España ha recibido ocho visitas papales desde 1982. Todas fueron mucho más que una sucesión de actos oficiales. Juan Pablo II y Benedicto XVI vinieron a recordarnos quiénes somos, o acaso quiénes fuimos. Hablaron de las raíces cristianas de Europa, de la familia, de la vida, de la educación de los hijos y de una fe que no debe recluirse en la oscuridad del hogar ni de los templos.
Ojalá el noveno, el de León XIV, recuerde a los anteriores: el de un pastor que sale al encuentro de su rebaño, con acento español, y el de un apóstol cuya lengua nada tenga que ver con la de las instituciones internacionales. Ojalá escuchemos estos días en España una voz nítida, que recuerde y reivindique las bases fundacionales de un pueblo, radicalmente entroncadas con las de la cristiandad.


