La gran mentira (II): cambiar el sentido común

Lo que el mundo ha entendido siempre por razonable se aleja por completo de la orientación que la extrema izquierda confiere a ese concepto

|

Concluíamos la primera entrega de esta serie de artículos preguntándonos cómo Sánchez consiguió fabricar la gran mentira. Esa mentira organizada cuya retórica afirma que el líder socialista defiende la democracia, mientras instaura una férrea tiranía en nuestro país. Toda mentira necesita tiempo, y la construcción de una mentira como la sanchista, que afecta a toda la nación, lleva tanto tiempo fraguándose que precede al propio Sánchez.

Su origen lo encontramos el 11 de marzo de 2004. Aquel día, sobre la sangre de 193 asesinados y casi dos mil heridos, la gran mentira coloca su primera piedra. No es una opinión, son hechos. Si como apuntábamos, la violencia es conditio sine qua non de toda mentira organizada, es un hecho que la violencia terrorista y la mentira que la soporta —aún hoy desconocemos la verdadera autoría de la masacre— escriben la primera página de un relato que encuentra en Rodríguez Zapatero el precursor de esta gran farsa.

Es un hecho que el atentado terrorista, perpetrado tres días antes de las elecciones generales, no sólo adultera los resultados, otorgando a Zapatero un poder que jamás hubiera conseguido sin violencia y mentira, sino que pauta los criterios que habrán de primar durante su mandato. Los españoles no tuvimos que esperar demasiado para conocer cuáles eran las retribuciones con las que el sátrapa socialista respondía a la graciosa prestación terrorista.

De igual modo que una casa no se empieza a construir por el tejado, la fabricación de una mentira necesita de sólidos pilares que la sustenten. Colocada la primera piedra, había que levantar esos pilares que facilitasen la construcción de una realidad alternativa a la verdad. Una realidad que, con el tiempo, pudiera ser aceptada como verdad por una parte importante de la población. ¿Cómo alterar la realidad en la dirección interesada? Pues, aunque parezca difícil de creer, cambiando el sentido común.

La gran mentira (I)

Los pilares: el cambio del sentido común

Para Chesterton, que hizo de su obra un apostolado del sentido común, este podía resumirse a una virtud que combina la razón, la experiencia y la realidad cotidiana arraigada en la comunidad. En su opinión, «la política pierde su camino cuando se aleja de los hogares a los que debe servir», y el sentido común es una defensa frente a los excesos de la ideología. En suma, la ideología agrede el sentido común.

Y aquí reside la clave. Lo que el mundo ha entendido siempre por sentido común se aleja por completo de la orientación que la extrema izquierda —el socialismo español se sitúa en esa posición— confiere a este concepto. Para ellos, el sentido común, no sólo no resulta ajeno a la ideología, sino que es precisamente ésta, la ideología, la que le da significado.

Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, y gran referente intelectual de la izquierda española, lo deja claro. La tesis de Gramsci defiende que la ideología es una suerte de sentido común impuesta por las clases dirigentes, heredada del pasado, arraigada a nuestro modo de vivir, y aceptada acríticamente por los ciudadanos. Esto es, para el revolucionario italiano, el fundamento de la revolución estriba en cambiar esa concepción del mundo «tradicional», a su juicio demasiado primitiva, burguesa y conservadora.

Desde el momento en que se ve inoculado de ideología, es está, y no la experiencia compartida durante siglos, la que dicta lo que ha de ser no el sentido común. De este modo, el sentido común, corrompido en su significado original, deja de ser único y objetivo. Es más, hay tantos sentidos comunes como ideologías: igual que existe un sentido común conservador —en su opinión, ha imperado durante siglos—, hay un sentido común socialdemócrata, comunista o liberal. El sentido común, por tanto, se hace, además de plural, relativo, y la realidad que ofrece también. No es que se distancie de la verdad; es que en nombre de la ideología, la suplanta.

Cómo una mentira suplanta la verdad que niega: la primera siembra

Si antes la sociedad española coincidía en calificar a ETA como una banda terrorista, Otegi, condenado por etarra, y líder de su brazo político, se transforma, por arte y parte de Zapatero, en un hombre de paz. Que la banda haya asesinado a casi mil españoles y provocado un éxodo de trescientos mil, adulterando para siempre la democracia en la región, carece de relevancia.

Los españoles manifiestan su indignación. ¿Desde cuándo un criminal puede ser hombre de paz? Unos opinan que el presidente socialista no se ha expresado bien, otros que se ha pasado de frenada. Ni lo uno, ni lo otro, es sólo el principio. A partir de ahí, Zapatero no escatimará en eufemismos. Haciendo suya la jerga criminal, hablará de «proceso de paz», de «conflicto político», de «pacificación»… A un zulo cargado de explosivos para matar inocentes lo bautizará como «pequeño agujero». Así es como su relato mentiroso lo adereza con lenguaje venenoso.

¿Por qué lo hace? Porque está blanqueando a ETA. Porque quien blanquea, normaliza lo anormal, lo legitima. Y eso es lo que pretende: legitimar a una banda que fue, es, y será siempre terrorista —ahí están sus asesinatos—, haciéndola pasar por un partido blanco, democrático y hasta… progresista. Zapatero no sólo estaba reescribiendo el pasado más reciente. Estaba sembrando, poniendo la semilla de un nuevo sentido común.

Los campos están listos para la siega

Veinte años después podemos apreciar los frutos. Aquéllos cuyos votos habían sido siempre despreciados y marginados en el Parlamento, además de ser llave de gobierno, participan en la toma de decisiones. Aquellos que señalaron y asesinaron a inocentes y regaron España de sangre, hoy nos dan lecciones de democracia y predican derechos humanos. Merced a la bautizada, de forma torticera, como Ley de Memoria Democrática, el sanchismo ha conseguido eliminar de los libros de texto cualquier alusión a ETA, GRAPO y Terra Llure, todos ellos grupos terroristas, y por cierto, todos de izquierdas. Para las nuevas generaciones ETA no dejan de ser unas siglas que escapan a su conocimiento; no saben ni lo que fue ni lo que hizo.

¿Y qué dicen los españoles? La izquierda social, echada al monte consiente, casi por unanimidad, en que los asesinos etarras tienen más legitimidad para gobernar que cualquier partido de derechas. Son muchos a quienes les chirría todo esto, es verdad, pero no se movilizan como antes. Eso y no otra cosa es cambiar de sentido común.

«Yo creo —decía Pablo Iglesias en 2013— que toca disputar el sentido común de las mayorías; no se trata de que todo el mundo se haga de izquierdas, sino de que les parezca razonable lo que decimos». El ultraizquierdista nunca ha ocultado que Zapatero fue un mentor para él.

Tiene razones para pensar así. Zapatero legitimó a ETA y con ello pateó el tablero político; promulgó la Ley de Memoria Histórica que reescribía la historia de modo falsario, y amordazaba la libertad de expresión de la mitad del país. Promulgó leyes de género que legalizaban la desigualdad de hombre y mujer; la mujer era buena por ser mujer, y el hombre violento y criminal por el solo hecho de ser hombre. A golpe legislativo, diseñó por decreto una sociedad divisiva, enfrentada y polarizada. Contribuyó a cambiar el sentido común y, cambiándolo, contribuyó a construir una realidad paralela que sentaba las bases de la gran mentira.

La inacción de Rajoy —le aguarda una eternidad para pedir perdón— permitió que Sánchez pueda continuar y acentuar el proceso revolucionario —porque de eso trata la gran mentira— emprendido por Zapatero. ¿La siguiente y última fase? Expulsar al disidente.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.