Contra el cine sin alma

Urge volver a los guiones originales, a las historias que ensalzan el alma y levantan del asiento

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¿Están todas las historias ya contadas? Cannes, San Sebastián, los Goya y los Óscar son cada vez más alfombras rojas repletas de estrellas que apenas brillan, publicitando películas sin alma.

Esto podría firmarlo prácticamente cualquier persona que ande por la calle. Y a esos viandantes que pisan hormigón en vez de pasarelas les pregunto lo siguiente: ¿hace cuánto que no van al cine? Es más, ¿hace cuánto que no van al cine con ilusión?

Para muchos, el cine murió con las plataformas de streaming; para otros, el problema es la falta de talento de las nuevas generaciones. Lo cierto es que al cine le falta humanidad, viveza. Le falta teatro y lírica.

Los últimos años han sido una epidemia de refritos de películas de otras décadas: secuelas de historias que se terminaron de escribir hace, por lo menos, veinte años, con héroes que pasaron de vivir en tensión a ser hipertensos.

El mercadeo de nostalgias de búmers y millennials ha condenado a las nuevas generaciones a crecer sin hazañas propias. No tenemos Rockies, Mavericks, Potters o Indianas.

Además, la mayoría de estos refritos —o de estos guiones que parecen hechos a base de prompts— caen en una relatividad absoluta. Cada vez cuesta más encontrar grandes héroes narrados sin ironía, sin cinismo y sin pedir perdón por serlo. Ya no abundan esos personajes capaces de sostener una causa, una promesa o una aventura sin que el propio guion se burle de ellos. El problema no es que los personajes tengan sombras, sino que muchas historias han dejado de creer en la posibilidad de la luz. Los villanos son víctimas del sistema, los héroes parecen incómodos con la idea de serlo y hasta las bandas sonoras se han convertido en un elemento más del decorado.

Hubo un tiempo, aunque hoy no lo parezca, en que el cine también tenía color. Nos han acostumbrado a imaginar el pasado como una sucesión de barro, penumbra y rostros cenicientos, cuando la historia también estuvo hecha de color, música, solemnidad y luz. El Mediterráneo, aunque le pese a Christopher Nolan, tiene claridad propia, y la épica no se construye solo con efectos especiales ni grandes panorámicas.

El cine de hoy es gris porque carece de teatralidad: los actores ya no declaman, susurran. Ha perdido contenido porque se olvidó de su literatura. Ya no sugiere porque busca en palabras vacías lo que otros supieron narrar con una mirada, un silencio o un cambio de secuencia.

Urge volver a los guiones originales, a las historias que ensalzan el alma y levantan del asiento. Al camino del héroe, a la redención completa y a los finales que, valga la redundancia, son finales. El cine tiene que ser una experiencia, una fábrica de emociones. Debe contar cuentos y epopeyas, hacer caer a tiranos, rescatar a princesas y dejar campos de batalla repletos de guerreros que nos hagan querer ser mejores.

No todas las historias están escritas. Más bien, que faltan voces con el valor suficiente para contarlas.