Hay una ironía deslumbrante en el hecho de que The Wild Bunch se estrenara en el mismo año en que la contracultura hippie abrazaba con entusiasmo la iconografía del cowboy, sin saber —o sin querer saber— que esa iconografía era española. En 1969, Bob Dylan publicaba Nashville Skyline, su inmersión en la música country; Neil Young grababa su primer álbum con Crazy Horse, con Cowgirl in the Sand y Down by the River, fusionando el rock psicodélico con la estética del Oeste.
Los Grateful Dead atravesaban su fase cowboy, llegando a planear —según su letrista Robert Hunter— una fotografía en la contraportada de American Beauty en la que aparecerían armados como pistoleros del Lejano Oeste. Hunter vetó la idea por considerarla peligrosa en aquel contexto de violencia social, pero la fascinación de la banda con la mitología del Oeste persistió. Jerry Garcia tocaba pedal steel guitar con los New Riders of the Purple Sage; Bob Weir había trabajado en un rancho de Wyoming a los quince años.
En 1969, en pleno movimiento hippie, emergía el country rock como síntesis entre la contracultura de San Francisco y la tradición americana más arraigada: The Byrds con Sweetheart of the Rodeo, los Flying Burrito Brothers de Gram Parsons, los New Riders of the Purple Sage. Todos compartían una fascinación por ese Oeste que intuían grande y libre, sin saber exactamente que estaban rescatando, sin saberlo, una herencia hispana y española sepultada bajo décadas de western hollywoodiense.
Sin olvidar a unos chicos canadienses y uno de Arkansas, conocidos como The Band, que, en enero del 70, protagonizaron portada de la revista TIME, The New Sound of Country Rock.
Peckinpah, que admiraba y conocía ese mundo musical californiano, filmaba precisamente en ese año la destrucción del mito que aquellos músicos estaban redescubriendo. Mientras los hippies ponían flores en el sombrero del cowboy, él le disparaba un tiro en la cabeza.


