Un hilo cualquiera sobre el amor

Jamás tuvimos una juventud tan decepcionada y perdida en cuanto al amor

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Loveline fue un mítico programa de radio estadounidense que comenzó en 1983 y rápidamente se convirtió en un referente para quienes querían hablar de amor, sexo y relaciones sin filtros. Lo conducían Drew Pinsky, médico especializado en adicciones y sexualidad, y Riki Rachtman, DJ irreverente; juntos creaban un espacio donde los oyentes podían consultar sobre cualquier asunto del corazón, desde desamores y celos hasta dudas sobre sexualidad o relaciones complicadas. El programa era un torbellino de emociones y consejos: Drew ofrecía explicaciones médicas o psicológicas claras, mientras Riki añadía sarcasmo, humor y provocación, generando un equilibrio entre seriedad y diversión; algo a medio camino entre la reflexión y la catarsis. Cada llamada era un nuevo experimento en el laboratorio de la confusión amorosa; aprender sobre el corazón humano era casi inevitable.

Hoy, en X, todavía se perciben fragmentos de ese mismo espíritu: confesiones apresuradas, dilemas amorosos lanzados al mundo como mensajes en botellas al océano, y consejos exprés entre likes, retuits y memes. Sin embargo, el tono ha cambiado radicalmente. Lo que antes se abordaba con humor y curiosidad lúcida, ahora se muestra con ansiedad, frustración y derrotismo. Son jóvenes que hablan como veteranos del desamor antes incluso de haber amado de veras, chicas y chicos que revientan de decepción y dudas en un bucle de exposición digital constante. Uno percibe que la reflexión ha cedido ante la reacción instantánea, y que la confusión amorosa ha alcanzado, a día de hoy, cotas inusitadas.

Escribe, un abril, la usuaria Ele: «¿Soy la única que piensa que se va a quedar sola toda la vida? Conectar ahora con alguien es de lo más difícil…». El tuit alcanzó los cinco millones de visualizaciones, seguramente porque pisó una herida que supura en nuestro tiempo: la del desamparo amoroso. Merece la pena transcribir sin más algunas de las respuestas, para saber dónde estamos.

Isis: «Estoy igual ¿sabes? Y seguro que moriré sola, porque ni hijos puedo tener y los hombres mueren antes y por supuesto ya no me quedará nadie de mi familia, aunque bueno de eso último no tengo así que es lo mismo».

Penny: «Antes lo pensaba y me deprimía, pero ahora lo pienso y la verdad no es algo que me moleste o me ponga triste».

Ninalaya: «Sí, y por decisión propia: la soledad es un lujo. No entiendo cómo hay personas que necesitan de otras para ser felices, para tener metas, para vivir simplemente; me dan pena, porque así aguantan malos tratos, personas indeseables y los justifican, al final son infelices, pero con pareja».

Alicia: «Me pasa. Por un lado, mi parte soñadora guarda la esperanza de conocer a alguien y enamorarme como en las comedias románticas, pero cada vez que pasa el tiempo, lo veo más lejano. Como si ya se hubiera marchitado mi rosa de la bella y la bestia».

Geo: «Es bastante irónico leer esto, cuando hoy puedes “conectarte” con cualquier persona en el mundo. Pero “conectar” con alguien de manera emocional es más complejo y difícil que cuando no podíamos “conectar” fácilmente en cualquier momento y en cualquier lugar».

Escuchamos, por lo general, a gente entre los veinte y los treinta años. El hilo es significativo, es decir, que se replica en temas y tonos en muchas otras partes. Dejemos constancia de esto: jamás tuvimos una juventud tan decepcionada y perdida en cuanto al amor en aquella parte de la historia liberada, más o menos, de opresivas convenciones. Llevamos un centenar de años ahí, doscientos si contamos desde la revolución romántica del siglo XIX. Veamos, para corroborarlo, algunas contestaciones:

«El estándar está muy alto y el prejuicio a la orden del día», dice en el hilo el usuario B. El otro ha dejado de ser misterio para convertirse en producto. Tinder y las demás aplicaciones sentimentales han llevado precisamente esa lógica del escaparate y el consumo al corazón de nuestras relaciones. Merece la pena recordar la primera ley de Kranzberg (estudioso del impacto de la tecnología en la cultura): «La tecnología, de suyo, no es negativa, no es positiva y no es neutral».

«Mi punto de vista después de muchos años negativos es que antes de conectar con otros es primordial empezar una conexión distinta con uno mismo», escribe el usuario Ocaso. Este es el veneno del individualismo expresivo: una vida tan centrada en el yo que termina por anegarlo todo; el interés comercial en que primero —y luego solamente— atendamos a nuestro yo es indudable. También el político: es peligrosísimo que la gente se junte y forje comunidades; el mesías de turno nos quiere abordar de uno en uno. En lo mismo que Ele está Paula: «Pienso que lo difícil no es conectar sino encontrar una persona que, más allá de una linda conexión, no tenga miedo a la vulnerabilidad. Harta del individualismo y la tibieza, es agotador».

«Yo te diría: no desesperes, pasa cuando menos te lo esperas, primero amate a ti y así llegará alguien que también lo haga», escribe Maraudeur, que añade esta posdata: «No te pierdes gran cosa; luego superar una ruptura es de lo más traumante que puedes pasar, es como un duelo». Vivimos una era intensamente algiofóbica, esto es, temerosa del dolor y las frustraciones. «A mí me rompieron el alma en pedazos después de que lo apoyé en una enfermedad grave. Mejoró y me abandonó luego de decirme que jamás me quiso. No gracias. Elijo la soledad, nadie me traiciona ni me abandona», escribe Josefina. No podemos dejar de comprenderla, ni de entender la hondura de su herida; pero es conceder doble poder a un miserable que te hiera primero y que te arruine después el resto de tu vida. ¿Hay mayor expresión de poder —de autoafirmación— que conservar el imprescindible ideal tras un gran desencanto?

Turno de Hota: «¿Sola? En primer lugar, estás contigo misma. Todos nacemos y morimos con nosotros mismos como único compañero eterno. Empieza por quererte primero y aprender a estar contigo, o los demás no llegarán. La compañía de otros no debe llenar vacíos». Bien se ve que esta idea absurda e imposible de «quererse» —como dice Ortega, amar es un acto necesariamente transitivo— está en el origen de no pocas confusiones y desencantos. De nuevo: es una idea comercialmente jugosa, porque si hay un sujeto que compra sin descanso es el que se siente solo.

«Parte de la culpa es el bombardeo de vidas supuestamente perfectas que se muestran en las redes. Queremos todo lo lindo de una relación sin estar dispuestos a sacrificarnos para lograrlo», dice Carlos. Sostenía Chesterton que existen dos tipos de idealistas: los que idealizan la realidad y los que realizan sus ideales. La primera opción es una fábrica de desilusionados, a menudo orgullosos, por parecer (esto es de siempre) que quien se ha hecho ilusiones y las ha abandonado ha pasado de fase y ha madurado. La segunda opción es la imprescindible para amar en este o en cualquier mundo; la única que permite, en los demás asuntos, dar la batalla diaria con valor y posibilidades de éxito.

«Qué difícil es conectar con alguien en estos tiempos. Hombres y mujeres ya no tienen el compromiso o les falta demostrar amor, creo que la soledad, bien llevada y por decisión, es tener paz toda tu vida», afirma Janis. Esta es la renuncia que nos está destrozando, porque una sociedad sin amores se va antes o después por el sumidero; sin raíces, la escorrentía volatiliza el terreno. «¿Y qué problema le ves en “quedarte sola toda la vida”?», se pregunta Ana, y se responde: «Puedes trabajar, estudiar, viajar, salir con amigos, tener hobbies, dedicarte al voluntariado, inclusive tener hijos. ¿Cuál es el problema?». Aquí tienen el ideal contemporáneo: consumo, autorrealización y vínculos mínimos, el sueño húmedo de Gucci y Zuckerberg.

«Nunca estaré sola mientras tenga a mis mascotas conmigo», dice Bakarina, y uno no puede evitar acordarse de Whiskas, Satisfyer y Lexatin, de la sin par Esperanza Ruiz Adsuar. Las mascotas y su crecimiento desmesurado (hay perros y gatos en el 60% de nuestros hogares; sólo en el 13% hay niños) son tanto consecuencia como causa de que haya menos amores; el afecto simple puede llegar a amurallar el corazón como sucedáneo incruento de los verdaderos amores. Adoro a las mascotas, ya lo saben; pero es hora de que entendamos hasta qué punto, en términos sociológicos, están retrasando o posponiendo sine die la madurez sentimental de tantos. En Her, la película de Spike Jonze que protagoniza Joaquin Phoenix, lo mismo hace Theodore, enamorado de una IA: procurarse vínculos sin riesgo, sin alteridad real y sin exigencia moral.

«Hay hombres de excelente valor (me incluyo)», escribe Persona Corriente, y añade: «Entre que nosotros no encontramos a esa mujer especial y que, las pocas que merecéis la pena, cuando tenéis a uno así lo tenéis como amigo o lo rechazáis y os quedáis con el malo, es imposible». La adolescencia sentimental de los hombres también se está alargando, y de qué manera. Se habla sin descanso de los incels, fenómeno reducidísimo, pintoresco, cuando lo que hay es un universo de incomprensión porque no estamos creando espacios para que dialoguen mujeres y hombres.

La autora de la confesión inicial había autopublicado un poemario en 2019 sobre el amor y el desamor, cuando tenía veinte años. No se trata de reducir al sentimiento en favor de la razón; se trata de conseguir un corazón educado. Este empeño, además de personal e intransferible, empieza a ser una urgencia civilizatoria. La gente se empareja menos que nunca y además lo hace más tarde; no digamos casarse. En 1981, la tasa de matrimonios por mil habitantes era de 5,1 en España; hoy es 3,5, la más baja, junto a Portugal e Italia, de toda la UE. Cada uno es libre de montarse su vida como le plazca, pero el resultado de muchas decisiones de soledad para siempre es, para la sociedad, una hecatombe.

Loveline enseñaba que el amor puede ser confuso, trágico, ridículo y maravilloso al mismo tiempo, y que se puede hablar de él con humor, claridad e ironía. Es nuestro deber ofrecer nuevos espacios donde estos corazones malheridos salgan de la burbuja de las redes y entiendan que, sin exponernos al amor de verdad, la vida termina por encogerse mortalmente; y que por eso jamás hay que rendirse.

El último libro de David Cerdá es Amar para siempre. La insolencia de vivir a contracorriente, en Editorial Rialp.