El viaje de un Papa a una España no tan poscatólica

El balance del Viaje cuenta tal vez más católicos, pero sobre todo católicos más reales, visibles y activos

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El Viaje Apostólico de León XIV concluyó el pasado viernes en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, convertido en altar frente al océano. Su balance conviene leerlo con frialdad aritmética antes que con emoción, porque la cifra, por sí sola, enuncia algo que el relato dominante sobre la España descreída no acierta a explicar: más de dos millones y medio de personas participaron en los veintiún actos del programa, repartidos en seis días y más de 2.500 kilómetros, mientras un Pontífice se dirigía por primera vez a las Cortes Generales. Ningún país que de veras hubiera roto con su fe habría podido —ni querido— protagonizar una semana semejante.

La novedad no reside solo en el volumen, sino en los umbrales que se cruzaron. Por primera vez en la historia de las visitas pontificias a España, un Papa intervino ante el Congreso; por primera vez celebró el Corpus Christi en suelo español; por primera vez entró en un centro penitenciario y pisó las Islas Canarias. El dato cobra relieve al medirlo contra el precedente. En las ocho visitas pontificias que jalonan el calendario español desde 1982, de Juan Pablo II a Benedicto XVI, hubo Jornadas Mundiales de la Juventud, canonizaciones, congresos eucarísticos y hasta la consagración de la Sagrada Familia; no hubo, en cambio, ni un discurso ante la representación nacional ni el Cuerpo de Cristo recorriendo el centro de la capital. Lo que el noveno viaje añade no es repetición de lo conocido, sino frontera nueva.

Cifra mata relato (esta vez)

El reparto por etapas confirma que no se trata de un espejismo concentrado en un solo acto. En Madrid, el millón y medio de fieles que abarrotó Cibeles para la primera misa de un Papa en España en quince años se sumó al medio millón largo de jóvenes de la Plaza de Lima y a las más de 70.000 personas del Santiago Bernabéu. Barcelona reunió a unos 40.000 asistentes en la Vigilia de Montjuïc; Gran Canaria, otros tantos en la misa del estadio; Tenerife, más de 35.000 en el puerto. A pie de televisor, la consultora Barlovento cifra en 18,8 millones los espectadores únicos que siguieron el Viaje en 28 cadenas: el 39,6 % de la población española, sin contar la difusión internacional ni la de las redes.

La comparación histórica acota la magnitud. La Jornada Mundial de la Juventud de 2011, en Cuatro Vientos, congregó a dos millones de peregrinos y pasó por ser una de las mayores concentraciones religiosas del país; pero fue un acontecimiento juvenil y monográfico. Lo de aquella semana fue otra cosa: un recorrido nacional, transversal en edades y territorios, sostenido por más de 25.000 voluntarios y cubierto por 5.000 periodistas acreditados, con un dispositivo de cerca de 25.400 agentes que se saldó sin un solo incidente. No es la épica de una vigilia, sino la naturalidad de un país que, llamado a la calle, acude.

Un pueblo contra la opinión publicada

Aquí asoma la fractura que da sentido al balance. La España que se volcó en las plazas no es la misma que se sentó a descifrar al Pontífice en los platós. Días atrás quedaba descrito el modo en que buena parte del sistema mediático tradujo al Papa a su propia gramática —derechos, identidades, encajes políticos—, incapaz de leer un hecho religioso como religioso. El balance no desmiente aquel diagnóstico: lo agrava. Porque, mientras la élite interpretativa medía la distancia del Papa respecto del consenso del momento, dos millones y medio de españoles respondían a una pregunta más simple y más antigua, la del pastor que sale al encuentro de su pueblo.

La intervención ante las Cortes ilustra el contraste mejor que ningún otro acto. Donde la crónica política buscó posiciones y banderas, el Pontífice defendió la dignidad de la persona como límite previo a la ley y, por tanto, anterior a cualquier mayoría. Fue la primera vez que esa voz resonó en el hemiciclo, y los millones que la siguieron —en directo y en la calle— no son los católicos resignados y discretos que la clase dirigente daba por amortizados. Monseñor Argüello lo resumió al hablar de «un pensamiento católico; es decir, un pensamiento integral», justo lo que la lectura fragmentaria es incapaz de registrar.

La emoción, pendiente de hacerse trabajo

Queda, con todo, una cautela que el propio Papa introdujo antes de partir. «Ahora os toca a vosotros trabajar», le dijo al presidente de la Conferencia Episcopal; «para transformar la emoción en virtud, la emoción en trabajo». La advertencia desactiva cualquier triunfalismo: una cifra, por rotunda que sea, mide una disposición, no una conversión. Esos católicos que aquellas jornadas hicieron visibles ya estaban ahí —no los creó el Viaje, los sacó a la calle—, pero que sigan estándolo se juega ahora, apagadas ya las cámaras, cuando la campaña oficial de «alzar la mirada» deje de ser un lema para volverse tarea cotidiana.

Por eso el balance no es un trofeo, sino una medición y un encargo. Lo que aquellas jornadas revelaron no es una España distinta de la que registran las estadísticas, sino unos católicos distintos de los que se daba por hechos: más activos, más valientes, más reales. Lo que no está escrito es si seguirán siéndolo ahora que la caravana ha partido y la emoción debe probarse en obra.