Los mensajes de León XIV en España: «Una Europa que reniega de su fe deja de ser ella misma»

Concluida su visita, los discursos del Papa coinciden en un mismo argumento sobre lo que una civilización pierde cuando renuncia a su fe

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El viaje apostólico de León XIV ya es parte de la historia de España y, leídos en conjunto, los discursos que pronunció en las tres etapas que recorrió coinciden en un punto: que un pueblo, y el continente que ese pueblo ayudó a forjar, no se moderniza al renunciar a la fe que le dio forma, sino que pierde aquello que lo hacía reconocible. No fue una idea suelta, sino el hilo común a la misa del Corpus en Madrid, la inauguración de la Sagrada Familia en Barcelona, el discurso ante las Cortes y el encuentro con los inmigrantes en Canarias.

Esos discursos conviene leerlos como argumento y no como acontecimiento. El recuento —los asistentes, las primeras veces, la coincidencia con los conciertos de Bad Bunny o el símil futbolístico del Bernabéu— da para muchos titulares, y los merece, pero deja en segundo plano lo que el Papa vino a decir. Y lo que dijo no fue tanto una invitación a contemplar un pasado glorioso como a asumir una tarea. Ya la primera noche, en la vigilia de la plaza de Lima, pidió a los jóvenes «cambiar la historia» con el amor y ser «protagonistas del cambio». La fe que reivindicó no mira atrás, sino hacia quienes aún no han decidido qué hacer con ella.

Una escuela de fe, no un museo

El domingo, en la homilía del Corpus Christi celebrado en la plaza de Cibeles, León XIV pidió que la religiosidad que anima al país desde hace siglos «no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy». La distinción ordena el resto del viaje y opone una fe viva a la pieza de museo: el museo se conserva y se contempla; la escuela transmite y forma.

Europa y la huella de la fe

Esa misma tarde, en el Movistar Arena, ante representantes de la universidad, la empresa, el arte y el deporte, el mensaje se amplió de España a Europa. «¿En serio es posible creer que la Europa —a la que tanto amamos—, sería ella misma sin la huella de la fe?», preguntó, antes de recuperar el llamamiento con que Juan Pablo II inició su pontificado y que repitieron Benedicto XVI y Francisco: «¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!». Al citarlo se inscribió en la serie de viajes pontificios a España iniciada en 1982. El argumento es estructural: la huella de la fe está en el origen de hospitales, escuelas, la idea de persona y el derecho que protege al débil, y no en un apéndice decorativo de la historia europea. Retirar ese sustrato, sostuvo, no produce una identidad más neutra, sino un vacío; es la misma dinámica que se observa en una Europa que altera su población y sus fronteras sin consultar a sus habitantes.

La fe hecha piedra

En Barcelona, el miércoles 10, ese argumento se hizo visible. León XIV inauguró y bendijo la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia —172,5 metros, ya la iglesia más alta del mundo— en el centenario de la muerte de Gaudí, a quien definió como «arquitecto ardiente de fe» que concibió el templo «con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor». La basílica es, en piedra, lo que el Papa había expuesto de palabra días antes en Madrid: la huella de la fe convertida en cultura, en técnica y en identidad reconocible. En la homilía fijó además un límite moral idéntico al de las Cortes: «no podemos creer en Jesús y matar al inocente».

Los límites del poder

El 8 de junio, ante el Congreso, el mensaje cambió de registro sin cambiar de fondo. León XIV invitó a «desarmar el lenguaje» de la política y sostuvo que la defensa de la vida humana no es «una cuestión parcial ni un interés confesional», sino «una meta de civilización». Es la traducción institucional de su tesis: también la ley se mide por algo que la antecede, y por eso sólo alcanza su grandeza si resiste el examen de la dignidad. Lo dicho en las Cortes es el correlato político de lo afirmado en Cibeles y en el Movistar Arena.

Las dos dignidades

El tramo final, en Canarias, fue el más áspero. En el puerto de Arguineguín, León XIV defendió la dignidad del inmigrante en los términos más altos —«la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera»— y reclamó que ninguna nación deje «a los débiles en manos de redes criminales». Esa segunda frase nombra el fondo: la invasión migratoria no es un caudal espontáneo, sino un negocio de mafias que trafican con seres humanos. Por eso quien defiende de verdad la dignidad de la persona está radicalmente en contra de esa invasión, que degrada a todos los que toca.

Degrada al que embarca —materia prima y primera víctima del sistema, no su beneficiario— y a los pueblos que reciben la avalancha sin haberla elegido y ven su tierra, y la de sus mayores, cambiar de rostro, de costumbres y hasta de nombres. Defender la dignidad del primero no obliga a sacrificar la del segundo: exige combatir lo que a ambos humilla. León XIV no llegó hasta ahí —su magisterio sobre la inmigración deja esa segunda dignidad en penumbra—, pero al extender en Arguineguín la dignidad a los no nacidos, los ancianos y los enfermos la situó donde reside, en la persona, y no en una consigna sobre fronteras; se temió que asumiera sin matices el relato de la Conferencia Episcopal, y no lo hizo.