El Gran Reemplazo de cada día

El Gran Reemplazo dejó hace demasiado tiempo de ser una fórmula proscrita para quedarse corta como descripción de la realidad deprimente de Occidente. Durante años, el poder político y sus subalternos mediáticos han fingido que sólo existía en la imaginación de mentes conspiranoicas. Ha pasado el tiempo, y los barrios, las escuelas, las ayudas públicas, los censos y las propias declaraciones oficiales cuentan otra historia.

Lejos de la metáfora, se trata de un proceso sostenido por decisiones concretas: fronteras abiertas, regularizaciones masivas, incentivos sociales, renuncia a la asimilación y criminalización de quien advierte sus consecuencias. El resultado visible, inevitable, buscado es innegable: comunidades nacionales que pierden continuidad cultural, leyes formales que conviven con normas paralelas y Estados que protegen antes al recién llegado que a quienes los levantaron.

Lo escandaloso no es llamar a las cosas por su nombre, sino que tantos sigan negándolo cuando ocurre delante de sus ojos.