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Peregrinación a Brâncuși

Se cumplen 150 años del nacimiento del artista rumano que no esculpía el pájaro, sino el vuelo

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Un artista de vanguardia que vive como un pastor de Oltenia. Un discípulo de Rodin que ha dejado a su maestro porque «nada crece a la sombra de los grandes árboles». Un hombre que ordena su taller parisino como si se tratase de un iconostasio. Un rumano, en fin, capaz de devolvernos al origen que todos los seres humanos compartimos: el seno materno, la luz, la unión del cielo y la tierra.

Este año se cumplen 150 años del nacimiento de Constantin Brâncuși (1876-1957), que —como él declaró— no esculpía el pájaro, sino el vuelo. En Madrid, auspiciada por el Instituto Cultural Rumano, se celebró el pasado 3 de octubre una magnífica mesa redonda en torno a la pregunta «¿Quién es Constantin Brâncuși?». Trataron de responderla el poeta Andrei Novac, la artista Flavia Lupu y el crítico de arte Juan Manuel Bonet, a quienes presentó la directora del Instituto María Floarea Pop. En el acto se presentó el libro 10×15=150, coordinado por el propio Novac, en que 15 intelectuales tratan de responder a 10 preguntas sobre Brâncuși. Es reconfortante pensar que también en Madrid, al igual que en el resto de Europa en este año, hubo un tiempo para preguntarse por este personaje inagotable.

Evolucionó del academicismo al minimalismo haciendo buena la función del arte como retorno al origen. Influido por Ezra Pound y por Milarepa, supo que había algo en la modernidad que desarraigaba al ser humano. Frente a la creciente mecanización de la vida, esculpió la piedra, cortó la madera y pulió los metales con las manos hasta convertirlos en luz. Nutrió su obra de la deslumbrante tradición del arte popular y religioso rumano, de su pasado pagano y de su tesoro cristiano ortodoxo. Cocinaba su propia comida en una chimenea que se había construido en el taller del Impasse Ronsin. Frecuentó la amistad de los grandes artistas estadounidense mientras que para muchos europeos era un desconocido. Conoció el sufrimiento de su pueblo y el dolor del siglo más despiadado que ha conocido la historia. Desde el amor a su patria rumana, habló silencioso a un continente devastado por dos guerras. En las deportaciones de los rumanos de Besarabia y el norte de Bucovina, supo ver el horror y la deshumanización de los totalitarismos. En su obra puede contemplarse el sufrimiento de la humanidad entera, pero también la esperanza del renacer y el manantial inagotable de la memoria, la tradición y el humanismo.

Todos los europeos deberíamos peregrinar al complejo monumental de Târgu Jiu, en Oltenia, donde Brâncuși trazó el camino del sufrimiento y la redención de nuestro tiempo. A partir de la Mesa del Silencio, que evoca la Última Cena y anticipa el Calvario del siglo XX, se franquea la Puerta del Beso. Detengámonos en este umbral, donde el beso se convierte en dos semicírculos que se unen, para recordar los besos de despedida, los últimos besos, los besos que no se dieron y cuya ausencia deja un vacío formidable. Millones de rumanos —como tantos otros seres humanos en nuestro tiempo— sufrieron la deportación, el exilio, el trabajo forzado, la prisión, el campo de concentración, el paredón de fusilamiento, la celda de castigo… Esta Puerta del Beso no sólo nos despide, sino que nos muestra el Gólgota del siglo XX.

Caminemos.

Ya se divisa la Columna Infinita, cuyos pilares completos nos recuerdan el año en que Rumanía entró en la Gran Guerra. Son dieciséis pero el último está truncado. El viajero, el visitante, el espectador debe comprender que el infinito no puede completarse. Antes bien, quien lo contempla está llamado a seguir la línea ascendente hasta el cielo. Como sube el chamán en su vuelo a las alturas, el caminante debe iniciar una subida —la columna es escalera, cuerda, eje del mundo— que lo libere de las ataduras del mundo y de la historia.

Brâncuși nos devuelve después a los espacios abiertos, al verde de la hierba y el frescor del aire puro. Hay salvación en el arte, en el silencio, en la belleza del encuentro. Esta universalidad que supera las fronteras y nos lleva a los orígenes y las esencias de la humanidad resulta imprescindible en nuestro tiempo.

Hoy nos ponemos en pie y elevamos una oración silenciosa agradeciendo que Brâncuși haya trabajado el metal, la madera y la piedra.