En casa de mi abuela había una puerta que rozaba el suelo al abrirse y que, al hacerlo, dejaba escapar un sonido áspero, casi de protesta. Nadie la arreglaba. Con el tiempo, aquel chirrido se volvió parte del paisaje de la casa, como el tic-tac del reloj o el murmullo de la cocina. Uno acaba entendiendo que hay desperfectos que no estorban, sino acompañan.
Como ya he dicho antes, San Josemaría tenía una forma muy suya de mirar la realidad sin dramatismo. Sin solemnidad. Con verdad. Cacharros con defectos. Y uno se sorprende de la paz que cabe en esa frase cuando deja de escucharse como ironía y empieza a oírse como reconocimiento. Porque lo difícil no es aceptar que los demás tengan grietas. Lo difícil es aceptar las propias sin perder la alegría.
Hay personas que viven en permanente revisión de sí mismas, como si nunca estuvieran del todo en regla. Otras, en cambio, se acostumbran a esconder lo que no funciona, como quien disimula una mancha en la camisa con una chaqueta bien puesta. Pero la vida, al final, termina por parecerse más a lo primero que a lo segundo: no a la apariencia, sino a la verdad sostenida en el tiempo.
Lo que enseña el espíritu del Opus Dei —tan sencillo y tan exigente a la vez— es precisamente que no hace falta estar terminado para ser de Dios. Que la santidad no consiste en no tener defectos, sino en no dejar de entregarse por tenerlos. Eso cambia muchas cosas.
Cambia la forma de mirarse por dentro. Porque uno deja de hacerse el centro del problema y empieza a verse como materia trabajable. Barro en manos de un alfarero que no abandona la pieza a mitad del proceso. No hay impaciencia divina. No hay descartes.
Y cambia también la forma de mirar a los demás. Porque quien se sabe sostenido con paciencia aprende, sin proponérselo, a sostener. Deja de exigir acabados imposibles. Deja de sorprenderse demasiado de las caídas ajenas. Empieza a mirar con cierta ternura práctica, sin ingenuidad, pero sin dureza. En la vida espiritual esto es decisivo.
Porque la tentación más sutil no es el pecado, sino la desesperación por el propio defecto. Esa idea silenciosa de que uno ya no encaja del todo, de que hay partes de la vida que están demasiado estropeadas como para ser ofrecidas. Y entonces se reduce la entrega. Se reza menos. Se confía menos. Se vive como a medias. Pero la gracia no trabaja con piezas nuevas, sino con lo que hay.
Dios no pide versiones mejoradas. Pide disposición. Y, en ese sentido, el cacharro con defectos no es un obstáculo, sino el punto de partida habitual. Lo extraordinario no es la ausencia de grietas, sino la fidelidad en medio de ellas.
Pienso ahora en ello recordando Gran Torino, cuando Walt Kowalski —a su manera áspera, casi imposible— acaba descubriendo que lo decisivo no es haber vivido sin grietas, sino permitir que alguien entre en la propia vida lo suficiente como para que el barro deje de ser excusa y se convierta en entrega.
Y entonces uno entiende que el problema no es ser un cacharro con defectos. El problema sería no ser un cacharro útil, no dejar poso.


