Aunque parece una historia desmentida por los estudiosos de la historia de la villa y corte, la leyenda atribuye el primer poblamiento del distrito de Tetuán, en Madrid, a los campamentos instalados precariamente por los veteranos de la Guerra del Rif en lo que entonces era campo a las afueras de la ciudad. Leyenda o realidad, este relato ha servido como justificación natural del urbanismo que desde entonces caracteriza al distrito. Desordenado, plagado de infravivienda y resistente a los tímidos esfuerzos por sanearlo. Esta tendencia al caos lo ha convertido en destino preferido de recién llegados a la ciudad por su buena ubicación y precios hasta hace algunos años económicos.
Tetuán suele tomarse como ejemplo del Madrid integrador, aunque quizá sea todo lo contrario. Activistas y asociaciones, no siempre inocentes, lo citan como paradigma de convivencia y lo toman como bandera de sus causas preferidas. Se trata de reivindicar lo pintoresco y convertirlo en identitario, sin atender a que a menudo lo que a algunas personas les resulta encantador es lo mismo que dificulta la vida de los residentes. Las asociaciones protegen construcciones vulgares por considerarlas representativas de un pasado idealizado. Llaman especulación a la pretensión legítima de evitar la aparición de guetos por el enquistamiento de infraviviendas que merecen la demolición. Tristemente falta una mano racionalizadora que sepa separar el grano de la paja y preservar el carácter de los barrios sin convertirlos en espacios marginales.
La principal calle de Tetuán es la de Bravo Murillo, que actúa como frontera natural, tanto en el eje norte-sur como especialmente en sentido este-oeste. Para los aficionados a la sociología es sin duda una de las mejores zonas de Madrid en las que tener un paseo entretenido. Uno de los fenómenos curiosos que se da allí es la especialización de toda actividad, que supone una compartimentalización de los espacios. Hay comercios para unos y comercios para otros. También hay colegios para unos y colegios para otros. Incluso hay iglesias para unos e iglesias para otros. Este ambiente segregado se palpa incluso en los mercados, en los que la gente está junta, pero no revuelta y, aunque los trabajadores de unos locales y los de otros tienden a ser los mismos, la clientela casi nunca lo es. Algunos comerciantes ya han entendido esta dinámica y las tiendas más exitosas de la zona tratan de enganchar a ambas poblaciones con reclamos distintos. Si la barra de pan triunfa entre los elementos más castizos, el choripán es el complemento perfecto que les permite tener una asidua clientela del otro grupo. Esto no es lo común porque supone un esfuerzo extra que evite la incomodidad de nadie y en general los lugares a los que acuden unos y otros están claramente definidos.
La sofisticación de esta dinámica social es tal que no sólo es espacial, sino también temporal. El momento cumbre de este fenómeno espaciotemporal, de este orden orgánico e implícitamente aceptado por todos, se observa en la hermosa coreografía de la calle cualquier día laborable. Cada uno de los tipos sociales que habitan el barrio tiene horas de entrada y salida de su trabajo distintas, normalmente derivadas del grado de formalidad con el que cada uno se gana la vida, por lo que el aspecto del paisanaje en un momento dado puede ser radicalmente distinto del que presenta un rato después. Esta danza se mantiene, aunque con ritmos algo distintos, cada noche y los fines de semana, lo que supone que cada día, sin moverse de sitio, el paseante tiene el privilegio de poder viajar decenas de miles de kilómetros en el espacio y décadas en el tiempo.
En este Madrid basta darse una vuelta por Bravo Murillo y aledaños para tener el lujo de presenciar el surgimiento de una nueva clase, que no es clase media ni clase humilde, sino la clase que vive de las sobras. Para ellos, lógicamente, los estándares son otros y los niveles de exigencia son otros muy distintos. No tienen tiempo para lujos cívicos, como exigir y mantener una ciudad limpia o ponerse quisquilloso con las normas de circulación. Como clase emergente, es la que marca el nuevo ritmo de la ciudad, e impregna culturalmente a su antecesora, la clase media. Ambas son combustible para la maquinaria de la gran ciudad, que las convierte indistintamente en esa masa amorfa de la que se alimenta. Ahora bien, picar la carne no implica mezclarla y en Bravo Murillo contemplamos bien separados los dos tipos de carne picada. Cada uno con la proporción de grasa necesaria para que los engranajes funcionen sin atascarse y los platos sean comestibles.


