Para lo que nacimos en la década de los 80 (y antes), la mayor ventaja de cumplir los dieciocho años no era votar; tampoco beber o fumar -de hecho, pudimos hacerlo legalmente desde los 16; lo mejor, sin duda, era poder sacarnos el carnet de coche.
Grabarse con sus móviles bailando en un soportal y subir el vídeo a internet parece ser la forma más habitual de diversión entre muchos de nuestros jóvenes. Además, el poder estatal trata incesantemente de convencernos de que usemos el transporte público en lugar de nuestros vehículos particulares para así no acabar con el planeta. Por ello, no parece que quienes hoy tienen 17 años mantengan la ansiedad de las generaciones anteriores por empezar a manejar un coche.
Los datos de la DGT corroboran este desinterés de la juventud por conducir. Si bien se sigue expidiendo prácticamente el mismo número de permisos B, los de los jóvenes de 18 a 24 años han bajado mucho respecto a hace 15 años, pasando de unos 472.000 en 2007 a unos 347.000 en 2023, una caída cercana al 26%. Asimismo, hace unas décadas, los menores de 25 años representaban alrededor de tres cuartas partes de quienes obtenían el carnet, mientras que hoy están en torno al 57%. De estas cifras, se deduce que cada vez más jóvenes no se sacan el carnet hasta los 22, 24, 27 años o incluso más, es decir, cuando ya realmente lo necesitan para trabajar o desplazarse.
Dado que conducir ha pasado a ser “cosa de viejos”, no es de extrañar que comprar coches antiguos se haya convertido en una de las últimas tendencias. Son cada vez más habituales las noticias que recomiendan qué coches viejos conviene comprar o cuáles pueden ser una inversión rentable; o las series de vídeos en las que un youtuber narra su proceso de compra y restauración de un Mercedes-Benz 300SD de 1982 o de su Innocenti Mini de Tomaso. Publicaciones aparte, las estadísticas confirman esta moda: la venta de vehículos de más de 15 años aumentó un 11% en 2024 y siguió creciendo en 2025 (un 4,2%); además, el precio de estos vehículos aumentó alrededor de un 60% entre 2023 y 2025.
Una de las razones por las que los compradores optan por modelos antiguos es, sin duda, la estética: los coches que se fabrican actualmente son muchos más feos que los que se hacían antaño. Si bien no podemos descartar del todo la tendencia al feísmo que impera actualmente ni el poco acierto de los diseñadores, lo cierto es que las principales causas de esta fealdad son legales.
La vigente normativa de seguridad de protección de peatones (UNECE R127) obliga a que los capós sean más altos, el frontal más redondeado y los morros más bajos, aduciendo que pretende que, en caso de atropello, el coche reduzca las lesiones en cabeza y las piernas. La de choque frontal (UNECE R94 y R137) provoca que los morros sean más largos, las estructuras delanteras más grandes y que haya más volumen delante del conductor. Y la de impacto lateral (UNECE R95), que las puertas sean más gruesas y las ventanillas más pequeñas. Todas estas normas las emite la Comisión Económica para Europa de Naciones Unidas, dependiente de la ONU, que, en su propia web, publicita que “apoya a los países en la implementación de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)”.
Y luego están las normativas de emisiones (Euro 1 y Euro 7), que les imponen a los coches diseños aerodinámicos con techos curvos, frentes suaves y bajos carenados; además, dado que los motores modernos apenas necesitan refrigeración, los frontales ya no incluyen parrillas o las que se ponen son sólo decorativas.
Con este panorama, a quienes admiramos la belleza nos resultaría irritante que un Slim Aarons del siglo XXI fotografiase a sus elegantes millonarios celebrando la vida al sol y alrededor de un robótico Tesla Cybertruck. Que, en un remake de The Italian Job, los ladrones se escapasen haciendo derrapar sus Dacia Sandero. O que el personaje de Al Pacino en Esencia de mujer condujera ciego el nuevo Ferrari Luce eléctrico, de color azulón y forma de huevo, en lugar de un Mondial.
Así pues, que los jóvenes cada vez conduzcan menos no se debe a ningún cambio natural en las costumbres. Igual que las modificaciones en la estética de los automóviles tampoco son consecuencia de la evolución de los mercados ni de la tecnología. Por el contrario, estamos ante otro ejemplo de intervencionismo de los estados y de los organismos supranacionales, que también pretenden acabar con el placer de conducir.


