Existe una idea tan asentada en el debate económico que rara vez se somete a examen: que el motor de la economía es la demanda. Según este razonamiento, cuando un país entra en recesión lo que procede es reforzar el gasto. Y como el Estado representa una parte sustancial de esa demanda agregada, la receta parece evidente: aumentar el gasto público para sostener el consumo y, con él, el crecimiento. La misma lógica se aplica a la política monetaria: si los bancos centrales inyectan dinero, las familias dispondrán de más recursos, gastarán más y la actividad se reactivará.
Es la doctrina que ha gobernado buena parte de la respuesta europea a las últimas crisis, desde los fondos NextGenerationEU hasta las compras masivas de deuda del Banco Central Europeo. Conviene, sin embargo, formular la pregunta que casi nunca se plantea: ¿es realmente la demanda la que mueve la economía?
Producir para poder comprar
En una economía de mercado nadie produce únicamente para su propio consumo. Una parte de lo que cada cual genera se destina a intercambiarlo por los bienes de los demás. La producción, por tanto, precede al consumo: para poder demandar algo hay que ofrecer antes algo que otros deseen. Ya lo advirtió David Ricardo hace dos siglos: nadie produce sino con la intención de consumir o de vender, y nadie vende sino para adquirir otra mercancía que le resulte útil.
La consecuencia es incómoda para la ortodoxia del estímulo. La capacidad de demanda de un individuo está limitada por su capacidad de producir aquello que los demás necesitan. Cuanto más es capaz de generar, más puede adquirir. La demanda no flota en el vacío: descansa sobre la oferta previa de bienes y servicios.
El ahorro, ese motor olvidado
Ampliar y mejorar el aparato productivo —la única vía para que crezca de verdad la oferta de bienes— no depende solo de máquinas y trabajadores, sino de algo que el discurso del gasto suele despreciar: el ahorro privado y la inversión en bienes de capital. Es el ahorro el que sostiene a quienes trabajan en las distintas etapas de la producción mientras esos bienes aún no han llegado al mercado.
España ofrece un buen ejemplo de lo que ocurre cuando ese motor se gripa. Los salarios reales llevan hundiéndose desde 2008, lo que erosiona la capacidad de ahorro de las familias y, con ella, la base sobre la que se financia cualquier expansión genuina del tejido productivo. Sin ahorro no hay inversión; sin inversión, no hay crecimiento sostenido por mucho que se estimule el consumo.
Lo que el Estado no puede crear
Aquí aparece el punto que la teoría del estímulo tiende a esquivar: el Estado no genera riqueza. Por su propia naturaleza, para financiar cualquiera de sus actuaciones debe detraer recursos del sector privado y productivo, ya sea mediante impuestos, deuda o inflación. El razonamiento que ya formulara Murray Rothbard es difícil de rebatir: si la demanda auténtica solo procede de la oferta de bienes, y el Estado no produce, su gasto no puede aumentar realmente la demanda.
La expansión monetaria no escapa a esta lógica. Crear dinero sin un aumento paralelo de bienes equivale a intercambiar nada por algo: debilita el proceso de formación de riqueza y empobrece. Es el mecanismo que se esconde tras la acumulación de deuda que España no logra cerrar, sostenida durante años por la barra libre del BCE.
Cuando el estímulo parece funcionar
Si la receta del gasto fuera tan ineficaz, ¿por qué da la impresión de funcionar? La respuesta está en el ahorro acumulado. Mientras el ahorro privado sea lo bastante abundante para sufragar las actividades improductivas sin asfixiar a las productivas, el estímulo aparenta crear prosperidad: surgen sectores nuevos, se mueve el dinero y, si la factura se paga con inflación, sus beneficios se notan antes que sus costes.
El espejismo se desvanece cuando el ahorro voluntario empieza a menguar. En ese momento, cuanto más gasta el Estado y más infla el banco central, más recursos arranca a quienes generan riqueza, y más se aleja la recuperación. Lejos de elevar la producción, la política expansiva la distorsiona y debilita el proceso mismo de creación de valor.
La factura, tarde o temprano
El caso español ilustra la paradoja con nitidez. Se ha confiado el crecimiento a la inyección de fondos europeos y al gasto público, mientras la productividad se estanca, los salarios reales caen y la oferta de vivienda se mantiene en mínimos históricos —un problema, no por casualidad, de oferta reprimida por la regulación, no de demanda insuficiente.
La conclusión, lejos de ser coyuntural, es una de las más constantes de la ciencia económica: es la oferta la que crea la demanda, y no al revés. Para poder intercambiar algo por bienes y servicios, primero hay que producir algo que otros valoren. Los gobiernos pueden redistribuir, anticipar o disimular la riqueza; crearla, no. Cada euro de gasto que no nace de la producción sale, antes o después, del bolsillo de quien sí produce. La factura, como casi siempre, llega más tarde, pero llega.


