La Mezquita Azul de Ereván

La capital de Armenia era una encrucijada entre Oriente y Occidente en la que se hablaba persa, armenio, azerí y kurdo

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En este azul están todos los azules desde el Cáucaso hasta la India. Me detengo a descansar de un largo paseo por la avenida Mesrop Mashtots, que honra al monje armenio que inventó un alfabeto para su lengua. El primer texto que escribió en las recién nacidas letras fue una cita del libro de los Proverbios (1,2):«Para aprender sabiduría e instrucción, para comprender dichos profundos». Hoy esta avenida, que conduce a Matenadaran, el Instituto de los Libros Antiguos —que también lleva su nombre— lo recuerda.

Entro por la pequeña puerta que da sobre la avenida. Sólo la fachada coloreada me indica que estoy entrando en una mezquita persa. Desde fuera apenas se ve el alminar de 24 metros. Bajo las escaleras y entro en un patio con cuatro porches (los «iwanes») cuyos arcos ofrecen sombra en verano y abrigo en invierno. Vuelvo la cabeza y al final del pequeño jardín poblado de gatos que lo mantiene limpio de alimañas, diviso la cúpula que da nombre a la Mezquita Azul de Ereván, una de las ocho con que contaba la ciudad en el siglo XVIII y la única que ha sobrevivido a las tribulaciones de la historia. Me acerco al Mihrab, el pequeño nicho que marca la Quibla, la dirección a La Meca hacia la cual el musulmán está llamado a rezar cinco veces al día.

Los azulejos vidriados de la cúpula azul turquesa brillan en la tarde. Sobre el azul relucen motivos dorados y amarillos e incrustaciones en azul oscuro, blanco, verde y negro. En la base puede verse una franja decorativa de mosaicos geométricos con tonos amarillos, azules y blancos. Hasta aquí llega el persianato, el espacio cultural de la deslumbrante civilización persa. La reconozco por la cúpula en forma de cebolla sobre un tambor cilíndrico. Esta mezquita —que data de la dinastía Afshárida (1736-1796)— se inspira en otra mezquita azul, la de Tabriz, en Irán, y la mandó construir Hoseyn Ali Khan, gobernador del kanato de Ereván entre los años 1759 y 1783. En aquellos años, Ereván era una encrucijada entre Oriente y Occidente en la que se hablaba persa, armenio, azerí y kurdo. La mezquita debió de terminarse entre 1767 y 1768. Aún quedaban cuarenta años hasta que Ereván pasase a ser una provincia del imperio ruso en virtud del Tratado de Turkmanchay (1828).

Durante siglos, la vida armenia floreció en el Imperio Persa y en Irán. En la Edad Media y la Edad Moderna temprana, muchos armenios vivían en regiones fronterizas entre Armenia y Persia, como Najicheván, Julfa, Tabriz, Salmas y Umia. Cuando el sha safávida Abbas I ordenó el traslado forzoso de grandes poblaciones armenias desde la región de Julfa, en el Araxes, hacia el interior de Persia, la comunidad de Vieja Julfa fue reconstituida cerca de Isfahán como Nueva Julfa, a partir de 1605. Bajo protección safaví, los comerciantes armenios desarrollaron redes que conectaban Persia con India, Rusia, el Mediterráneo, Europa occidental y el sudeste asiático. Los fieles de la Iglesia Apostólica Armenia profesaban libremente su fe y, hasta hoy, mantienen sus iglesias abiertas. La UNESCO inscribió en 2008 como patrimonio histórico mundial los llamados Conjuntos Monásticos Armenios de Irán, en el noroeste del país: San Tadeo, San Esteban y la capilla de Dzordzor.

Recorro los «iwanes» de la Mezquita Azul en el silencio de la tarde. Aún no han llamado a Maghrib, la oración que se reza después de la puesta de sol, y estoy casi solo. Un fiel duerme sobre una alfombra. Otro acaba de llegar: me saluda y acto seguido me pregunta por mi nombre y mi origen. También él se presenta. Estudia en la universidad, pero atraviesa muchas estrecheces económicas. Viene aquí por la tarde y duerme donde puede. Reconozco este mundo que se extiende desde Marruecos hasta Xí’ an, en la lejana China: la mezquita no es sólo un lugar de oración, sino una base logística para la vida. Aquí se cierran negocios, se auxilia a los creyentes, se forjan amistades y se resuelven conflictos. En las mezquitas también se han cometido asesinatos como el del rey Abdalá I de Jordania, asesinado por Mustafa Shukri Ashu, un palestino de Jerusalén, en la mezquita de Al Aqsa en 1951 cuando su majestad acudía a la oración del viernes.

Hace mucho que aquí no vienen reyes ni príncipes. La frecuentan diplomáticos y hombres de negocios iraníes y la pequeña comunidad musulmana chií de la capital de Armenia. En tiempos de los soviéticos llegaron a pensar en derribarla, pero un grupo de intelectuales armenios —entre ellos el gran poeta Yeghishe Charents (1897-1937)— lograron salvarla y durante un tiempo acogió el Museo de Historia e Historia Natural de la ciudad. La mezquita se libró de un destino aciago pero de Charents no puede decirse lo mismo: el NKVD lo detuvo en 1937 acusado de «trotskista» y «nacionalista» y murió durante su arresto. Lo rehabilitaron en 1955 después de la muerte de Stalin. Hasta hoy es desconocido el lugar de su tumba.

Este es uno de los lugares que más me gusta de esta ciudad misteriosa cuyo color rosado se debe a la piedra con que están construidos buena parte de sus edificios y cuyo rostro actual es obra de Alexander Tamanyan (1878-1936), autor del plan de ordenación de 1924 que vertebró el centro en torno a grandes avenidas, plazas monumentales y zonas verdes. Salgo de la mezquita a una de esas avenidas. Todo está lleno de gente. Los armenios compiten con los españoles en vida callejera cuando el tiempo lo permite. Dejo atrás la Mezquita Azul, cuyo fulgor se difumina en la primera oscuridad.

Mañana brillará de nuevo.