A todo adolescente sensitivo que se precie le seducen, por un tiempo, las quimeras de la poética visual, hasta que madura y por fin entra en sus cabales: después de Nomadland, hay que confesarlo, poca esperanza depositábamos en Chloé Zhao y su nueva película, Hamnet, adaptación de la novela homónima de la celebrada Maggie O’Farrell. De por sí, cierto fetichismo editorial —y no hablamos de Uclés y compañía— ya alimentaba la sospecha. Intuíamos inanes fogonazos vanguardistas alabados por la crítica —el mantra de un estilo, una estética, un lirismo propios— y, a cambio, una catarsis rebosante de amor y de belleza nos ha reconciliado con el mundo. En Hamnet, cine y literatura se unen en vencimiento de la muerte.
A pesar de no haber leído el libro —mea culpa—, ya todos conocíamos la trama: el misterio Shakespeare sirve de pretexto para realzar a Agnes, su esposa imaginada, auténtica protagonista, y abordar la pérdida de uno de sus hijos. Todo ello en el marco de una preciosa atmósfera visual: en pleno siglo XVI, nos adentramos en el mundo rural inglés y en las profundidades de los bosques de Stratford-upon-Avon. Aquí radica un primer contraste sutil como alegoría de un conflicto más profundo. Agnes, con sus dotes curativas y su íntima conexión con la naturaleza —es, en gran parte, una hechicera—, difiere del desapego y de la ambición de William, con foco en Londres. La dialéctica entre ambos personajes culmina con la irrupción de la peste y sus fatales consecuencias. A partir de este punto, se abre el camino hacia la aceptación de un duelo sublime y compartido.
Asimismo, la dirección y un reparto antológico se compenetran magistralmente. La cinta evita las imposturas del drama histórico y se entrega a la carne viva de sus intérpretes. Jessie Buckley, soberbia, dota a Agnes de una indomable cualidad telúrica: su maternidad es fiera, casi salvaje, y su atractivo no impide una arisca y balbuciente tosquedad. Frente a esta fuerza, Paul Mescal despoja al Bardo de su aura mítica y nos muestra a un padre joven, falible y carcomido por la culpa de la distancia. Zhao filma sus rostros con la misma reverencia que a los paisajes: los planos se cierran hasta capturar el temblor imperceptible de un labio o la mirada vacía que sigue a la tragedia. Atmósfera e introspección convergen in crescendo hacia un clímax donde se funden ilusión y realidad, muerte y esperanza, en el teatro de los sueños que es la vida. Sí, también nosotros somos partícipes auténticos de Hamlet: nuestra mirada se convierte en la de Agnes, en la de William, y su historia se convierte en nuestra historia. Zhao, en un alarde del todo velazqueño, nos remite a las Meninas y nos hace uno, indivisibles, con el arte.
Y es entonces cuando también nosotros imploramos: «¡Ser o no ser, he aquí el problema! ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante Fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? ¡Morir… dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo!».


