En 1492 se produjeron dos hechos cruciales para entender la historia de España. Después de muchos siglos de constantes guerras entre los reinos cristianos del norte y los musulmanes del sur, los Reyes Católicos conseguían conquistar Granada, poniendo fin a la presencia islámica en la península ibérica. En este mismo año, se produjo el descubrimiento de un nuevo mundo, acontecimiento que posibilitó la formación de un descomunal imperio español en el continente americano.
Aunque no sea un episodio tan conocido como los anteriores, 1492 es también el año en el que Antonio de Nebrija publica la Gramática castellana, la primera gramática de una lengua moderna, adelantándose treinta y siete años a la italiana de Trissino, cuarenta y cuatro a la portuguesa de Oliveira y cincuenta y ocho a la francesa de Meigret. De espíritu curioso y abierto, Nebrija no solo fue un eminente filólogo, sino que también publicó interesantes trabajos sobre Historia, Pedagogía, Matemáticas y Derecho, pero, por encima de todo, fueron sus trabajos sobre la lengua latina y castellana los que le permitieron erigirse en uno de los intelectuales más destacados del Renacimiento español.
Antonio Martínez de Cala y Xarana nació en la localidad sevillana de Lebrija en el año 1444. Sus padres fueron Juan Martínez de Cala e Hinojosa y Catalina de Xarana y Ojo de los que se ha llegado a decir, no sin demasiado fundamento, que tenían orígenes judíos. Antonio realizó sus primeros estudios en su villa natal y, después, pasó cinco años en la Universidad de Salamanca. A los diecinueve años se trasladó a Italia e ingresó, gracias a una beca del obispado de Córdoba, en el Real Colegio de España de la Universidad de Bolonia para estudiar teología.
Durante los años que pasó en Italia, Antonio no ocultó su ferviente deseo de aprender y conocer la obra de los grandes maestros humanistas italianos. Su intención era introducir nuevas ideas y métodos en las universidades españolas, especialmente la enseñanza del latín. En Italia conoció la cruzada protagonizada por Lorenzo Valla contra aquellos maestros mediocres que habían provocado la degeneración de la lengua latina. Como el afamado humanista italiano, Antonio se mostró convencido de la necesidad de luchar para restablecer la pureza de la lengua de Virgilio, al que admiraba. De vuelta en España adoptó el sobrenombre de Elio. ¿Por qué? No lo sabemos, pero, es muy probable que en su mente anidasen los recuerdos de su más tierna infancia, cuando, en Lebrija, la antigua ciudad romana de Nebrissa Veneria, observó lápidas funerarias en las que figuraba el nombre que muchos años más tarde terminó haciendo suyo.
A partir de 1470 trabajó al servicio del arzobispo Juan Rodríguez de Fonseca, pero no por mucho tiempo porque, tras su paso por Sevilla, en 1473 el joven profesor regresó a la Universidad de Salamanca y consiguió la cátedra de Prima de Gramática que había quedado vacante. En la ciudad del Tormes contrajo matrimonio con Isabel Montesino Solís, con la que tendrá seis hijos, aunque si hacemos caso a sus propias palabras, la experiencia no fue muy satisfactoria: «Quiso la fatalidad que la incontinencia me precipitase en el matrimonio…».
Cuando empezó su ministerio, Antonio de Nebrija observó que ninguno de los manuales de los que podía disponer se amoldaba a sus ideas y método por lo que, durante estos primeros años, combinó sus clases con la elaboración de su Introductione latinae, una obra que marca un hito en la historia del humanismo hispano. En Italia había aprendido que, en los siglos anteriores, se había desvirtuado el estudio y la didáctica de la ciencia y de diferentes disciplinas, entre ellas el latín, por el olvido de la lengua sobre la que se sustentaba la religión cristiana, el derecho canónico o la medicina: «De aquí que todos los libros en que están escriptas las artes dignas de todo hombre libre yacen en tinieblas sepultados». Nebrija gestó su obra con la intención de «desarraigar la barbarie de los hombres de nuestra nación». Es más, dando muestras de su enorme entusiasmo por el objetivo que se había marcado, propuso al cardenal Mendoza: «Si con tu favor logro vencer a los enemigos de la lengua latina, a los cuales declaro la guerra con este libro, te ofreceré agradecido las décimas del botín».
El prestigio y la fama del profesor se extendió por todo el reino, tanto que, en Salamanca, el obispo de Ávila, fray Hernando de Talavera, le expuso el deseo de la reina Isabel de que editase su Introductione latinae en castellano. Todo parecía marchar a la perfección; a sus clases acudían los estudiantes más capaces y, gracias a su trabajo, empezó a ser reconocido en toda España como una auténtica eminencia en el estudio del latín clásico. En su Diccionario latino-español expone: «Porque hablando sin sobervia fue aquella mi dotrina tan notable que aun por testimonio de los embidiosos y confesión de mis enemigos todo aquello que se me otorga, que io fui el primero que abrí tienda de lengua latina… y que si cerca de los hombres de nuestra nación alguna cosa se halla de latín, todo aquello se ha de referir a mí».
No nos cabe duda de que Antonio de Nebrija era un hombre ambicioso. En Salamanca había formado una familia, era un docente respetado —a pesar de la envidia de sus compañeros—, había publicado y su fama le precedía, pero, a pesar de todo, consideraba que su labor seguía teniendo un alcance limitado. Especialmente crítico fue con el escaso nivel del resto de profesores de su centro —hay cosas que nunca cambian— por lo que, poco a poco, se fue convenciendo de la necesidad de buscar nuevos horizontes.
El gran problema es que Antonio dependía del sueldo de su universidad, del que no podía prescindir, y por este motivo continuó vinculado a ella hasta que la fortuna volvió a cruzarse en su camino. En 1487, entró al servicio del maestre de la Orden de Alcántara, Juan de Zúñiga, por lo que Antonio de Nebrija abandonó su cátedra para dar inicio a la etapa más fecunda y brillante de su carrera. En los años siguientes enseñó en la casa de Zúñiga y, públicamente, en Santa María de Granada, pero, por encima de todo, Nebrija dedicó su tiempo a la escritura y al estudio. Fruto de este trabajo es la publicación del Diccionario latino-español y su prestigiosa Gramática por lo que el español, el castellano, se terminó convirtiendo en la primera lengua moderna de Europa que tuvo una gramática, un conjunto de reglas, que hasta ese momento solo había tenido el latín.
Mientras todo esto ocurría, Cisneros ultimaba los detalles para la fundación de la Universidad de Alcalá de Henares, en cuyas aulas se formaron hombres ilustres de la talla de Ignacio de Loyola, Domingo Soto, Benito Arias Montano, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca y Jovellanos, entre otros muchos. También inició los trabajos para la publicación de la Biblia políglota complutense, mediante la recopilación y estudio de innumerables manuscritos con el objetivo de «reavivar el decaído estudio de las Sagradas Escrituras». En este proyecto participaron los mejores teólogos y traductores, entre los que no podía faltar Antonio de Nebrija, quien, en 1503, rechazó incorporarse a la cátedra de Gramática de la Universidad de Salamanca movido por su deseo de continuar colaborando en la elaboración de la nueva Biblia. Nuestro protagonista pensaba que se debía de aplicar un criterio filológico en la edición del texto, por lo que se hacía necesario una revisión de la Vulgata y, de esta forma, fijar la nueva edición. Frente a lo propuesto por el sevillano, los teólogos del equipo sostenían que no se debía de modificar lo que ya estaba escrito, postura que se impone por lo que, ante dichas circunstancias, Nebrija presentó su renuncia.
En 1504 muere su gran benefactor, Juan de Zúñiga, y el año siguiente, el 2 de mayo de 1505, toma posesión de la cátedra de Salamanca. Al principio todo parece ir bien; en junio de 1506 lee su Repetitio tertia: De peregrinum dictionum accentu y el año siguiente su Repetitio quarta: De litteris hebraicis, pero cuando da comienzo el curso 1508-1509, Antonio de Nebrija se ausenta durante más de cuatro meses por lo que la universidad declaró vacante la cátedra. Su adversa situación económica le llevó a aceptar la cátedra de Retórica de la misma universidad salmantina, pero, ahora, el filólogo tuvo que enfrentarse a un creciente ambiente de animadversión debido a las constantes críticas, algunas muy feroces, que había hecho contra los prestigiosos maestros de Teología, Derecho, Filosofía o Medicina de la Universidad de Salamanca. En la dedicatoria a la reina Isabel de su Introductiones latinae escribía: «A todos los maestros que tienen habito y profesión de letras, los provoco y desafío, y desde agora les denuncio guerra a sangre y fuego, porque entre tanto se aperciban de razones y argumentos contra mí».
La tensión acumulada entre Nebrija y una buena parte de los miembros del claustro de la universidad terminó estallando en julio de 1513. Unos meses atrás, la cátedra de Prima, en manos de Tizón, volvió a quedar vacante tras la muerte del profesor. Nebrija, al ser consciente de que esta cátedra era de superior categoría que la suya, y mejor remunerada, se propuso como candidato, pero, en esta ocasión, el claustro otorgó la cátedra al joven García del Castillo. Ante tan grande injusticia, Antonio de Nebrija, después del pertinente disgusto, abandonó Salamanca y se desplazó, con el enfado en el cuerpo, hasta Sevilla. En la ciudad del Guadalquivir disfrutó de un merecido pero breve descanso porque, en 1514, el cardenal Cisneros, enojado por la tropelía cometida contra el prestigioso humanista español, le concedió la cátedra de Retórica en la Universidad de Alcalá de Henares. Aún tuvo tiempo para escribir y publicar en 1517 las Reglas de Orthographía en la lengua española, pero, poco a poco, las fuerzas empezaron a abandonarlo. Antonio de Nebrija murió en Alcalá de Henares el día 2 de julio de 1522.


