Empezó en los balcones, prosiguió en los coches y se ha extendido a todo tipo de objetos. La bandera prolifera y, a la manera de la Union Jack, se vulgariza. Al principio se necesitaba el pretexto de alguna competición deportiva, pero desde hace tiempo, por suerte, se pasea con sana naturalidad. Salvo en algunas regiones refractarias, se ha convertido en un elemento decorativo y por tanto inofensivo. Cuando un alcalde no sabe qué hacer, pone una bandera. Así están las ciudades, con enseñas bien visibles en cada barrio, pero a la vez conquistadas por una nueva masa indiferente al símbolo por excelencia del lugar que habitan. Cuando no se usa la nacional se sustituye por alguna de las regionales, oficiales o no. Si no, la europea. Los aficionados a la geopolítica se han adaptado a la coyuntura internacional al añadir a su colección la de Ucrania o la de Palestina. En ciertos barrios abundan las de grupos bien conocidos por todos, aunque esto cuenta con la dificultad de que el año que viene sumarán una nueva minoría a su coalición y habrá que cambiar la bandera por otra nueva, porque la anterior ya será reaccionaria. No importa de cuál se trate, porque todas se descuidan por igual. Después de ponerlas, ahí quedan, olvidadas, como pósteres en la habitación de un adolescente. Este es un país de banderas desteñidas y deshilachadas.
Se ha perdido el miedo a pasear la bandera, pero el coche sigue siendo alemán, los electrodomésticos coreanos y los juguetes italianos. En ciertos barrios con pretensiones no es raro ver carritos de bebé de marca extranjera, más de mil euros de precio, con la bandera de España, formato cinta, atada al manillar. Con frecuencia la guinda en el pastel es que lo conduce una asistenta proveniente de algún lugar no lejos de los Andes. Es comprensible que los padres patriotas, demasiado ocupados, no reparen en la ironía de la escena. Más allá de estos encuentros accidentales con la enseña nacional, los nuevos habitantes tienen una entendible relación de distancia y precaución con la bandera y otros símbolos. Mantienen los suyos, lo que pone de manifiesto una voluntad irrevocable de volver a su país o traérselo aquí. Esta patria, triste huésped que facilita el envío de remesas, no merece reverencias. La integración nunca es más que esconder el malestar donde nadie pueda verlo.
Lo que no se ha perdido es la resistencia de los españoles a valorarse a sí mismos. La autocrítica y la envidia hacia los vecinos son rasgos comunes a la civilización europea, pero con que el español tuviera una propensión moderada a comprar producto nacional la prosperidad aumentaría en pocos años y, por una vez, no sólo en las estadísticas. Bastaría con una sana favorabilidad hacia lo hecho en casa. Se habla del comercio de proximidad, pero comprar en la tienda de abajo suele ser la peor opción. Sirve para poco más que llevarse a casa a precio de oro producto chino, o a saber de dónde. El ciudadano no puede más que elegir entre las opciones que el sistema hace posibles, que a menudo se reducen a escoger entre lo malo y lo peor. En una sociedad normal, debería corresponder al Estado incentivar una actividad económica en detrimento de otra para dar cauce a la industriosidad del pueblo. Sin un Estado fuerte, estas opciones ya vienen marcadas y reducidas por poderes extranjeros, que las determinan en función de sus intereses. Por desgracia, la nación todavía no está ahí, en el lado de los que aspiran a guiar el mundo, sino a merced del próximo viento globalizador. La acción individual por si sola corre el riesgo de moverse entre la esterilidad y el patetismo, pero esta realidad insatisfactoria no ofrece de momento otra vía más que la pedagogía, con la esperanza de que desplace el rango de ideas aceptables para la sociedad. Es el primer paso para redefinir el destino de esta tierra.
Tal vez los que exhiben la bandera están a su altura. Si su ondear es el primer atisbo de un radical movimiento transformador, habrá esperanza de prevalecer. Pero si esta pretensión de patriotismo se queda en un espejismo, será inevitable que la nación, como acto final, rinda sus estandartes a unos vencedores ajenos y extraños. Los símbolos, armas y coronas del estado se transformarán, desprovistos de su significado original, en la herramienta precisa con la que se terminará de aniquilar nuestra cultura. Cuando ya esté muerta y no se pueda temer ningún espasmo, amenaza de resurrección, los despojos se exhibirán como trofeo. Después sólo merecerán convertirse en una recomendación secundaria en las guías turísticas. Cualquier esperanza de encontrar sentido y misericordia se demostrará vana, porque la piedad de estos vencedores consistirá, como máximo, en ofrecer el suicidio en lugar de la ejecución.


