario antes de decidir si algo es gracioso o es inaceptable no ha aprendido nada sobre igualdad.
Ha aprendido a justificar lo mismo que antes condenaba. Sólo que con distinta firma y mejor conciencia. Y eso no es progreso, sino simetría de la bajeza.


