Durante una década, la doctrina dominante en los servicios de seguridad europeos repitió una fórmula tranquilizadora: el yihadismo es un problema autóctono, una radicalización que germina en suelo europeo y que, por tanto, poco tendría que ver con quién cruza las fronteras. Un informe publicado en mayo por el Danube Institute, centro de pensamiento conservador con sede en Budapest, devuelve la incomodidad al debate. Su autor, el criminólogo Simon Cottee, examina 221 tramas yihadistas registradas entre mayo de 2015 y mayo de 2025 y concluye que en el 45% de ellas intervino al menos un inmigrante.
Esa proporción —casi uno de cada dos de los 221 casos examinados— bastaría para incomodar a quien sostenga que el yihadismo europeo es un problema doméstico y ajeno a la inmigración. Pero el hallazgo con mayor carga política no es la cifra, sino su reverso geográfico: Hungría, que blindó sus fronteras en plena crisis migratoria de 2015, apenas registra actividad. La excepción húngara viene a dar la razón, con una década de retraso, a quien más caro pagó por enunciarla: Viktor Orbán.
Un dato y su letra pequeña
La cifra es contundente, pero conviene leerla con la misma lupa que facilita el propio autor. Cottee define como «inmigrante» a cualquier persona nacida fuera de Europa que pasó su infancia en un país no europeo, con independencia de su estatuto legal o de los años que lleve en el continente: la categoría abarca tanto al solicitante de asilo recién llegado como al residente de larga duración. Con ese criterio identifica 137 autores de origen inmigrante repartidos en un centenar de tramas, casi todas inspiradas por el Estado Islámico y protagonizadas por varones de veintitantos y treinta y tantos años, procedentes en su mayoría de Siria, Irak y Marruecos.
El balance humano parece inapelable —279 muertos en las tramas con presencia de un inmigrante frente a 107 en las restantes—, pero un matiz lo altera casi todo: dos atentados, los de París de noviembre de 2015 y el camión de Niza de 2016, concentran 216 de aquellas 279 víctimas. Conviene además recordar lo que el documento admite sin reparo: no ha pasado por revisión por pares y la clasificación de cada caso descansa en la lectura que su autor hace de fuentes abiertas. No estamos ante una sentencia, sino ante una hipótesis cuantificada.
El mapa de la amenaza
Donde el trabajo resulta más sugerente es en su geografía. Alemania concentra casi la mitad de las tramas vinculadas a la inmigración; le siguen Francia, con 21, y el Reino Unido, con 10. Hungría, en cambio, es prácticamente un renglón en blanco: la actividad yihadista registrada es casi nula, una distancia con sus socios de tal magnitud que el informe la atribuye sin ambages al cierre de fronteras de 2015. Que ese mismo país haya sido multado con 200 millones de euros por el Tribunal de Justicia de la UE por incumplir la normativa comunitaria de asilo resume, en una sola paradoja, el choque entre la lógica de la seguridad nacional y la del derecho europeo.
El informe añade un dato reciente y oscuro: en Alemania las tramas apuntan cada vez con mayor frecuencia a objetivos judíos e israelíes, un giro que Cottee asocia a la guerra entre Israel y Hamás abierta en octubre de 2023. La amenaza, lejos de extinguirse, muta.
¿Autóctono o importado?
Aquí el estudio colisiona de frente con la corriente académica mayoritaria. Un trabajo de 2025 de Thomas Renard y Méryl Demuynck para el International Centre for Counter-Terrorism sostenía que el terrorismo europeo sigue siendo un fenómeno esencialmente doméstico y que el temor al «terrorismo de los refugiados» estaba sobredimensionado. Y el propio Cottee ofrece munición a esa tesis: el 79% de los autores inmigrantes se había radicalizado por su cuenta, ya en Europa, y casi la mitad disfrutaba de estatuto de asilo o residencia cuando urdió sus planes, aunque todavía millones de habitantes del continente pretendan regularizar lo que se resiste a ser regularizado.
La conclusión que el autor extrae, sin embargo, no es que ambos relatos se excluyan, sino que se han confundido. La radicalización puede ser autóctona y la población en la que prende, importada. Que alguien se adoctrine en Hamburgo o en Bruselas no responde a la pregunta previa de por qué estaba allí. «No llegaron como páginas en blanco», resume el criminólogo: traían consigo un sustrato cultural y religioso con una lógica propia, ajena a la de las sociedades cristianas, sobre el que el adoctrinamiento posterior arraiga con menos resistencia. El relato del lobo solitario nacido aquí no era falso; era incompleto, y su comodidad política —porque exonera a la política migratoria— explica buena parte de su éxito. No es otra cosa que el Gran Reemplazo de cada día trasladado al terreno de la seguridad.
España, al margen (por ahora)
España apenas asoma en el recuento, y la razón es analíticamente relevante. El grueso de la inmigración recibida por nuestro país en el último ciclo es iberoamericana, próxima en lengua y religión, y no procede del Magreb ni de Oriente Próximo, que son los focos de los que se nutre la casuística yihadista. Es la misma composición que está rehaciendo la fisonomía de ciudades como Madrid y que demógrafos como Alejandro Macarrón advierten que hará de los inmigrantes la mayoría hacia 2044: un cambio de hondas consecuencias, pero distinto en su naturaleza al que dibuja el informe húngaro.
Conviene, eso sí, no confundir esa relativa indemnidad con una inmunidad. El 11-M de 2004, urdido por una célula de raíz marroquí, sigue siendo el mayor atentado yihadista cometido en la Europa occidental, y la inseguridad asociada a los barrios de mayor mutación demuestra que la cuestión no es ajena a nuestras fronteras. La composición de los flujos importa tanto como su volumen, y puede cambiar.
El legado de 2015, sin custodio
Cottee habla de una «cuarta ola» del yihadismo ligada a la inmigración masiva y concluye que Viktor Orbán acertó al advertir, en 2015, de que la crisis migratoria terminaría amenazando la seguridad europea. El juicio llega, sin embargo, envuelto en una ironía: el dirigente húngaro perdió el poder en abril de 2026, tras dieciséis años, a manos del conservador Péter Magyar.
Y ahí conviene separar dos planos que el titular fácil tiende a fundir. El plano estructural —la correlación entre control de fronteras y ausencia de esta amenaza concreta— no depende de ninguna urna: persistirá, gobierne quien gobierne en Budapest. Pero el plano direccional sí estaba en juego. El 45% no se vota: seguirá ahí, lo administre quien lo administre. Lo que las elecciones húngaras decidieron no es si la cifra existe, sino quién se atreve a sacar de ella las consecuencias; y Magyar venció hablando de corrupción y de economía, no de fronteras. Orbán tenía razón, aunque eso no le salvara: enunció la advertencia una década antes que nadie y ha salido del poder justo cuando un informe viene a dársela. El número, en cambio, sigue intacto, esperando a que alguien se atreva a mirarlo de frente.


