Siempre había pensado que era una escuela de baile. Pasaba delante de la entrada de vez en cuando, y el nombre en inglés y la estética de pantalones cortos holgados me sugerían alguna subcultura urbana, tal vez breakdance. Hace poco volví por las cercanías y, en uno de esos ratos muertos entre gestiones, me decidí a entrar y averiguar qué había allí. Descubrí perplejo que aquel sitio pintoresco era en realidad un colegio privado, americano y debidamente acreditado. En el vestíbulo de entrada tenían algunos folletos, que me animé a ojear. A primera vista chocaba el larguísimo espacio dedicado a las preguntas frecuentes. La lista era tan extensa que no pude resistirme a leerla en detalle, porque me sorprendía que hubiera tanto a lo que responder. Al leer en la primera contestación un «lxs niñxs» empecé a discernir de qué iba todo aquello y cualquier interrogante sobre su carácter desapareció cuando un poco más abajo observé que se referían a los maestros como «acompañantes». Estaba ante un colegio de activistas.
En lugar de retirarme con discreción antes de que nadie me preguntara qué estaba husmeando allí, me pudo la tentación de llegar hasta el final de aquel texto sublime. No tuve que esperar demasiado para dar de bruces con el primer clímax, una admisión de culpabilidad maravillosa, la pregunta, se ve que frecuentísima, «¿De verdad se aprende?». En el tono de la respuesta, displicente y molesto, se traslucían los ultrajes vividos por los profesionales del centro, cometidos sin duda con insistencia pertinaz por padres insolentes, porque entre otras cosas aseveraban agraviados que su revolucionaria pedagogía no era magia. El punto de chulería del texto me extrañaba un poco, pero no iba a quejarme porque esa capacidad tan refinada para poner en práctica el arte de la sutileza hacía la lectura más amena. Continué picoteando entre las contestaciones, a la búsqueda de algún nuevo hallazgo, mientras me entregaba a mis pensamientos.
Se habla de la decadencia del sistema educativo sin tino, porque en realidad está muerto desde hace tiempo. Un sistema requeriría una organización articulada y lo que queda son islotes de competencia en un mar disfuncional. Cada pequeño grupo social no del todo resignado a su extinción se ha atrincherado en unos pocos colegios, que actúan como cámara de eco en la que hablan consigo mismos. El resto han quedado abandonados, a merced del caos. No es que los padres escojan centro a la carta, sino que se conforman con lo menos malo que hay a su alcance. Importa mucho menos que sea público, privado o concertado que la calle donde está. Siempre existen los mismos riesgos, que hay que calcular a quince años vista: exceso de ocurrencias de maestros incompetentes y tendencia a que se desarrolle un ambiente marginal. Cuando se ha encontrado una opción aceptable, queda ser admitido. Si está dentro del circuito público, hay que enfrentarse a la carrera de ratas por los puntos, con tretas deshonestas y falsificación documental por doquier. Si es privado, el último obstáculo es una dolorosa entrevista, que pone a prueba si los padres están a la altura de sus pretensiones sociales. Evitar el rechazo es posponer el caos, en esta carrera por ser el último átomo en desintegrarse.
Llevaba ya un rato mirando sin leer, enfrascado en mis ideas, cuando me abordó una joven. Iba vestida con chándal gris claro y sudadera con capucha. Treinta y algunos, algo tosca, mona, sonrisa con disfraz de calidez y tono de voz con pretensiones de educación, pero que recordaba a una locutora de la SER. Pensé que sería la madre de algún estudiante, hasta que me preguntó si necesitaba ayuda y se presentó como la directora. Tras agradecerle su interés, le respondí que no veía los precios y que me faltaba por leer del folleto la sección de obligaciones de los padres. Con un punto de cercanía excesivo me confió que no publicaban las tarifas, sino que reservaban esa información a familias que armonizaran con la visión del centro. Me ahorró seguir leyendo al explicarme que su modelo educativo requería la participación comprometida de los progenitores en la vida educativa: reuniones presenciales todos los trimestres, compromiso de participar en al menos una comisión de trabajo y, atención, obligación de participar en la limpieza de las instalaciones. Sólo para esta última tarea hacían una excepción, me explicó risueña, porque «a veces es complicado encontrar el tiempo», así que cualquier familia «puede pagar para que otra persona lo haga». Imaginar la guerra de clases soterrada que se daría entre los que enviarían a su chacha y los que jugarían a ser proletarios me arrancó una sonrisa. Lo que queda de las dos Españas, supongo. No entendió el significado de mi gesto, que tomó por comprensión. Nos separamos con cordialidad y me dejó una tarjeta con su teléfono, por si me interesaba. Tendría que haber preguntado si también era responsabilidad de los padres diseñarlas e imprimirlas.


