Hay homenajes que llegan cuando ya no hay nadie para escucharlos. Por eso conviene decirlos a tiempo. Porque los homenajes, como los abrazos, son mejores en vida. A Michael Caine hay que reconocerle ahora lo que es de Michael Caine: una forma de estar en el cine que ha sabido envejecer sin pedir permiso, sin pedir perdón y sin pedir clemencia.
Michael Caine no ha sido nunca un actor de fuegos artificiales. Ha sido, más bien, un actor de brasas: de los que parecen apagados hasta que uno se acerca y descubre que siguen dando calor. En una industria que confunde juventud con talento y ruido con grandeza, Caine ha sostenido durante décadas el raro equilibrio entre popularidad y hondura, entre oficio y misterio.
Está el joven insolente de Alfie, que enseñó a una generación que el encanto también puede ser una trampa; el ladrón elegante de The Italian Job, con ese humor británico que nunca levanta la voz; el amante envejecido y vulnerable de Hannah y sus hermanas, capaz de convertir la fragilidad en una victoria moral; el mayordomo leal de la saga Batman, que demuestra que la dignidad también puede vestir de servicio; asesino implacable de Get Carter, donde incluso su violencia deja entrever un resto de humanidad cansada.
Y están, claro, sus secundarios, que en realidad nunca lo fueron. Porque Michael Caine ha hecho del secundario una forma de protagonismo: Educando a Rita, Las normas de la casa de la sidra, La huella, o en Miss Agente Especial, si me apuran. En todas ellas hay algo que se repite: su capacidad para no robar la escena y, sin embargo, quedársela. Como quien se sienta al fondo de la habitación y termina siendo el centro de la conversación.
Pero si hay un lugar donde Michael Caine se explica del todo es en El hombre que pudo reinar, de John Huston. Allí no es el rey —ese es Sean Connery, como Daniel Dravot—, sino Peachey Carnehan, el amigo, el socio, el testigo. Y quizá por eso su interpretación resulta aún más honda. Porque Caine encarna al hombre que acompaña el sueño ajeno, que lo alimenta, que lo celebra… y que es el primero en intuir que todo aquello no puede acabar bien.
Huston entendió que aquella historia necesitaba actores con biografía en la mirada. El Peachey de Caine es ironía, lealtad y miedo a partes iguales. Es el que narra, el que recuerda, el que sobrevive para contar que hubo un tiempo en que creyeron poder tocar el cielo. Frente al delirio de grandeza de Dravot, Carnehan es la conciencia tardía, la amistad que no abandona y la lucidez que llega cuando ya es inútil.
Michael Caine ha sabido reírse de sí mismo sin trivializarse. Ha aceptado películas menores sin que su prestigio se resintiera, porque su prestigio no dependía de la película sino de él. Como los buenos actores de antes, entendió que el cine es también un trabajo, y que el trabajo bien hecho —aunque no sea glorioso— santifica.
Quizá por eso envejece tan bien en pantalla. Porque no ha intentado ocultar el paso del tiempo. Al contrario: lo ha incorporado. Ha dejado que la voz se vuelva más grave, que el gesto se haga más lento, que el silencio diga más que el parlamento. Hay actores que luchan contra la edad; Michael Caine ha decidido dialogar con ella.
Por todo eso conviene decirlo ahora. Porque los homenajes en vida no son vanidad, sino justicia. Y porque hay trayectorias que merecen gratitud antes de convertirse en epitafio. A Michael Caine lo que es de Michael Caine: el respeto de quienes sabemos que, cuando el cine necesitó verdad, él estuvo allí. Sin alzar la voz. Sin reclamar aplausos. Haciendo, simplemente, su trabajo. Y haciéndolo extraordinariamente bien.


