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Packs ideológicos

La ceguera partidista sólo permite a cada uno de esos polos políticos extrañarse de la ceguera del otro, pero no de la suya

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Ser reaccionario permite observar los respectivos sesgos de confirmación de izquierda y derecha desde un ángulo privilegiado. No desde el centro, sino desde un ángulo cenital. Desde allí uno puede asombrarse de la obcecada negación de la evidencia por parte de ambos bandos. La ceguera partidista sólo permite a cada uno de esos polos políticos extrañarse de la ceguera del otro, pero no de la suya; en cambio, un reaccionario puede asombrarme de la resistencia de ambos a percibir las verdades que contradicen sus correspondientes axiomas.

Dos ejemplos concretos. Una persona de izquierdas se extraña cuando una de derechas niega que la gentrificacion turística sea un problema que afecta a los españoles. Un reaccionario comparte su extrañeza. Parece evidente que ese fenómeno eleva los precios de la vivienda provocando que muchas personas autóctonas se vean obligadas a desplazarse hacia otras comunidades autónomas. La vertiginosa inflación inmobiliaria ha acabado por convertir una vivienda en un artículo de lujo, y la clase media y baja cada vez tiene más problemas para acceder a una. Lo que para la austera generación de nuestros abuelos era lo básico, para nuestra generación hiperconsumista es algo excepcional. En la práctica, la izquierda no hace nada por solucionar este problema, pero, al formar parte de su relato, la derecha niega incluso que sea un problema. Puedes enseñar a una persona de derechas los datos que demuestran la relación causa-efecto entre la gentrificación turística y la inflación inmobiliaria (no es la única causa, pero sí uno de ellas) y no conseguirás que te dé la razón.

Por su parte, una persona de derechas se extraña cuando una de izquierdas niega que la inmigración masiva e indiscriminada genere un impacto absolutamente indeseable. Un reaccionario comparte esa extrañeza. Que los inmigrantes —sobre todo musulmanes— violan, roban, agreden sexualmente y matan más que los españoles, es una evidencia estadística. Una persona de izquierdas niega que exista esa mayor propensión a cometer delitos por parte de los inmigrantes musulmanes. Lo que hace, en primer lugar, es presentar las estadísticas sin tener en cuenta la proporción, para así afirmar que los españoles cometen esos delitos en mayor número. Después, cuando alguien le explica que hay que tener en cuenta la proporción —y le desmuestra que teniéndola en cuenta los inmigrantes musulmanes tienen mucha más tendencia a cometer esos delitos—, acaba aceptando a regañadientes la evidencia, pero como último intento desesperado atribuye esa mayor tasa de criminalidad a la exclusión social y a la pobreza. Todo el mundo sabe que cuando uno está sin blanca o no tiene muchos amigos lo primero que se le ocurre es violar.

Al estar sustraído al influjo de esas dos ideologías supuestamente antagónicas —ambas cabalgan a lomos del materialismo— un reaccionario puede compartir la extrañeza de ambas partes. Reúne en sí el asombro que cada una de ellas experimenta de forma parcial. Por supuesto, no se trata de equiparar la gravedad de los dos ejemplos. La inmigración indiscriminada es mucho más perjudicial que la gentrificacion turística, tanto cuantitativa como cualitativamente. Pero estos ejemplos sirven para ilustrar las respectivas cegueras que provoca la adhesión a un determinado bando en la polaridad izquierda-derecha.

Hasta aquí, el apunte de un fenómeno relativamente reciente y que cualquiera habrá observado alguna vez, al menos en las personas que no pertenecen a su facción política. Pero todavía falta explicar el fenómeno.

Tendemos a pensar que los hombres escogen su posición dentro del espectro de la democracia liberal después de meditar y tener una opinión fundada de cada una de sus doctrinas. Creemos que primero reflexionan sobre las diversas cuestiones sociales y sólo luego, después de haber llegado a una conclusión, se adhieren al bando que parezca asumir los mismos postulados. Sin embargo, éste es un modo antiempírico de concebir el proceso de politización del hombre moderno, una pura abstracción que se desentiende de la realidad y simplifica la psicología humana. Si nos parece que eso es lo que ocurre es sólo porque nos parecería más lógico que ocurriera así.

Lo que sucede en realidad es lo siguiente. El hombre, en su adolescencia o juventud, adquiere una idea dominante que es susceptible de aplicación política. La mayoría de las veces adquiere esa idea por la propia influencia política que recibe a través de su entorno, pero seguir esta línea me desviaría hacia el ensayo. Una vez atornillada en su mente esa idea dominante, rastrea el panorama político en busca del hemisferio democrático o el partido concreto que parezca compartirla, que la asuma como principio de su praxis o al menos de su retórica. Su instinto gregario le impulsa a unirse con personas que coincidan con sus propias convicciones. Sin embargo, al acercarse a ese hemisferio se da cuenta de que su idea dominante está allí ensartada en una ristra formada por otras ideas. Puede que no tengan nada que ver con la que él considera la doctrina política principal, o tal vez sus implicaciones sean incluso contrarias a ella, pero es imposible separarlas. No venden el artículo suelto; debe comprar todo el pack.

Tal vez representándolo con símbolos pueda ilustrarse mejor lo que quiero decir. Podemos imaginar a un hombre cuya idea política dominante consista en la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera, que podemos representar con el símbolo A. Esa idea parece funcionar como axioma de la izquierda —aunque sólo sea parte del relato—, así que el hombre en cuestión comienza a identificarse como alguien de izquierdas. Pero, al adentrarse cada vez más en los círculos de izquierda, se da cuenta de que junto a la idea A se encuentran también las ideas B, C y D. Estos símbolos pueden representar cosas tan diferentes como el feminismo, la ideología de género y la inmigración indiscriminada. El hombre que se identifica con la izquierda por la idea A puede que no estuviera demasiado de acuerdo con la idea B, que no tuviera ni siquiera opinión de la C y que le pareciera evidente que la idea D es contradictoria con A —puesto que la clase obrera es la que más sufre las consecuencias de la inmigración indiscriminada—. Sin embargo, acepta más o menos sinceramente esas ideas, o reprime su oposición a ellas, con tal de poder seguir colectivizando su idea dominante. Desde ese momento, ninguna razón o demostración estadística podrá arrancarle la confesión de que B, C o D son falsas o nocivas, porque para él supondría admitir la falsedad o nocividad de A.

Ésta es una manera más realista de interpretar lo que sucede en el proceso de politización en el contexto de la democracia liberal. Esta interpretación posee, además, la ventaja de explicar dos fenómenos modernos innegables. Por una parte, explica la incapacidad de las personas de izquierdas y de derechas a la hora de reconocer una evidencia que contradice uno de los axiomas de sus respectivos bandos políticos. Por otra parte, esclarece esos casos de flagrante hipocresía política que salen a la luz de vez en cuando. Cuando el político de izquierdas, con su beligerante discurso feminista y su tautológico «sí es sí», resulta ser en su vida privada un manoseador profesional o alguien que expresa sus deseos de azotar a determinada mujer hasta que sangre, la gente suele quedar desconcertada. Pero, simplemente, ese político no entró en la izquierda por el feminismo; de hecho, puede ser mucho más misógino y peligroso para las mujeres que cualquier antifeminista declarado —que, en general, no es peligroso en absoluto—. Aunque en público tenga que repetir las consignas de las demás ideas de la ristra, en realidad él está allí sólo por una o tal vez dos ideas políticas. Con las demás representa un papel.

Cuando uno tiene en cuenta y admite esta teoría, comienza a comprender mejor la ceguera del simpatizante y la hipocresía del político profesional. En parte es un alivio saber que muchas de las personas que nos rodean no sufren un déficit cognitivo o alguna patología que les impide reconocer la realidad que tienen delante de sus narices. Son simples víctimas —aunque no carentes de culpa—de una democracia liberal al servicio de las élites globalistas. Pero, por otra parte, es alarmante comprobar hasta qué punto se puede narcotizar a la población y alterar su sentido de la realidad.