Juncal nunca se ha ido, sigue con nosotros (II): Entre dos mujeres

Por qué una serie de 1989 sobre un torero acabado explica mejor España que cualquier libro de historia

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La vida de Juncal orbita alrededor de dos mujeres que tienen en común algo fundamental: ninguna de las dos lo necesita. Y eso, para un hombre construido sobre la necesidad de ser necesitado, es la condena más suave y más efectiva que puede existir.

Teresa ha llevado sola su negocio, su casa, su vida. Ha manejado cuentas, proveedores, clientes, el peso de un establecimiento y el peso de estar enamorada de Juncal. Cuando lo echa de casa, no es un arranque: es la consecuencia lógica de una mujer que lleva demasiado tiempo siendo buena. Y que finalmente resulta ser la más querida: la que sostiene, la que espera, la que al final sigue ahí cuando todo lo demás ha fallado.

Julia es diferente. Hija y nieta de notarios, aristócrata de Córdoba, pertenece a otro mundo. También ha construido su legado con sus propias manos y funciona sin necesitar que ningún hombre la complete. Con Juncal mantiene una relación de otra naturaleza: hay historia compartida, hay afecto que no se borra, y hay también la distancia de clase que ninguno de los dos nombra pero que los dos conocen.

Juncal nunca se ha ido, sigue con nosotros (I)

Y en paralelo, una tercera: Elsa Wunderley, una belga de bandera que pasa por Córdoba siguiendo los pasos del poeta Rainer Maria Rilke. Una mujer de otro mundo y de otra sensibilidad que Juncal, fiel a su naturaleza, no puede evitar intentar conquistar. Y conquista.

Hoy, en tiempos de tanto debate sobre el feminismo, llama la atención que Juncal —torero y semental de la ganadería— se relacione con mujeres de una personalidad extraordinaria. Armiñán nos presenta mujeres hechas a sí mismas: su propia hija, Isabel, digna heredera de su padre, más valiente que su hermano, motorista y responsable del negocio internacional de una Bodega de fino, la cicata doña Trini (Amparo Balaguer), doña Emilia dueña del Café Español, Estrellita, Fuencisla, la tita Sole, la nona Merche, Rosario… Todas dueñas y jefas de sus casas y sus familias. Ejemplos de feminismo en el año 89, sin necesitar que nadie las llamara así.

Lo que decía Juncal y lo que callaba Búfalo

Hay personajes que viven por sus frases. Juncal es uno de ellos. No porque sean ingeniosas o literarias, sino porque capturan con una precisión brutal una manera de entender el mundo que ya casi no existe.

Y luego está Búfalo. Rafael Álvarez «El Brujo» construye un personaje que es, en muchos sentidos, el alma moral de la serie. Búfalo no tiene el glamour de Juncal ni su historia. No ha estado en la cumbre de nada. Pero está. Siempre está.

Búfalo representa a esa clase de persona que la cultura popular española conoce bien y que la televisión rara vez ha sabido retratar con tanta honestidad: el que acompaña sin pedir nada a cambio, el que ve sin juzgar, el que sostiene sin cobrar. Su humor no es el del gracioso: es el del hombre que ha decidido que la vida es demasiado corta para tomársela más en serio de lo necesario.

Hay algo filosófico en Búfalo que la serie deja entrever sin subrayar: ha entendido algo que Juncal no puede entender todavía, que la grandeza no es un estado permanente sino un momento, y que lo que viene después del momento no es la ruina sino simplemente la vida. Búfalo vive la vida. Juncal la recuerda.

Su fidelidad a Juncal no es servilismo ni ingenuidad. Es una elección. Ha decidido acompañar a este hombre porque en él ve algo que merece ser acompañado. Eso dice más de Búfalo que cualquier análisis: que sus lealtades las elige bien.

El padre Camprecios: la Iglesia, el Derecho y la bula que nunca llegó

El padre Domingo Camprecios es uno de los personajes más sutilmente construidos de la serie. A primera vista parece una figura secundaria, casi decorativa: el cura amigo, el hombre de Dios que no juzga. Pero si se mira con más atención, Camprecios es un retrato de extraordinaria complejidad sobre qué significa tener conciencia moral en un tiempo que ya no necesita que nadie la administre.

Hay en él, interpretativamente, la figura del jesuita: ese tipo de clérigo formado no para la obediencia ciega sino para el razonamiento, para la casuística, para entender que la moral no es un código rígido sino una conversación permanente con la realidad. Si Camprecios estudió Derecho —y la serie sugiere una formación intelectual que va más allá de la teología simple—, eso explicaría su manera de relacionarse con Juncal: no desde el dogma sino desde el análisis. No absuelve. Razona.

Y es aficionado. Le gustan los toros. Y eso tiene una tensión histórica que la serie aprovecha sin necesidad de verbalizarla: porque la Iglesia y la tauromaquia tienen una historia larga y complicada.

En 1567, el papa Pío V promulgó la bula De Salutis Gregis Dominici, por la que prohibía a toda la cristiandad católica las corridas de toros bajo pena de excomunión. Los calificaba de espectáculos «cruentos y vergonzosos, propios no de hombres sino del demonio». Ordenaba además que quienes fallecieran en el ruedo no recibirían sepultura eclesiástica. La medida fue drástica y total.

Pero España no obedeció. Felipe II, sabedor de que Pío V necesitaba su apoyo contra los turcos, simplemente no publicó la bula. La ignoró. El pueblo, católico a machamartillo pero hasta un punto, siguió yendo a los toros. Gregorio XIII suavizó la prohibición en 1575. Clemente XIII la suprimió definitivamente en 1758. La Iglesia y el toro aprendieron a convivir.

Camprecios es el heredero de esa historia. Una institución que intentó prohibir lo que España amaba y que aprendió, a lo largo de dos siglos, que hay cosas que no se prohíben. Que hay formas de vida que resisten cualquier bula.

Como Juncal.