León XIV en España

Junto a los debates culturales y las lecturas sociológicas y políticas, la llegada del Papa encierra una dimensión íntima y transformadora para la Iglesia local

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La visita del papa León a España llega en un momento crucial para el país y para Europa. El escenario actual está marcado por una fuerte polarización política y social, visible en las instituciones, en los medios y en la vida cotidiana. Anegados de corrupción, empujados por todos lados, aguantando como pueden los ciudadanos a sus gestores. A lo que se suma, por encima de lo coyuntural, las grandes claves profundas que recorren toda Europa, la profunda incertidumbre cultural sobre el futuro de lo que hasta ahora más o menos ha sido, las sociedades occidentales vuelven a preguntarse qué queda, realmente, de sus raíces. La pregunta por su identidad.

El fenómeno migratorio forma parte central de este debate. Durante años se percibió como una realidad más o menos lejana, más o menos minoritaria, más o menos problemática. Pero hoy se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo que plantea dilemas éticos, sociales, económicos y políticos, pero también abre a esas preguntas más profunda sobre la identidad. ¿Qué significa hoy ser europeo? ¿Sobre qué se sostiene una cultura compartida en sociedades multirraciales, multiculturales, multirreligiosas y fragmentadas? ¿Qué papel han de tener esas minorías no originarias? ¿Ponen en peligro lo que siempre fue? ¿Qué sucede cuando no son tan minoritarias? ¿Hay identidades en peligro? ¿Cuál es nuestra identidad y qué tiene de estable y permanente y qué de mudable o adaptable?

En el caso de España, la búsqueda de respuestas sobre esas preguntas, conduce —al menos en una de sus vías, que soy consciente debería aumentarse a otras— inevitablemente a la pregunta sobre el papel que lo religioso ha jugado y juega en la identidad nacional, a la pregunta sobre el catolicismo. Y la respuesta en ese caso parece, con un mínimo de honestidad intelectual, evidente: España no puede explicarse sin la fe católica.

No se trata de una simple tradición o de un adorno del pasado, es el pilar sobre el que se levantó casi todo cuanto somos. Nuestras instituciones, el arte, las universidades y la propia concepción de la dignidad humana, nuestras fiestas, nuestros valores, nuestra cultura entera. El catolicismo ha modelado la psicología nacional hasta el extremo. Ya lo resumió Agustín de Foxá: «En España se va siempre detrás de los curas: o con un cirio o con un palo».

Desde las catedrales hasta las fiestas populares, la huella cristiana vertebra la historia de la nación. Cuando España se desvincula de ese legado, no es que disminuya sin más la práctica religiosa, es que se corre el riesgo de perder su memoria y su identidad.

Un incipiente retorno espiritual

Quizá por eso la llegada del pontífice genera expectación incluso entre los no creyentes. León llegará a una sociedad secularizada, pero en un Occidente donde asoman indicios de un cierto retorno religioso. En las universidades, entre los jóvenes y en círculos culturales reaparece la inquietud espiritual. Tras décadas de relativismo y promesas materiales incumplidas, de exclusión adrede de lo religioso del debate social y cultural, pareciera que lentamente y con voz propia, lo religioso vuelve. Muchos buscan arraigo, sentido, identidad y estabilidad moral. No siempre desde la fe, o al menos desde unas claves de fe que necesitarían mucho de purificación, formación, estudio, catecismo y catequesis, pero sí que desde la certeza de que las sociedades no se sostienen solo mediante el consumo y la pura búsqueda de comodidad material. ¿La presencia del Papa puede consolidar este tímido renacimiento? Quién sabe. Pero desde luego, un obstáculo no será.

El itinerario de la visita refleja bien este propósito. Madrid asumirá el protagonismo institucional y pastoral. Montserrat añadirá una dimensión espiritual y cultural profundamente ligada a la historia catalana. Sin embargo, aquí, debido a su carga simbólica, la parada en el monasterio recibirá lecturas políticas, pues su papel histórico para el catalanismo es evidente. ¿Es conveniente que vaya al epicentro cultural y religioso de quienes desean romper el país? Ocurrirá lo habitual: cada gesto será examinado al detalle. Las presencias y las ausencias se convertirán en mensaje. Qué diga, en qué lengua, qué mensaje, qué no diga… será escudriñado con quirúrgica precisión. A veces incluso por demás, extrayendo conclusiones que no serán las que el Santo Padre quiera dar.

La escala en Canarias resulta inseparable también de la misión de la Iglesia y en ese contexto del drama migratorio que vive el archipiélago. La Iglesia siempre ha defendido la dignidad de los migrantes, pero así como tantas veces tan sólo se señala su labor para la acogida, regularización masiva, y plena apertura a su llegada, el Papa ha recordado en su viaje apostólico a varias naciones africanas de hace tan solo unas semanas, un principio que el debate europeo olvida, o quizás adrede no quiere recordar: el primer derecho que la Iglesia defiende es a poder no emigrar. León insistió en esta idea durante su viaje a África. Ninguna sociedad prospera si se descapitaliza de jóvenes y trabajadores. La ayuda al continente africano no consiste en gestionar flujos sin más, que al final más que inclusión en esta Europa nuestra acaba generando bolsas de exclusión y de semi esclavitud actual para ellos. La ayuda verdadera sería crear condiciones para que sus ciudadanos puedan construir su futuro en sus propios países, no traerles aquí para proveernos de mano de obra barata. Pero el primer enemigo de esa idea, por propio interés, es el liberalismo de las corporaciones internacionales. Eso desde la óptica de los migrantes, poniendo el foco en ellos. Pero desde la nuestra, amando lo propio, está sin duda el legítimo derecho a conservar nuestras identidades sin tener que renunciar a ellas.

El espejo de la historia

La normalidad de estos viajes internacionales es un fenómeno reciente. Antes de Juan Pablo II, los pontífices apenas salían de Roma. Él entendió que el Papa debía hacerse presente físicamente en las naciones para acompañarlas en sus cambios históricos. España ocupó un lugar destacado en ese pontificado: visitó Madrid, Santiago de Compostela, Sevilla y Zaragoza en 1982 y 1984; regresó a Compostela en 1989; volvió a Madrid en 1993 para consagrar la catedral de la Almudena; y terminó regresando en 2003 para la canonización de varios santos españoles. Aquellas visitas marcaron momentos decisivos para una sociedad que buscaba reconciliar modernidad y tradición sin romper del todo con sus raíces.

Después llegarían las visitas de Benedicto XVI, quizá menos multitudinarias, pero intelectualmente muy profundas. Estuvo en Valencia en 2006 con motivo del Encuentro Mundial de las Familias; visitó Santiago y Barcelona en 2010, donde dedicó la Sagrada Familia; y regresó a Madrid en 2011 para la Jornada Mundial de la Juventud. En todas ellas aparecía una preocupación constante: la necesidad de que Europa no olvidase sus fundamentos cristianos mientras avanzaba hacia una modernidad cada vez más desarraigada.

Como es habitual, la selección de los destinos generará controversia. Se hablará de las ausencias. Se comentará que el Papa no ha ido a Santiago o a Zaragoza, tampoco a Andalucía que es la zona de España con más praxis religiosa, pero sí visita Montserrat… y evita el Valle de los Caídos. Más allá del debate partidista, y de que haga lo que haga el Papa sería criticado, el asunto sobre Cuelgamuros debería plantear una reflexión seria: el peligro manifiesto de que el poder político intervenga en el significado y la gestión de los templos religiosos. Sentar determinados precedentes puede terminar lesionando la libertad religiosa y la autonomía de la Iglesia. Y eso, hay quien desde dentro de la Iglesia no lo quiere ver.

El caso es que la presencia de León adquiere una relevancia especial. En plena época de fragmentación y de identidades débiles, la figura del Papa recuerda que las naciones no sobreviven solo gracias a la economía o a las leyes. Necesitan la continuidad de una memoria compartida. Y en España, esa memoria, guste más o menos, mantiene un inequívoco acento católico.

Confirmar en la fe: la misión del Pastor

Junto a los debates culturales y las lecturas sociológicas y políticas, la llegada del Papa encierra una dimensión íntima y transformadora para la Iglesia local. Una de las misiones esenciales del Sucesor de Pedro es confirmar a sus hermanos en la fe. En un entorno a menudo indiferente o adverso, la presencia del vicario de Cristo ofrece a los católicos españoles una oportunidad de gracia y renovación interior. No se trata de una mera celebración comunitaria, sino de un impulso espiritual para sacudir la tibieza, reavivar la esperanza y fortalecer una identidad cristiana vivida con alegría y audacia.

Este encuentro con el Pastor aspira a despertar las conciencias y a recordar a los fieles que no caminan aislados, sino unidos al misterio de la Iglesia universal. El fruto más profundo de la visita de León no se medirá en el impacto de los titulares, sino en el silencio de los corazones que renueven su compromiso evangélico. Para el pueblo de Dios en España, ojalá este viaje sea un punto de inflexión que transforme el arraigo histórico en una fe viva, capaz de ser testigo creíble, fecundo y esperanzador de Cristo, el Señor, en medio de las realidades del mundo actual.