La sonrisa del niño

En medio de la complejidad que rodea al ministerio petrino aparece un hombre de más de setenta años riendo con una naturalidad casi infantil

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Me encuentro con esta fotografía del Santo Padre durante su viaje por España y me viene inmediatamente a la memoria aquella advertencia del Evangelio: «En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 3).

En medio de la complejidad que rodea al ministerio petrino —los discursos, las decisiones difíciles, el peso de la Iglesia universal sobre unos hombros humanos— aparece un hombre de más de setenta años riendo con una naturalidad casi infantil. No es una sonrisa estudiada ni la expresión protocolaria de quien sabe que está siendo fotografiado. Es la risa franca de quien conserva intacta la capacidad de asombro.

Al compartir la imagen en redes sociales, alguien respondió a mi comentario diciendo: «Setenta años de vida y todavía conserva la mirada y la sonrisa de un niño». Y mi respuesta fue inmediata: «¿Cómo si no?».

¿Cómo si no podría ser Papa? ¿Cómo si no podría ser sucesor de Pedro y vicario de Cristo Porque el Señor no nos pidió que fuéramos niños en inmadurez, sino en aquello que hace grande la infancia: la confianza, la capacidad de maravillarse, la sencillez del corazón, la ausencia de doblez, la facilidad para reconocer que necesitamos ser cuidados y guiados.

Con frecuencia confundimos la madurez cristiana con la severidad. Pensamos que crecer en la fe consiste en perder espontaneidad, en endurecer el gesto y en revestirse de una gravedad permanente. Como si la santidad fuese incompatible con la alegría. Como si acercarse a Dios obligara a dejar atrás la ligereza luminosa de quien sabe reír.

Sin embargo, basta recorrer el Evangelio para descubrir lo contrario. Cristo se dejó rodear por niños cuando los discípulos querían apartarlos. Los puso en medio de todos como ejemplo. No elogió su ignorancia ni su fragilidad, sino esa disposición interior que sabe recibirlo todo como un don.

El niño vive desde la confianza. No controla el mundo. No tiene respuestas para todo. No necesita aparentar autosuficiencia. Levanta la mirada hacia quien ama y extiende la mano con naturalidad. Tal vez por eso los niños comprenden mejor que muchos adultos qué significa decir: «Padre nuestro».

Y quizá esa sea una de las características más necesarias para quien ocupa la cátedra de Pedro. El Papa debe gobernar, enseñar y confirmar en la fe a sus hermanos; pero antes que todo eso, debe seguir siendo hijo. Debe conservar la conciencia de que la Iglesia no le pertenece, de que no es dueño del Reino, sino servidor; de que la última palabra no es la suya, sino la de Aquel que le llamó.

La fotografía muestra unos auriculares, una conversación distendida y una carcajada compartida. Nada extraordinario. Y, sin embargo, en tiempos acostumbrados a la impostura y a la imagen cuidadosamente calculada, resulta profundamente reveladora. La alegría sincera siempre dice algo de la verdad del corazón.

No deja de ser paradójico que, cuanto más envejece el cuerpo, más joven puede hacerse el alma. Los santos solían llegar al final de sus días con una mirada limpia, desprendida de cinismos y resentimientos. Habían aprendido que la verdadera sabiduría no consiste en desconfiar de todo, sino en descansar plenamente en Dios.

Por eso, al contemplar esta imagen del Santo Padre, más que fijarme en el anciano que ríe, prefiero descubrir al niño que permanece. Ese niño que la edad no ha conseguido expulsar. Ese niño que todavía sabe sorprenderse, agradecer y abandonarse en las manos del Padre.

«Si no os convertís y os hacéis como los niños…». Tal vez la conversión que más nos cuesta a los adultos sea precisamente esa: dejar de fingir que podemos solos; renunciar a la necesidad de tener siempre razón; recuperar la capacidad de confiar, de pedir ayuda, de emocionarnos sin vergüenza y de sonreír sin cálculo.

Porque, al final, ¿cómo si no? ¿Cómo si no podría un hombre llevar sobre sí el peso de Pedro sin conservar, intacta, la alegría sencilla de saberse hijo de su Padre?