Hay una cosa que la serie deja clara desde el principio y que es fundamental para entender al personaje: Juncal no es un torero mediocre que pretende haber sido grande. Es un torero que estuvo a punto de ser figura de verdad, que estaba en ese momento exacto en que un torero se convierte en leyenda. No hay dudas. Pero un toro, llamado lobero, de Concha y Sierra, lo sacó de en medio. Así de simple y así de brutal.
La cornada no es una metáfora en la serie. Es un hecho físico que lo cambia todo. Juncal cojea. Lleva en el cuerpo la marca de lo que fue. Y esa marca —esa cojera, esa voz que a veces se rompe, esa mirada que sabe lo que es estar frente a un toro de verdad— es lo que lo separa de cualquier impostor.
Porque Juncal «tenía pelos en los cojones». Para subir donde subió en los años en que lo hizo, en una época en que la tauromaquia era otra cosa, había que tener algo más que técnica Juncal sabía y como no podía se de otra forma tuvo que demostrarle al maestro Domingo Ortega, que él también tenía pelos en los cojones.
Y ahí está su honestidad más profunda: no miente sobre lo que fue. Exagera, embellece, pone luces donde había sombras. Pero la sustancia es real. Debajo de toda la fachada hay un hombre que de verdad estuvo donde dice que estuvo. Y eso, en un mundo lleno de impostores, lo hace extrañamente digno.
Juncal nunca se ha ido, sigue con nosotros (I): España, Sevilla, Lisboa
Por qué revisitamos Juncal en 2026
Las generaciones que ven hoy Juncal no la buscan por nostalgia taurina ni por costumbrismo andaluz. La buscan porque reconocen algo. Reconocen a alguien que no encaja en los códigos de su tiempo, que tiene un encanto que no se puede monetizar, que vive de relaciones y no de productividad, que es incapaz de reinventarse según las normas del momento pero que tampoco se rinde del todo.
En un tiempo de marca personal, LinkedIn y optimización del yo, Juncal es un escándalo tranquilo. No tiene perfil. No tiene estrategia. Tiene historia, tiene gracia, tiene palabra y tiene la cojera por un toro que le puso fin a la parte más brillante de su vida sin pedirle permiso.
La picaresca española siempre fue crítica social disfrazada. Juncal continúa esa tradición pero añade algo que Lazarillo no tenía: la ternura. No engaña por maldad. Engaña porque no sabe hacer otra cosa. Y quiere ser querido más que admirado. Quiere pertenecer.
Y eso, esa necesidad tan antigua y tan actual, es lo que hace que la serie trascienda su época. Juncal muestra una forma de ser español —con sus contradicciones, su orgullo herido, su generosidad improductiva, su incapacidad estructural para la mediocridad calculada— que no ha desaparecido. Solo ha cambiado de ropa.
Por eso volvemos. No para consolarnos con el pasado sino para entender el presente. Para ver en ese torero acabado, en ese sinvergüenza bueno, algo que reconocemos: la figura del que sobrevive sin manual de instrucciones, con más gracia que método y más corazón que plan.
Juncal era tu padre. O tu tío. O ese amigo que nunca terminó de cuajar pero al que llamas cuando necesitas que alguien te escuche sin juzgarte. O eras tú mismo, en algún momento en que el mundo no te devolvía la imagen que esperabas.


