León el enigmático

Tras un año de pontificado, sigue sin estar claro quién es este Papa

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Para los que todavía no han alcanzado el medio siglo de vida, este es el cuarto papa que recuerdan. Todos los anteriores han sido personajes memorables, cada uno a su manera. Primero el polaco, hombre enérgico y viril que habría llegado a lo más alto en cualquier otro oficio: era igual de fácil imaginárselo de líder sindical en los astilleros de la antigua Danzig o de galán en una telenovela. Después el alemán, tímido académico, con un evidente conflicto interior que acabó desembocando en su renuncia, el acto que despojó al papado de la mística acumulada durante siglos. Por último, el argentino, ese personaje dickensiano siempre atareado en hacer publicidad de su virtud, sol alrededor del que todo giraba. Desde que fueron elegidos los tres mostraron al mundo quiénes eran, porque eran transparentes por igual, más allá de la opinión concreta que se tenga de cada uno.

León XIV ya lleva más de un año siendo el Papa y, sin embargo, a punto de llegar a España, sigue siendo un desconocido. Convertirse en el obispo de Roma fue sin duda la materialización de un larguísimo anhelo, como demostró el profundo entusiasmo, la alegría apenas disimulada, con la que salió al balcón de San Pedro cuando se anunció que el hasta entonces cardenal Prevost se había convertido en León XIV. Y desde entonces eso ha sido más o menos todo. Si se dejan de lado las inevitables anécdotas políticas, que le han venido más bien impuestas por la tendencia de ciertos líderes a decir lo primero que se les pasa por la cabeza, el Papa no ha tenido un perfil demasiado pronunciado. Se ha tendido a asimilarlo a su antecesor, pero se olvida que en Francisco todo era forma y muy poco sustancia, mientras que las maneras de León XIV no pueden ser más distantes del evidentísimo argentino. Este es un papa prudente, que mide sus tiempos, como demuestra la poca prisa que ha tenido para definirse. Como buen estadounidense, proyecta una imagen impecable. No sólo tiene aspecto de papa, sino que probablemente se trate del pontífice más elegante del que se tenga memoria. Tal vez esta visita a España sea el momento en el que se empiece a vislumbrar quién hay detrás de la máscara. O quizá este papa considera que cierto grado de indefinición evitará que parte de su rebaño se extravíe.

El Papa es un papa de carrera, sin que esto pretenda ser una crítica ni una alabanza. Sin duda tenía el currículum perfecto para el puesto, nada faltaba ni sobraba. De su trayectoria llama la atención que no parece que haya dado jamás un paso sin una utilidad evidente. Tras ordenarse sacerdote, marchó a Perú como misionero, en ese tipo de aventuras a las que se lanzan los estadounidenses con pretensiones cosmopolitas, cuando simplemente están yendo a sus provincias. Pronto fue enviado a Roma, donde se doctoró en derecho canónico. Tras un regreso a Perú acabó de vuelta en los Estados Unidos para ser elegido prior provincial de los agustinos en 1998 y, en ascenso fulgurante, prior general en 2001. Algo muy parecido le pasaría más de veinte años después, cuando fue elegido papa tras apenas un año y medio como cardenal. En entrevistas y reportajes los que han trabajado con él no dibujan una imagen clara, pero se repite de forma insistente la idea de que se trata de alguien que escucha, en marcadísimo contraste con su antecesor, que se escuchaba a sí mismo con deleite. Por si solo este rasgo no dice nada, aunque podría apuntar en la dirección de que no va a tratarse de un pontífice que tenga prisas por tomar partido ante cualquier conflicto. Puede que la mejor forma de marcar distancias con el papa argentino sea evitar esos riesgos mundanos en los que aquel se zambullía alegremente, no reducirse y recuperar la dignidad de su cargo.

Este es el dignatario que viene a visitarnos. Llega a España en un momento de coyuntura delicada, con los riesgos inevitables que esto supone. Es una oportunidad de oro para que salga un viaje redondo, aunque no está claro que eso vaya a significar lo mismo para los anfitriones y el huésped. Cuesta ver a este papa, aparentemente pragmático y prudente, sirviendo los intereses de otro. Me inclino a pensar que esta visita dará un poco a todos, pero a nadie todo lo que necesita, para que Roma pueda hacer lo que viene haciendo desde hace dos mil años: jugar a sus equilibrios para sobrevivirnos a todos.