Vivimos momentos en los que parece que se ha perdido una de las cualidades más valiosas para cualquier democracia sana: la capacidad de ejercer una mirada crítica sobre sí misma. Resulta paradójico que, en plena era de la inteligencia artificial, cuando nunca había sido tan fácil acceder a datos, opiniones y análisis de todo tipo, cada vez sea más complicado mantener un debate sereno sobre los grandes problemas que afectan como sociedad. Todo queda reducido a consignas, etiquetas y trincheras ideológicas. Hemos abandonado la inteligencia, a secas.
Se ha instalado la idea de que cuestionar determinadas políticas o plantear dudas sobre el rumbo de España equivale automáticamente a situarse en el extremismo político. Sin embargo, el sentido común nunca debería ser lo excepcional sino ocupar la centralidad de una convivencia sana. Preguntarse si la inmigración está siendo gestionada de forma adecuada, si la identidad nacional y los valores que la integran merecen ser preservados o si nuestro sistema político y económico necesita profundas y urgentes reformas, no debiera estigmatizar a nadie. Son cuestiones legítimas que cualquier sociedad madura debería afrontar sin miedo a quebrarse. Resulta curioso que quienes presumen de diversidad sean, con frecuencia, los menos tolerantes con la diversidad de opiniones.
A esta falta de debate se suma el agotamiento de un sistema político excesivamente dominado por los partidos. La partitocracia ha convertido demasiadas instituciones en escenarios donde prima la disciplina interna sobre el interés general. La colonización de los medios de comunicación públicos y privados por parte de voceros que representan como nadie ese viejo refrán de «donde no hay mata no hay patata», sirve como nadie a esta tarea. Los programas «informativos» de la televisión pública estatal son el mejor de lo peor de los ejemplos posibles. Nunca se ha logrado sustituir con tanto éxito el debate por el estigma.
Por tanto, no es casualidad que esta decadencia venga acompañada por una evidente pobreza cultural. Una sociedad alimentada por entretenimiento instantáneo, polémicas fabricadas y celebridades de usar y tirar difícilmente desarrollará ciudadanos libres. Leer exige esfuerzo. Pensar exige tiempo. Dudar exige valentía. Consumir vídeos de treinta segundos, en cambio, apenas requiere un movimiento del dedo. Nunca había sido tan fácil distraer a toda una generación.
Quizá tengan razón quienes dicen que el problema más profundo no sea la falta de oportunidades de la juventud o las consecuencias de la inmigración, ni la crisis institucional, ni siquiera la pérdida de identidad y arraigo. El verdadero problema es haber dejado de considerar esos asuntos dignos de una conversación adulta. Hemos aceptado que determinadas preguntas no pueden formularse porque molestan a quienes controlan el relato.
Tal vez el mayor desafío sea recuperar un espíritu crítico que exige abandonar los dogmatismos, rechazar el conformismo y volver a valorar el sentido común como una herramienta de primer orden. Que la inteligencia deje de estar abandonada.


