Al visitante se le recomienda Maramureș por sus iglesias de madera, curiosidad excepcional pero de importancia menor para la vida de sus habitantes. Otros reclamos turísticos, que no pasan de ser anécdotas irrelevantes para entender esta tierra, son una destacada cárcel de la época comunista y un cementerio kitsch, que la reduce a la nadería etnográfica alimentada en aquel tiempo.
Maramureș se sitúa en el punto de encuentro entre la llanura panónica y las primeras estribaciones de los Cárpatos orientales, parte del gran bosque que separa la meseta de Transilvania de la lejana llanura polaca. A pesar de ser una pequeña región, cuenta con dos ámbitos geográficos opuestos: una mitad plana por completo y otra montañosa. La planicie es una tierra de excepcional fertilidad, que además dispone de agua en abundancia. Un vergel. También, para su desgracia, no cuenta con ninguna defensa natural, por lo que ha estado expuesta desde la antigüedad a incursiones nómadas provenientes del sur y del este. La parte montañosa comienza abruptamente y con ella un bosque impenetrable en el que nadie se aventura jamás. Allí sólo se encuentran algunos pueblos en los contados pasos a través de los montes. En contrapartida, siempre ha sido un rincón a salvo de la codicia de los invasores de turno, donde se han conservado en los momentos de dificultad las tradiciones y la lengua latina de los lugareños. La mayor parte de las localidades de Maramureș se encuentran en la estrecha zona de interferencia entre los dos ecosistemas, como intento de sus habitantes de aprovechar los enormes rendimientos de las tierras de cultivo, pero sin renunciar a la seguridad de poder retirarse al monte ante cualquier contingencia.
Baia Mare, su capital, se ubica también al pie de los Cárpatos. Fundada en el siglo XII como colonia sajona para la explotación minera del oro de la zona —que sólo cesó en los albores del XXI—, su nombre, en un alarde de precisión, significa mina grande, al igual que el húngaro Nagybánya. Para denominarla el mundo germano se movió entre el soso Neustadt, ciudad nueva, y el afortunado Frauenbach, arroyo de las mujeres. Quizá fue este poético topónimo lo que atrajo a principios del siglo XX a una nutrida colonia de pintores, entre ellos algún español extraviado, que allí desarrollaron con libertad un arte libre de academicismos y con un particular aire de familia que sobrepasa el simple costumbrismo. Su museo de arte, muy destartalado, recoge esta estimable colección. La llegada del comunismo acabó con la posibilidad de que la ciudad trascendiera a agricultores y mineros y la resignó a vivir sin generar un universo independiente, convertida en mera lupa que magnifica el mundo terrenal de las villas que la rodean.
La vida en Maramureș sigue ligada con fuerza a la tierra. La minería se extinguió con la desaparición del comunismo, pero la agricultura, aunque no sea la ocupación formal de casi nadie, continúa siendo la vocación natural de sus habitantes y la actividad que más aprecian. En esta sociedad todo el que quiere ser tenido en cuenta tiene un huerto. La superioridad implícita del agricultor se traduce en que, aunque se aprecia a profesionales del todo ajenos al mundo agrario, no basta con que muestren su respeto por ese trabajo, sino que se espera que siempre que sea posible emulen a sus paisanos que se dedican al campo. Para evitar ser mirados con desconfianza tienden a vivir en casas en lugar de apartamentos o a cultivar pequeños huertos, aunque no sientan la genuina llamada de la tierra. A menudo, quien ya no dispone de tiempo para ocuparse de esas tareas llega al extremo de recurrir a algún familiar para que le proporcione viandas, porque la dignidad de una casa se mide por la calidad de lo que se sirve en su mesa.
Hay además una jerarquía muy definida entre los productos con los que los vecinos compiten. El vino, del que se encargan los hombres, es el rey de la mesa, mientras que la repostería, de estilo vienés y dominio de las mujeres, es la reina. Todas las casas de mérito tienen vides. Comparar vinos y pasteles es el principal divertimento que acompaña a la intensa vida social de los habitantes de Maramureș, marcada por las innumerables visitas que se hacen amigos y familiares con cualquier pretexto, que por añadidura hay que devolver con premura si no se quiere ofender a nadie. Una opinión crítica sobre el producto servido en otra casa trasciende lo gastronómico y, así, cuando se quiere criticar a un hombre, se habla mal de su vino, y cuando la maledicencia va a dirigida a una mujer, se encuentran defectos a sus pasteles, porque nada dice más de la personalidad de un vecino que el carácter de lo que produce.
Esta sencilla pasión, que proviene de la exigencia de prepararse para subsistir ante peligros inesperados, permite al visitante recordar las esencias anteriores a la modernidad, recobrar el ancestral y dionisiaco vínculo del ser humano con la tierra. Pasar un verano en Maramureș es reencontrarse con el sol de la infancia, con los atardeceres en los que el vino brilla, seductor, atravesado por una luz cálida y milenaria.


