Hay a quien le pasa con el fútbol lo mismo que con Joaquín Sabina: que desea con todas sus fuerzas que le guste, pero no hay manera… Y ello a pesar de que la existencia es mucho más entretenida para los forofos del deporte rey. Pueden disfrutar de los partidos en el campo cada quince días y de semanas colmadas de retransmisiones de las competiciones internacionales. Y gozan de una vida social plena gracias a su pertenencia a una peña, a la pachanga de cuarentones de los sábados y a las innumerables rondas de cervezas que la suceden.
De un tiempo a esta parte, a los españoles no les entusiasma el fútbol, al menos como lo hacía antes. Y a los más jóvenes ya les da absolutamente igual. Son muchos los motivos de este desinterés. La duración de los partidos (90 minutos más 15 de descanso) desafía la capacidad de atención del espectador joven medio, que es incapaz de concentrarse en nada que dure más que un short de Instagram. Es una dificultad de la que ya se está ocupando la industria audiovisual: se ha publicado que Netflix exige a los realizadores de sus películas que incluyan una escena espectacular en los primeros cinco minutos o que repitan la trama tres o cuatro veces en el diálogo, pues da por hecho que su audiencia va a estar mirando el móvil.
Al fútbol moderno hay que sumarle que, generalmente, se marcan pocos goles y que, muy a menudo, no se lanzan muchos tiros a puerta, con lo que el fracaso entre la muchachada estará ya consumado. Ésta es la razón por la que el soccer no es un deporte mayoritario en los Estados Unidos. El espectador norteamericano persigue el espectáculo que le brinda un partido de la NBA (en el que se anotan 230 puntos o más) o una carrera de la Nascar y no un Getafe-Mallorca empatando a ceros.
También que, en las competiciones, cada vez participan más equipos para que así haya más partidos y, como bien dice nuestro refranero, «lo poco gusta y lo mucho cansa».
Pero existen, además, otras razones más sentimentales. Una de ellas es, sin duda, la falta de futbolistas carismáticos ni con magnetismo para llenar los estadios. Leyendo X, me enteré de que el anuncio de Adidas Football que se acaba de estrenar lo protagonizan Zidane, Beckham, Kaká, Xavi Hernández y Alessandro Del Piero. Son todos jugadores retirados, cuyas carreras alcanzaron su culmen hace lustros y que rozan —o superan— la cincuentena. Que las marcas opten por contratar viejas glorias es una buena muestra de lo anodinos que son los deportistas en activo; y también de que se dirigen a un público maduro y no a los jóvenes, a los que quizá se ven incapaces de venderles camisetas por 90 euros.
La insignificancia de los jugadores podemos hacerla extensiva a quienes ocupan los banquillos. Las tres temporadas en las que Jose Mourinho entrenó al Real Madrid (2010 a 2013) consiguieron que muchos profanos del balompié se transformasen en verdaderos hinchas, en barrabravas de las cervecerías o de los pisos de los amigos con televisión digital de pago. Con independencia de la táctica utilizada entonces, que daba igual, no era un fútbol para vivir con el raciocinio sino desde el corazón, las gónadas, contra el resto del mundo… Fue una cuestión de puro fervor que creo que poco —o casi nada— tuvo que ver con el fútbol. Y es que intuyo que, si Mourinho hubiera entrenado a la sección de balonmano, muchos habrían terminado siguiendo la Liga Asobal.
Las plantillas de los equipos más conocidos son multiétnicas. La mayoría de sus futbolistas terminará su contrato sin saber hablar en español ni apenas conocer nada de las ciudades en las que juegan, salvo sus locales de ocio nocturno. Esto, sin duda, genera una importante desafección de los aficionados hacia sus equipos. Al igual que les hacen reconocimientos médicos antes de firmar el contrato, los clubes deberían de someter a sus futuros jugadores a exámenes acerca de su historia, sus valores —los que los tengan— y la historia y costumbres del país y la región donde van a competir.
Y, además, los precios de las entradas y de las retransmisiones y los horarios de los partidos casi imposibilitan que el fútbol se disfrute en familia o con los amigos.
Para volver a interesarse por el fútbol, el público mayoritario y los jóvenes necesitan recuperar su conexión emocional profunda con este deporte. Y esto sólo podrá conseguirse si se vuelve al estadio los domingos a las cinco de la tarde, con bocadillo de casa y litrona de cerveza; a las gradas de pie; a los partidos de Champions de los miércoles con tu padre, que lo echan en abierto «porque es de interés general»; o a los one-club man y a los entrenadores en chándal y fumando. Hasta que todo esto regrese, seguiré intentándolo con Sabina.


