El último eclipse de Bonnie Tyler

La muerte de la intérprete de 'Total Eclipse of the Heart' supone cobrar conciencia de lo distante que ha quedado el espíritu de sus días de gloria, los años ochenta

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El 8 de julio de 2026 moría, a los setenta y cinco años, Gaynor Sullivan, de soltera Hopkins, más conocida por su nombre artístico, Bonnie Tyler. Oriunda de un pueblo industrial del sur de Gales, alcanzó fama mundial gracias a un puñado de canciones memorables, de un dramatismo que a cualquier otro artista habría situado al borde del ridículo, pero a las que el carácter de la intérprete concedió una credibilidad incuestionable.

Nacida en una familia humilde, compuesta por un padre minero y una madre ama de casa con seis hijos, se crio en una vivienda pública de cuatro habitaciones, el estándar de aquella época. No parece haber pasado privaciones durante su infancia y juventud, aunque sin duda sus padres no podían permitirse dispendios ni hacer grandes inversiones para el futuro de sus hijos. Era aquélla una vida inmersa en las luchas de la cotidianidad, encadenada a la necesidad de salir al paso de las urgencias siempre imprevistas de cada día. Ese espíritu la impregnó de una manera indeleble que, por fortuna, se traspasó a su música, para concederle el don de acompañar y dar voz a aquella mayoría silenciosa que así vivía entonces, agobiada y esperanzada. Ha muerto después de una agonía de varios meses, colofón a una vida llena de éxitos en la que sin embargo nada fue fácil. Aunque intentó tener hijos durante su feliz matrimonio de más de medio siglo con el judoca Robert Sullivan, no ha dejado descendencia, en plena armonía estética con el personaje en el que se encarnó, nunca del todo satisfecho.

De forma acorde sus inicios no fueron fulgurantes ni directos. Es fácil imaginarla en su adolescencia cansada de cantar en ferias de pueblo llenas de puestos de fritanga. Tras algunos vaivenes acabó por llamar la atención de los cazatalentos del mundo musical británico, entonces siempre dispuestos a dar oportunidades, e inició su carrera profesional a los veinticinco años, una edad con la que otros cantantes del siglo XX ya estaban de vuelta de todo y al borde de la sobredosis. Empezó con canciones que pasaron sin pena ni gloria y lo más probable es que hubiera seguido en esa línea, hasta desvanecerse sin llegar siquiera a ser olvidada.

Cuenta la leyenda, alimentada por ella misma, que lo que parecía otro obstáculo más a su trayectoria, tal vez definitivo, se convirtió en el hecho providencial que la catapultó. Obligada a someterse a una operación en las cuerdas vocales, su voz quedó transformada, por uno de esos azares afortunados que elevan los destinos. Como en un cuento de hadas, obtuvo su auténtico timbre, característico e inconfundible, quebrado, vehículo perfecto para el dramatismo y la autenticidad que iban requerir sus grandes canciones. Aunque tras el percance logró cierta popularidad, su carrera no terminaba de cuajar, razón por la que su discográfica quería que adoptara un estilo country, que se manifiesta en la recordada It’s a Heartache. Su tozudez en mantener su personalidad roquera la llevó a buscarse la vida, una vez más, y en los tanteos que siguieron encontró al compositor y productor Jim Steinman, que había escrito Total Eclipse of the Heart. Los astros se alinearon y con esta canción, que nunca ha dejado de oírse, alcanzó la inmortalidad. La popularidad que siguió abarcó por igual todo el mundo anglosajón y la Europa de la Guerra Fría, como muestra que fuera pionera en hacer giras por la Unión Soviética. Tras su lanzamiento nunca dio un concierto sin interpretarla, porque Total Eclipse of the Heart y Bonnie Tyler se habían convertido en sinónimos. Su videoclip, divertido sin querer por sus elecciones estéticas cuestionables, no ha corrido la misma suerte. Verlo es sumergirse en un mundo ya antiguo, cobrar conciencia de lo viejos que se han quedado los años ochenta.

Ya hace tiempo que Bonnie Tyler se había convertido en una reliquia, cuyos éxitos se irán desvaneciendo de la memoria colectiva con la desaparición progresiva de quienes vivieron sus días de gloria. Su música sirve como evocación nostálgica de un orden bajo el que la población europea soñaba con mejorar su vida sobre la base de una ética basada en la lucha, no en las cicatrices. Sus grandes canciones hablan de la redención a través de un amor que trasciende al individuo, que conlleva sufrir, pero nunca abate a quien lo siente. Bonnie Tyler daba convicción a este mensaje porque era capaz de transmitir la sinceridad en ese sentimiento que sólo aportan las vivencias. En esta época en la que la música es asunto de señoritos, tardará mucho tiempo en aparecer una cantante con ese extraño equilibrio entre lo innato, lo vivido y lo trabajado.