Las etapas llanas del Tour

La memoria también tiene su propio Tour y reserva las montañas para la admiración, pero las llanuras para el afecto

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Hay una injusticia que el ciclismo todavía no ha conseguido reparar: el desprecio hacia las etapas llanas. Basta escuchar una retransmisión del Tour para comprobarlo. En cuanto el perfil anuncia ciento ochenta kilómetros sin un puerto digno de ese nombre, comienza una especie de resignación colectiva. Los comentaristas se refugian en la historia de un castillo, en las virtudes del queso de la región o en la biografía de un corredor danés que, de niño, criaba palomas. El espectador cambia de canal con la secreta esperanza de regresar a tiempo para el esprint. Parece existir un acuerdo tácito según el cual, mientras la carretera no se empine, tampoco merece la pena prestar demasiada atención. Es una conclusión precipitada.

Las montañas son el lugar donde se deciden las clasificaciones, pero no donde transcurre la carrera. El Tour, como la vida, pasa la mayor parte del tiempo avanzando por carreteras que no obligan a levantar la vista del horizonte. Es ahí donde el pelotón encuentra su verdadero ritmo, donde los favoritos aprenden a esperar y donde los gregarios ejercen ese oficio silencioso que consiste en gastar las fuerzas para que otro conserve las suyas.

Siempre me ha parecido que hay algo profundamente humano en esa manera de pedalear durante horas sin que ocurra nada extraordinario. Acostumbrados como estamos a pensar la existencia a partir de sus cumbres —el día de la boda, el nacimiento de un hijo, el ascenso profesional, el premio inesperado o la despedida definitiva—, olvidamos que el verdadero argumento se escribe entre un acontecimiento y otro. La mayor parte de nuestra biografía no sucede en las montañas, sino en las llanuras: en los martes sin historia, en los cafés compartidos sin motivo, en los trayectos de vuelta a casa, en las conversaciones que parecían no decir nada y que, con el paso del tiempo, terminan diciendo casi todo.

Quizá por eso el Tour se parece tanto a las novelas bien escritas. No porque acumulen episodios memorables, sino porque saben demorarse. También en la literatura hay autores que entienden que un paseo puede revelar más de un personaje que una batalla, igual que una sobremesa contiene a veces más verdad que un discurso. El ciclismo conserva esa paciencia narrativa que el mundo moderno parece haber perdido. Durante cinco horas no sucede nada y, sin embargo, sucede la carrera entera.

Con los años uno acaba sospechando que también el amor pertenece a esa categoría de las etapas llanas. Nos gusta recordar el primer encuentro o el primer beso, como si el resto hubiera consistido únicamente en administrar aquel entusiasmo inaugural. Pero lo que sostiene una vida compartida rara vez tiene música de violines. Se parece más bien a un corredor que se acerca al coche del director para recoger bidones, a quien cierra un hueco antes de que el viento haga daño o a quien rueda siempre unos metros por delante para que otro llegue más resguardado. El amor acaba siendo una sucesión de gestos que nadie aplaude porque nadie los ve.

Tal vez por eso, cuando el Tour atraviesa esas inmensas rectas francesas bordeadas de trigo, no puedo evitar pensar menos en el ciclismo que en la memoria. Hay algo en la cadencia del pelotón, en esa lentitud obstinada con la que el paisaje va pasando, que obliga a mirar hacia atrás. Uno recuerda una carretera parecida recorrida hace muchos años, una conversación que entonces parecía insignificante, una mano apoyada en la ventanilla del coche, una canción que ya casi había olvidado. Descubre, con cierta sorpresa, que la nostalgia nunca regresa por los grandes acontecimientos, sino por los detalles que parecían destinados a desaparecer.

Quizá sea porque la memoria también tiene su propio Tour y reserva las montañas para la admiración, pero las llanuras para el afecto. Las primeras nos enseñan quiénes quisimos ser; las segundas, con quiénes fuimos realmente felices.

Por eso nunca he entendido que haya quien aproveche las etapas llanas para echar la siesta. Son precisamente esas jornadas sin épica aparente las que nos recuerdan que las cosas verdaderamente importantes casi nunca hacen ruido. Y acaso por eso las etapas llanas del Tour sean, en el fondo, el mejor lugar para recordar los viejos amores.