El arte que se (nos) fue en 2025

Este año ha muerto figuras numerosas que durante décadas ayudaron a fijar el canon, a ensanchar los márgenes de lo posible

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El año 2025 será recordado como uno de esos periodos en los que la cultura occidental parece avanzar con un leve cambio de tono, como si de pronto el escenario quedara un poco más vacío. Más que una sucesión de fallecimientos ilustres, es la desaparición de figuras que durante décadas ayudaron a fijar el canon, a ensanchar los márgenes de lo posible o, sencillamente, a dar forma a la sensibilidad de su tiempo.

La pérdida más simbólica es, sin duda, la del escritor Mario Vargas Llosa, fallecido a los 89 años en Lima. Con él se cierra una de las grandes trayectorias intelectuales del siglo XX y comienzos del XXI. Premio Nobel de Literatura, figura central del ‘boom’ latinoamericano y polemista infatigable, Vargas Llosa fue mucho más que un novelista de éxito: encarnó la ambición de una literatura capaz de dialogar con la política, la historia y la condición moral del individuo. Obras como La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La fiesta del chivo siguen siendo referentes ineludibles para entender la narrativa contemporánea en español.

El cine internacional también ha vivido un año especialmente duro. La muerte del director estadounidense David Lynch supone la desaparición de uno de los creadores más singulares del séptimo arte. Lynch construyó un universo propio, inquietante y reconocible, en el que el subconsciente, el sueño y la violencia latente convivían con una estética radicalmente personal. Su legado, de Blue Velvet a Mulholland Drive, seguirá desafiando a espectadores y cineastas durante generaciones.

Memento mori 2025

Junto a él, el fallecimiento de Robert Redford marca el adiós a una cierta idea del cine clásico estadounidense. Actor, director y productor, Redford fue rostro y conciencia de Hollywood: una estrella capaz de combinar éxito comercial, compromiso político y defensa del cine independiente a través del festival de Sundance. También en Europa se ha apagado el mito de Brigitte Bardot, icono absoluto del cine francés y símbolo de una revolución estética y moral que desbordó la pantalla.

En el ámbito nacional, la música perdió a Robe Iniesta, líder de Extremoduro y una de las voces más influyentes del rock español. Su escritura descarnada, poética y feroz conectó con varias generaciones que encontraron en sus canciones una forma de resistencia cultural. Junto a él, la desaparición de Jorge Martínez, alma de Ilegales, o de Manuel de la Calva, integrante del Dúo Dinámico, cierra capítulos esenciales de la historia musical española.

Rafael de Paula nos dejó recién comenzado noviembre, y con él se fue un modo de entender el toreo como misterio, como revelación y como quebranto. En un tiempo de luces frías y de métricas exactas, su figura recuerda que el arte, cuando es verdadero, nace del temblor.

El cine y el teatro españoles también han sufrido un golpe notable con la muerte de intérpretes y creadores como Eusebio Poncela, Juan Margallo, Manolo Zarzo, Héctor Alterio o Mariano Ozores, figuras que atravesaron décadas de transformación cultural, desde el tardofranquismo hasta la consolidación de la industria audiovisual contemporánea. Sus trayectorias explican, en buena medida, la evolución del gusto y del lenguaje escénico en España.

La moda despide en 2025 a Giorgio Armani, creador de un estilo que redefinió la elegancia moderna, despojándola de rigidez y acercándola a una sofisticación funcional que marcó época. Y la fotografía pierde a Sebastião Salgado, cuya obra convirtió la cámara en instrumento moral, testigo de la dignidad y el sufrimiento humano en los confines del planeta.

A esta larga nómina se suman escritores como José María Guelbenzu o Jilly Cooper, fotógrafos como Oliviero Toscani y Martin Parr, y figuras clave de la arquitectura, el coleccionismo y la gestión cultural. Todos ellos conforman un retrato coral de un año especialmente severo para la cultura.

Más allá del recuento, 2025 deja la evidencia de que se apagan muchas de las voces que dieron forma al imaginario del último medio siglo. El relevo generacional está en marcha, pero la ausencia de estos gigantes obliga a mirar el presente con mayor exigencia y, quizá, con un punto de melancolía.

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