El amor en tiempos de elecciones

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Las relaciones sentimentales y las campañas electorales tienen más cosas en común de las que estamos dispuestos a reconocer. Ambas empiezan con grandes promesas, fotografías cuidadosamente seleccionadas y una versión extraordinariamente favorecida de sus protagonistas. La diferencia es que, en política, al menos sabemos cuándo termina la campaña. En el amor, la precampaña puede prolongarse indefinidamente.

Todo comienza con una candidatura. Un perfil atractivo, un discurso convincente y un programa electoral que, sobre el papel, parece responder a todas nuestras necesidades. Se suceden los primeros encuentros, los mensajes de buenos días y las declaraciones de intenciones. Los candidatos se muestran disponibles, atentos y extraordinariamente interesados en los problemas de la ciudadanía.

Nadie incluye en su programa que tiene dificultades para comunicarse, que sigue pendiente de su anterior legislatura o que necesita tres días hábiles para contestar un mensaje. Hay promesas que no sobreviven ni al primer Consejo de Ministros.

Después llegan las encuestas. En mi caso, el comité de amigas. Un organismo demoscópico de dudosa independencia que analiza conversaciones, estudia antecedentes y elabora previsiones a partir de una muestra estadística bastante cuestionable. «Yo creo que le gustas». «A mí no me convence». «Pues a mí me parece un partidazo». Los resultados rara vez son concluyentes, pero siempre hay alguien dispuesto a ofrecer una estimación de voto. Y, como ocurre con las encuestas de verdad, cuanto menos sabemos, mayor es nuestra seguridad en el pronóstico.

Hasta que llega la jornada de reflexión. Ese momento en el que una debe preguntarse si realmente quiere concederle su confianza a semejante candidato o si simplemente se ha dejado convencer por una buena campaña de comunicación. Porque una cosa es reunir las condiciones necesarias para presentarse y otra muy distinta merecer nuestro voto.

Hay candidatos que consiguen mayoría absoluta en la primera cita. Otros necesitan varias rondas de negociación, algún debate adicional y un pacto de investidura. También existen quienes, pese a no reunir los apoyos suficientes, insisten en formar gobierno. Y quienes, después de una campaña impecable, desaparecen antes del escrutinio.

Pero el verdadero problema llega después. Porque una cosa es ganar unas elecciones y otra muy distinta saber gobernar. Hay quien incumple su programa a las dos semanas, quien se acomoda en el cargo y quien confunde haber conseguido la confianza de alguien con tenerla garantizada para siempre. Algunos gobiernos sobreviven a base de prórrogas, otros necesitan renegociar sus acuerdos cada lunes y los hay que llevan meses en funciones sin que nadie se atreva a convocar elecciones.

Mención especial merece la oposición sentimental. Esa institución integrada por antiguas parejas que, después de abandonar el gobierno, continúan fiscalizando las decisiones del ejecutivo entrante. Reaparecen cuando se anuncia una nueva candidatura, cuestionan los pactos alcanzados y solicitan una segunda oportunidad sin presentar un programa electoral diferente. Conviene recordar que haber ocupado un cargo no concede derechos vitalicios sobre él.

Quizá el problema sea que dedicamos demasiado tiempo a estudiar las promesas y demasiado poco a comprobar su cumplimiento. Nos dejamos convencer por discursos brillantes, grandes declaraciones y proyectos de futuro que todavía no cuentan con presupuesto. Confundimos la capacidad de seducir con la de permanecer, como si ambas exigieran las mismas cualidades. Y no. Una campaña se gana con palabras. Una legislatura se sostiene con hechos.

Afortunadamente, también existen gobiernos estables. Personas que cumplen lo prometido, que saben negociar sus diferencias y que entienden que una relación no puede mantenerse eternamente en campaña electoral. Gente que no necesita inaugurar una obra cada semana para demostrar que sigue trabajando.

Al final, en el amor, como en la política, lo importante no debería ser lo que alguien promete para conseguir nuestra confianza, sino lo que hace una vez que la tiene. Aunque, puestos a pedir, tampoco estaría mal que algunas candidaturas vinieran acompañadas de una declaración de bienes, un certificado de antecedentes sentimentales y un compromiso de permanencia. Que una también se cansa de acudir a las urnas.