En busca de la hidalguía

Son nuestros jóvenes, damas o caballeros, los que han de coger el testigo de una modernidad que reclama cambios radicales

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Enrique García-Máiquez ha desenvainado la espada con su particular Ejecutoria para, en el Colegio Tajamar de Madrid, recordarnos el recto camino hacia la hidalguía desde la perspectiva de nuestro presente y la obligada referencia de un pasado que jamás hemos de olvidar si queremos ser testigos de la presencia de virtudes en futuras generaciones.

Sin lugar a dudas, somos nosotros mismos, como padres o docentes, los que tenemos el deber de ser hidalgos de a pie, sin capa ni espada, para, con ostentación y sin reservas, confrontar los males que, diversos en su disfraz, implacable y progresivamente se ciernen sobre nuestros jóvenes. Ejemplaridad al poder.

Para los agentes propuestos —los ya citados— como protagonistas de este difícil reto, un par de consejos: ser ejemplares en nuestras vidas e incentivar la práctica de virtudes con una buena conducta, indispensable en el estereotipo de cualquier hidalgo, delante de nuestros hijos y pupilos.

Y no se trata de ser tildados de casposos, nostálgicos o pasados de moda, sino de ser modernos y audaces, rebeldes y provocadores, valientes y convencidos, cuando la estigmatización por esta noble causa impunemente desborda la legalidad con declaraciones fuera de lugar de detractores —vergonzosa casta política incluida— dentro y fuera de nuestras fronteras. Ya se sabe aquello de la ilimitada perversidad del Mal y las limitaciones de un Bien que, para progresar, necesita oposición. Al respecto, el poeta y pinto británico William Blake ya nos lo advirtió en el Romanticismo inglés.

Y el caso es que este mundo en ruinas no deja de escribir historias; cada familia, la suya propia con el legado e impronta de sus predecesores, y son nuestros jóvenes, damas o caballeros, los que han de coger el testigo de una modernidad que reclama cambios radicales ante una amnesia generalizada a la hora de practicar buenas formas o adoptar exquisitas maneras. Lo cortés no quita lo valiente.

Así, preservar la memoria, cuidar el rito y vivir con honor no son asuntos del pasado. Que no te engañen. Su implementación es la única forma de asegurar un futuro con sentido ante la oceánica proliferación de dedos acusadores que, enemigos de tu libertad, deciden y te imponen lo que está bien o mal por cuestiones apestadas por la mancha de infectas ideologías. Al final de cualquier jornada, la verdadera nobleza no se consigue y hereda sin esfuerzo, sino que se conquista con la elegancia del espíritu a lo largo de un habitual día de lucha, trabajo y sacrificio. Esa, indudablemente, es la mejor recompensa.

Partiendo de las premisas de Ejecutoria, García-Máiquez no propone el mero trámite de un ejercicio poco práctico de esa nostalgia estéril. El columnista y escritor aboga por una propuesta revolucionaria: recuperar la hidalguía como herramienta viva y candente para la educación en un presente cuyas cenizas necesitan ser revividas con estímulos y propuestas no exentas de crítica o riesgo. Al final, esa progresiva implantación habrá merecido la pena si la tendencia o el intento se tornan en la realidad anhelada.

Por otro lado, la hidalguía es la firme y sólida respuesta ante la mediocridad y sus, cada vez en mayor número, practicantes, adictos y adeptos a la «mediocracia». Ser hidalgo de nuestro tiempo —o la tentativa— no depende de la sangre, sino de la ejecutoria, el documento que antaño probaba la nobleza. Hoy, aún, hemos de seguir escribiendo un relato continuo basado en la responsable ejecución de nuestros actos. Es el compromiso de vivir con una autoexigencia superior a la que este incierto mundo nos demanda. Si la sociedad actual no deja de cursarnos invitaciones a males endémicos como el utilitarismo, el relativismo, la polarización o el consumismo, la hidalguía nos invita al honor, la templanza, la fortaleza, el respeto y a un desinteresado servicio para con los demás: servir para servir.

En un mundo que parece correr a la desesperada hacia una modernidad virtual, líquida, sin rostro ni carácter, el eco de la charla de Enrique García-Máiquez en el Colegio Tajamar ha resonado como el estruendo de una enorme campana de bronce en medio de un ruidoso mercado digital; un toque de atención, el aviso a navegantes que, sin brújula ni puntos cardinales, son incapaces de encontrar su rumbo, su destino e identidad ante las continuas trabas del mapa de nuestra existencia, de vidas que han olvidado trasmitir el fuego con la intensidad necesaria para, con deberes y responsabilidades, hacer valer el peso de la tradición y recobrar la generosidad, magnanimidad y nobleza de ánimo que la hidalguía conlleva. 

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