Leonard Cohen era uno más de los cantautores que plagaron los países occidentales desde los años sesenta del siglo XX. Debutó tarde, pasados los treinta años, cuando, tras desilusionarse con una carrera literaria que nunca llegó a despegar, se mudó desde su Canadá natal a los Estados Unidos. Ambicioso, decidió seguir persiguiendo la fama. A la voluntad no le acompañaba el ingenio, porque aquella no fue una idea demasiado original en un ambiente saturado de artistas folk. Su estilo minimalista era para colmo aburrido, exhibicionista en su nada natural pureza. Veinte años más tarde, en su siguiente iteración, encontraría el éxito, cuando con medio siglo de vida a cuestas decidió dejar de tomarse en serio a sí mismo, rodearse de coros femeninos y abrazar los sintetizadores. De aquel tiempo son sus mejores letras, llenas de teatralidad y sentido del humor: First We Take Manhattan, The Future, Democracy y Closing Time, entre otras. Cohen las grabó con la alegría desbordante de la persona que tras muchos años de sinsabores ha descubierto cómo pasárselo bien trabajando.
Envuelto en el torbellino que fueron los años de la caída del comunismo europeo, Leonard Cohen comprendió su momento histórico con inmediata clarividencia. Su inteligencia excepcional y la capacidad de verse a sí mismo con cierto distanciamiento —que sólo dan años de fracasos— le persuadieron de que nadie entendería su mensaje, así que se conformó con que sus antiguos admiradores creyeran hacerlo. Para ello se entregó a la causa de vestirlo con un disfraz de paradojas y parodias que en el fondo no significaban más que su literalidad, pero que consiguieron que unas letras que podrían ser el ideario de un partido soberanista confundieran a toda una cohorte de progresistas. Esa generación, entonces y ahora, incapaz de entender que los mitos del siglo XX occidental son mentira. Una ilusión que solo al oyente joven se le mostrará transparente, gracias a la inmunidad que da haber alcanzado la mayoría de edad tras la caída de las torres y el ascenso de China.
El conflicto entre las dos superpotencias generaba sufrimiento, pero también la tranquilidad que da lo previsible. Leonard Cohen se refugió en el humor para describir sin desfallecer un presente —que todavía nos empeñamos en llamar futuro— que sustituye el control sádico del siglo XX por el caos calculado del XXI. Desde la caída del muro de Berlín, la inmensa maquinaria social, sin enemigos externos, está condenada a revolverse contra sí misma y convertirse en una insaciable picadora de carne. Para alimentarse recurre a los corazones humanos como fuente inagotable de combustible. No distingue adversarios de protegidos, porque atrapados entre sus engranajes en realidad ambos son lo mismo, y los aniquila por igual. El asesinato se convierte en la fuerza motora del mundo. Quien entiende el truco queda excluido, marginado, reducido a la condición de las bolsas de basura, invulnerables a la descomposición, pero escondidas donde nadie pueda verlas.
Leonard Cohen canta horrorizado por el mundo que vislumbra, pero divertido por la incomprensión de sus contemporáneos. Su voluntad de resistencia, tozuda, es un último acto de generosidad hacia los que no ven. En mitad de un tiempo de triunfalismo comprende que lo que antecede al fin de los días no es un grito dolorido, sino una gigantesca fiesta. Ésta en la que vivimos. En lugar de tener la falta de delicadeza de fastidiársela a nadie, Cohen dedicó sus últimas décadas a cantar, bien rodeado por un coro femenino. El 7 de noviembre de 2016, un día antes de la elección de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, moría Leonard Cohen. Las máscaras estaban cayendo.


