Hace unos días se presentó en España Incarnatus est, un fascinante proyecto educativo que impulsa Fabrice Hadjadj. Al escucharle, vibré con sus ideas profundas y me divertí con sus ubicuos juegos de palabras, que fueron un festival del retruécano. Entre otras cosas, me impresionó una frase que, para luego repensarla, anoté en un cuaderno. Decía así: «Todo lo que nos hace falta lo tenemos en el desván de casa: una espada oxidada y un morrión de cartón». No haría falta irse muy lejos, ni sutiles sofisticaciones intelectuales de tipo posmoderno. Bastaría con quedarse en el hogar y en volver a la propia casa (y, claro está, «hogar» y «casa» son mucho más que el mero espacio físico que habitamos: para Ulises, Ítaca no era sólo una isla griega, y no hubiera existido sin Penélope y Telémaco).
Le daba yo vueltas a estos asuntos cuando me invitaron a dar una charla en un colegio. El título, puesto por los organizadores, era este: «Armonía familiar». Hice lo que siempre hago en estos casos: entre lo leído últimamente, busqué las más aladas palabras (digámoslo así, a lo Homero), aquello que pudiera expresar mejor alguna idea sólida, para que los oyentes pudieran pasmarse ante ella y después —¡ojalá!— mordisquearla con calma en sus respectivos silencios.
Recalé de nuevo En casa. Literalmente, porque así se titula ese libro delicioso en el que Aurora Pimentel ordena las ideas de Chesterton sobre el hogar y lo doméstico. Según el autor inglés, «si quieres saber cuáles son las inalterables relaciones del hombre casado con la mujer casada, no puedes contemplarlo en ningún sitio con más precisión que en el pequeño idilio doméstico del señor y la señora Macbeth» (y no el de Romeo y Julieta, como pudieran pensar los falsamente románticos). Y también dice esto: «Hay un color distintivo de cada hogar en su interior, tan llamativo como el color de la casa en su exterior (…) Cada matrimonio es una especie de equilibrio salvaje; y en cada caso el compromiso es tan peculiar como lo es su rareza».
Al mencionar el compromiso, pensé en qué decir sobre el amor (que es ese gran tema del que casi todo está ya dicho en otra parte). Acudí a los poetas, pensando que así mi charla podría quizá levantar los espíritus apagados. El amor es precisamente el título de un poema de Jaime García-Máiquez. Tengo que citarlo entero: «Ir a malas películas / de cine, y llegar tarde. / No salir, por cenar / en casa de tus padres. / Quedar con tus amigas. / No poder concentrarme / en cometer poemas. / Pagar en restaurantes. / Tenerte que aguantar / que elogies a Aleixandre / o, de pronto, prefieras / a Poussin que a Velázquez. / Hacerme el ciego, el sordo, / el tonto: “despistarme”. / Escuchar. Perdonar. / Pedir perdón. Callarme. / Estar siempre dispuesto. / Sonreír. Ser amable. / Constantemente dar. / Acabar entregándome. / En fin, no cabe duda: / amar es suicidarse».
Así que a partir de aquello de Chesterton y el poema de uno de los Máiquez voy a dar mi charla. Será suficiente: lo esencial no será lo que yo diga, sino la posibilidad de que, al escuchar lo que han dicho otros, los oyentes busquen su «color distintivo» y su «equilibrio salvaje», y en que después, ya en casa, suban al desván de sus corazones para desempolvar lo único que necesitan.


