Keir Starmer ha anunciado esta semana su dimisión como primer ministro británico y líder del Partido Laborista, tras admitir que había perdido la confianza de su propio grupo parlamentario. Permanecerá en Downing Street hasta que se designe a su sucesor —el proceso interno se abre el 9 de julio y debe cerrarse antes del receso estival—, pero el desenlace está escrito: Andy Burnham, exalcalde del Gran Mánchester, será con casi total seguridad el séptimo primer ministro que el Reino Unido estrena en una década. Es la mayor rotación en la cúspide del poder británico en casi dos siglos. Que el desplome alcance a quien hace menos de dos años conquistó una mayoría absoluta de 172 escaños —la más amplia del laborismo desde 1997— da la medida de la profundidad del fenómeno. Lo ocurrido en Londres no es, sin embargo, un fenómeno británico: es la versión británica —la más adelantada— de un agotamiento que comparten las grandes democracias del continente. Conviene leer el caso británico como la radiografía más nítida de una crisis que es de todo Occidente.
Cada una de las salidas tuvo su causa propia. David Cameron dimitió en 2016 tras perder el referéndum del Brexit que él mismo había convocado. Theresa May cayó en 2019, incapaz de sacar adelante el acuerdo de salida. Boris Johnson fue forzado a marcharse en 2022 por una cascada de escándalos. Liz Truss duró cuarenta y nueve días, fulminada por un minipresupuesto que desató a los mercados. Rishi Sunak perdió las elecciones de 2024 que devolvieron el poder a los laboristas. Y Starmer, que había hecho campaña denunciando precisamente el caos de los relevos conservadores, ha sucumbido en menos de dos años a la misma dinámica. Reducir esta sucesión a un único factor sería inexacto: lo que comparten los siete no es la causa, sino el resultado. Un poder que promete estabilidad y entrega interinidad.
El detonante último de la caída de Starmer sí señala el nervio del problema. El laborismo se hundió en las municipales de mayo —más de mil concejales perdidos, con la aprobación del primer ministro arrastrándose desde hacía meses en valores netos próximos al −46%— ante el empuje de Reform UK, el partido de Nigel Farage que ha hecho de la oposición a la inmigración irregular y de la recuperación de la soberanía nacional su programa central, hasta proponer la salida del Reino Unido del Tribunal Europeo de Derechos Humanos para poder ejecutar deportaciones masivas. Cuando Burnham regresó al Parlamento ganando con holgura la parcial de Makerfield, una circunscripción que Reform había barrido semanas antes, su candidatura quedó expedita. El dividendo, sin embargo, no lo capitaliza el laborismo: aunque Burnham herede el número 10, el viento de fondo sopla a favor de la insurgencia soberanista. El votante británico ha asistido durante una década al relevo incesante de rostros conservadores y laboristas sin que el rumbo —en inmigración, en soberanía, en coste de la vida— se moviera un milímetro. Cuando comprueba que cambiar la cara no cambia la política, deja de creer en el relevo.
El Reino Unido no padece esta enfermedad en solitario; la padece antes. Francia ofrece la misma película a velocidad acelerada: desde que Emmanuel Macron disolvió la Asamblea en junio de 2024, el país ha consumido cuatro jefes de Gobierno —Barnier, Bayrou y un Lecornu que dimitió a los veintisiete días para ser renombrado pocos días después—, con la confianza en el Ejecutivo desplomada al 29% y la Agrupación Nacional de Marine Le Pen encabezando los sondeos por encima del 30%. Alemania, el ancla del continente, no resiste mejor: tras el colapso de la coalición de Olaf Scholz y las anticipadas de febrero de 2025, el Gobierno de Friedrich Merz contempla cómo Alternativa para Alemania lo supera ya como primera fuerza en intención de voto, mientras la célebre Brandmauer se sostiene con dificultad creciente. Es la misma Europa que ha visto casi duplicarse en quince años su población nacida fuera de sus fronteras sin haber consultado a sus pueblos y cuya maquinaria normativa encarece la vivienda que después promete abaratar. Distintas lenguas, idéntico guion.
Ese vértigo de relevos no es señal de vitalidad democrática, sino de su contrario. La rotación frenética de líderes y el ascenso simultáneo de Reform, la Agrupación Nacional y la AfD son las dos caras de un mismo fenómeno: no una crisis de gobiernos, sino una crisis de legitimidad del modelo que los alumbra, el del centro gestor que reduce la política a administración y confía en que alternar siglas baste para conservar el mandato. Siete primeros ministros en diez años es la cifra con que el Reino Unido encabeza ese desgaste. La pregunta que Occidente tiene pendiente no es quién ocupará el próximo despacho de Downing Street, sino si su clase política se decidirá por fin a gobernar con sus naciones —o seguirá cambiando la cara al mismo proyecto hasta que las urnas se lo impidan.


