Cacharros con defectos

Al final, no importa tanto cómo somos, sino quién nos mira

|

San Josemaría tenía una forma muy poco solemne —y muy verdadera— de hablar del hombre. Nos llamaba cacharros con defectos. A veces afinaba más: burritos, vasijas de barro de botijo. Nada de mármol pulido ni porcelana fina. Barro. Golpes. Grietas. Esquirlas. Y, sin embargo, algo que sirve, que guarda agua, que calma la sed.

Quizá por eso sus palabras consuelan. Porque uno se reconoce ahí. En el cacharro desportillado que sigue en la cocina. En el botijo con una raja que no se tira porque enfría mejor que ninguno. En el burrito testarudo que avanza despacio, pero llega.

Me viene a la memoria En el estanque dorado. Norman Thayer —Henry Fonda en estado puro— es un viejo gruñón, áspero, lleno de manías. Un cascarrabias de manual. Difícil de querer. Difícil de tratar. Un cacharro con defectos evidentes. Y, sin embargo, Katharine Hepburn —Kathy en la película— lo mira de otra manera. Lo conoce. Lo ha visto por dentro. Lo ha querido durante toda una vida. Y por eso puede decirle, con una mezcla de ternura y verdad desarmante: «Norman, eres la mejor persona del mundo, pero sólo yo lo sé».

Ahí está el misterio: que alguien nos vea así. No por ingenuidad ni por ceguera, sino porque sabe mirar más hondo. Porque atraviesa la costra, el mal genio, la torpeza, el cansancio. Porque distingue el corazón blandito que se esconde bajo la coraza.

Todos necesitamos una Kathy. Alguien que nos quiera cuando somos poco queribles. Que nos vea mejores de lo que parecemos. Que intuya en nosotros lo que todavía no sabemos expresar. Alguien que diga —quizá en silencio—: eres bueno, aunque no siempre lo parezca.

Y quizá eso es, en el fondo, lo que Dios hace con nosotros. Nos mira como a cacharros con defectos, sí, pero llenos de sentido. No se escandaliza de nuestras grietas. No nos devuelve al alfarero por un fallo de fabricación. Nos usa tal como somos. Nos llena de agua viva. Nos pone al servicio de otros.

Dios nos ve como sólo algunos saben ver: con paciencia, con cariño, con esperanza. Ve el fondo limpio. Ve la belleza que asoma entre los desconchones. Ve al burrito fiel, aunque tropiece. Ve la vasija de barro que, aun frágil, puede contener un tesoro.

Y quizá lo más decisivo en una vida no sea cambiar mucho, sino que alguien nos haya querido justo ahí. En lo que éramos. Sin esperar versiones mejores. Que alguien haya sabido quedarse cuando no resultábamos amables. Cuando no entendíamos nada. Cuando solo éramos barro cansado.

Tal vez por eso, al final, no importa tanto cómo somos, sino quién nos mira. Porque cuando alguien nos mira así —con paciencia, con verdad— incluso un cacharro con defectos puede sentirse, por un momento, a salvo.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.