La gran mentira (y III): fuera los ogros de la ciudad

El trabajo de trincheras, realizado en estos años para socavar desde dentro la democracia, ha sido tan intenso y exitoso que no queda ninguna institución por parasitar

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Zapatero, lo hemos visto, fue el predistigitador, el muñidor de la gran mentira; quien, cambiando el sentido común en su acepción gramsciana, sentó las bases para la instauración de aquella; quien, con una firmeza ajena a cualquier crítica, introdujo las premisas ideológicas que la amamantaran para hacerla crecer.

No debemos llamarnos a engaño. Los esfuerzos del sátrapa, sus desvelos por retorcer la democracia habrían servido de poco si la gran mentira no consuma su propósito final: el cambio de régimen. Sólo que, para ello, las izquierdas deben antes solventar un «pequeño» problema, que tiene un nombre, se llama derecha y es el obstáculo que se interpone entre Sánchez y su dictadura. Hemos de recordar que uno de los rasgos esenciales de la mentira organizada consistía en anular a esa parte de la sociedad que le estorba, pues con su mentira busca destruir todo aquello que ha decidido negar.

¿Qué hacer? La respuesta una vez más la anticipan los comunistas de Podemos. Juan Carlos Monedero lo tiene claro: «Fuera los ogros de la ciudad». Para el ultra la solución final pasa por la expulsión de los ogros —o sea, las derechas— de la ciudad —o sea, de la política. En verdad esto no supone una novedad. Las izquierdas siempre han visto con malos ojos que las derechas tengan derecho a gobernar. Vale que participen en la vida política a modo de acompañamiento coral ¿pero tocar poder? Esas son palabras mayores.

La gran mentira (II): cambiar el sentido común

¿Cuándo se jodió el país?

El cofundador de Podemos recuerda con amargura en uno de sus libros cuándo se jodió el país. Corría el año 1933. Los dos primeros años de República no habían sido del todo infrutucosos para los intereses de las izquierdas. La cosa se empezó a torcer cuando en noviembre de aquel año, los españoles, a través de las urnas, decidieron que la CEDA, formación de derechas, liderada por José María Gil Robles, fuera la más votada.

La voluntad popular no satisfizo al presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. Dado que no creía oportuno que gobernara la derecha, encomendó el Gobierno a Lerroux, líder del Partido Radical, de centro. Habría de pasar un año, hasta que, como consecuencia de una crisis de Gobierno, se diera entrada a tres ministros de la CEDA.

Si para las izquierdas ya resultaba complejo respetar los resultados de una votación popular que encomendaba el Gobierno a partidos no izquierdistas, el hecho de que la derecha vencedora formara parte del mismo era la gota que había de colmar el vaso. Lo que vino después ya lo sabemos: la rebelión armada de las izquierdas contra el Gobierno en octubre de 1934 sería el principio del fin de aquel régimen. Con la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, la República, a decir de Monedero, destapó sus mejores esencias: la confrontación entre españoles alcanzó extremos insostenibles, se generalizó la violencia, se incrementaron los incendios de iglesias y también los asesinatos de sacerdotes, monjas y religiosos. Primavera de terror para muchos, pero tiempos de gloria para el podemismo… Hasta que Franco puso el punto y final a aquel desastre.

Saber correr, correr mucho y perseguir a los malos

Basta con escuchar lo que dicen y leer lo que escriben estas izquierdas del siglo XXI, para comprender que sus deseos no han cambiado; que sus filias y fobias vuelven por donde solían, porque en verdad nunca se fueron; para darse cuenta de que su presente bebe del pasado más siniestro de la historia de España. Porque a las izquierdas de hoy, como a las de ayer, les sobran las derechas, como les sobra la democracia si esta posibilita que aquellas ganen y que, ganando, gobiernen. Los ogros deben ser expulsados de la ciudad. ¿Cuándo?

El profeta Pablo Iglesias lo repitió por activa y por pasiva. Cuando asaltemos el poder, hay que saber correr, decía. Correr mucho para dejar a las derechas con la lengua fuera. Correr mucho y más para que no tengan tiempo de reacción. Para que no puedan revertir las decisiones. Para que no haya vuelta atrás.

Tiempos audaces que requieren hombres audaces, pero también, como es el caso, sin escrúpulos. Cuando al fin llegó su hora, Sánchez sabía lo que debía hacer y cómo tenía que hacerlo. Puede que no haya leído dos libros en su vida. ¿Pero qué importa? Cuando tu instinto político desborda la mente criminal de un psicópata de Ellroy, no necesitas leer.

Desde que la inepcia de Rajoy facilitó su ascenso al poder, Sánchez no ha dejado de correr y perseguir a la derecha. Sólo en sus primeros cinco años de Gobierno ya había aprobado 140 reales decretos. Más que Felipe González en tres lustros. Y todos incidiendo en lo mismo: la confrontación entre españoles, la división entre los buenos, muy buenos —de izquierdas— y los malos, muy malos —de derechas—. Con este fin, aprovechó el virus para cerrar ilegalmente el Parlamento e imponer sin debate leyes ideológicas de un sesgo extremista notable.

No pasarán dos años antes de que apruebe la Ley de Memoria Democrática, una ley negacionista que niega los miles de crímenes cometidos por izquierdistas y separatistas; sectaria, porque impone un relato único y falsario de la historia; y mordaza, porque restablece la censura contra quienes disienten de la versión oficialista. Más persecución.

De arriba a abajo

¿Que sus leyes no son constitucionales? No importa. En este tránsito hacia un nuevo régimen, la Constitución se reduce a mero reclamo retórico. El derecho determina que Lex Superior derogat legi inferiori, y la Constitución encarna esa ley superior. Pero no es lo que piensa el Tribunal Constitucional. Penetrado hasta la médula de sanchismo, se erige en una suerte de Tribunal Supremo que suplanta al de verdad y deja la Constitución en papel mojado, allanando el camino hacia la dictadura que viene, o la que ya está aquí.

El trabajo de trincheras, realizado en estos años para socavar desde dentro la democracia, ha sido tan intenso y exitoso que no queda ninguna institución por parasitar. Frente a lo que muchos piensan, la colonización sistémica de las instituciones no se reduce a las cúpulas; empiezan por arriba, es cierto, pero transitan hacia las capas intermedias hasta tomar las bases. La infiltración afecta a todos los niveles.

Nadie, salvo la UCO, se salva. Los altos cargos de las fuerzas de seguridad que pudieran ser desafectos han sido depurados y sustituidos por servidores de la causa que actúan como policía política del sanchismo. La Abogacía del Estado y la Fiscalía se han convertido en fieles guardianes de la iniquidad judicial. La Justicia, que una vez fue ciega, ahora ve, aunque por un solo ojo, el izquierdo —¿Lawfare?—. El Tribunal de Cuentas, impregnado también de sanchismo, desoye las peticiones del Parlamento y éste ha sido secuestrado por la vocación totalitaria de Sánchez. La televisión que se dice pública canaliza la desinformación, señalando a nuevos enemigos a los que perseguir cada día… El acierto de este proceso colonizador reside en que todas las instituciones parasitadas mantienen el nombre, pero sólo eso. De este modo, la apariencia que se transmite es la de que nada ha cambiado, cuando la realidad es que ha cambiado todo.

La libertad no se espera, se conquista

Hay quien ve en las urnas el fin del sanchismo. Pero, como el mal no descansa, el tirano piensa en todo. Cada año atrae a España 600.000 inmigrantes, un volumen muy superior al de cualquiera de los países de nuestro entorno. Cada año nacionaliza a 250.000 extranjeros. La orografía, no sólo electoral, de España está cambiando a pasos agigantados. Y no por azar, sino por voluntad de Sánchez, que quiere el voto extranjero y lo tendrá. Para que el foráneo no tenga dudas, el sanchismo pone a sus pies un Estado de dependencia que hunde a España y pagan los españoles. Mañana el voto de origen extranjero será suyo y, más pronto que tarde, expulsará a las derechas de la vida pública. De eso se trata.

Tampoco nos olvidamos del delito de odio, el penúltimo instrumento de un Gobierno que se sirve del omnipotente aparato estatal para sofocar cualquier impulso de libertad, en nombre de una verdad oficial que se alimenta de sucesivas mentiras. Así es como la izquierda en el poder soluciona ese problemilla llamado derecha. Así es como la gran mentira se ha transformado en verdad oficial.

Decía Maquiavelo que los hombres son tan débiles e incautos que cuando uno se propone engañar, nunca deja de encontrar tontos que le crean. Que le pregunten a Sánchez. Nadie como él en la Europa del siglo XXI ha hecho un uso tan eficiente de la mentira organizada en todas sus fases. Su capacidad para mentir, incluso cuando dice que no miente, sólo es equiparable a su determinación para perpetuarse en el poder. Ahora bien ¿será posible que la voluntad de un solo hombre pueda imponerse a la voluntad de todo un país? De nosotros depende. Hoy no es pronto, pero mañana será tarde. Puede que incluso demasiado tarde.